lunes, 24 de mayo de 2021

PRONUNCIAMIENTO DE EXMILITANTES DEL MOVIMIENTO ARMADO SOCIALISTA SOBRE JAIME LAGUNA BERBER

 30 de enero de 2021.

A los compañeros que militaron en el movimiento armado socialista en México

A los estudiosos del periodo de lucha armada revolucionaria y la llamada guerra sucia

A los jóvenes que se preocupan por su historia y el destino del país.

El periódico Madera fue el producto más acabado del proceso de unificación de varios grupos armados que llevó a la constitución de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Como órgano central uno de sus objetivos fue contribuir a la unidad de los revolucionarios en México, así como organizador colectivo del movimiento revolucionario del proletariado.

Editar y distribuir el periódico clandestino Madera entre la clase trabajadora se convirtió en la tarea principal de miles de combatientes revolucionarios. No es extraño que la dictadura del PRI se concentrara en reprimir esta actividad en su propósito de destruir a la Liga Comunista, por ello, cientos de compañeros fueron acribillados, encarcelados, torturados y desaparecidos en el cumplimiento de esa tarea, y en algunos casos sus familias sufrieron la misma suerte debido a la brutalidad del Estado mexicano.

Las acciones de organización, concientización y combate al Estado mexicano realizadas por la ACNR, el Partido de los Pobres (PDLP), la Unión del Pueblo (UP), las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (FRAP), las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) y decenas más, en su conjunto también fueron determinantes para contribuir a generar y multiplicar las condiciones (aunque en ese momento no se conocieron del todo) para un cambio de rumbo que llevó posteriormente, si bien no al cambio social planteado por los grupos armados, si al fin de la dictadura fascista del PRI.

A lo largo de los últimos años, algunos de quienes militamos en su momento en la Liga Comunista 23 de Septiembre y otras organizaciones armadas hemos visto primero con sorpresa, luego con cierta esperanza y al final con desencanto la aparición de una página en internet que se asume como Madera, Periódico clandestino.

Aunque uno de los objetivos que en un principio se planteo esa página fue contribuir a la difusión de los materiales de la Liga Comunista 23 de Septiembre, a lo largo del tiempo se convirtió en una fachada para la promoción personal de su administrador, Jaime Laguna Berber, y un instrumento para que este personaje continue con las actividades de desprestigio y siembra de intrigas. Esta persona se presenta así mismo como él último militante de la Liga, como si su caída fuera el parteaguas de la historia de la Liga Comunista y con una pretendida “autoridad” que nadie le ha dado, ha “excluido” de su pertenencia a diversos militantes que siguieron combatiendo en el último periodo de esta organización.

Pero esta categorización absurda y arbitraria ha sido poco comparada con otras acciones que ha realizado con el objetivo de obtener beneficios políticos personales a partir de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Las actividades de este personaje lo han llevado al permanente desprestigio contra quienes fueran militantes de la Liga, desde la campaña de infundios realizada contra sus propios compañeros de cárcel y de causa legal, pasando por las acusaciones de robo de los archivos del movimiento armado que hizo en su momento contra Jorge Poo Hurtado (luego de descubrirse sus mentiras la emprendió contra el compañero Juan Fernando Reyes Peláez) hasta las acusaciones hacia otros compañeros de “policías” y la tergiversación que hace de la historia de la Liga, asumiéndose como el personaje central de la misma a partir de la lectura y acomodo de archivos de la policía política.

Dado que aunque de palabra busca un determinado objetivo, pero en la práctica solo contribuye a ensuciar la memoria de nuestros caídos y desaparecidos y a fomentar la división, el antagonismo y la intriga, los que firmamos este documento declaramos:

Jaime Laguna Berber y el actualmente por él llamado “Madera, Periódico Clandestino”, “Brigada Roja”, etcétera, no es la continuidad del órgano central de la Liga Comunista 23 de Septiembre, ni es representativo de los combatientes que sobrevivimos a la época del terror gubernamental y su actuar es explícitamente contrario al comportamiento no solo de los militantes de la Liga sino de los militantes de los distintos grupos y organizaciones que desde la clandestinidad combatimos en el mismo periodo a la tiranía gubernamental.

Jaime Laguna no es “dueño” de los activos de la Liga, estos son propiedad del movimiento armado y en general de la clase trabajadora a quienes fueron dirigidos, la historia no se la puede apropiar ninguna persona.

Cualquier actividad que este personaje realice en nombre tanto del Periódico Madera, como de la Brigada Roja, o de la Liga Comunista 23 de Septiembre será desenmascarada y reclamada oportunamente.

Hemos tenido bastante paciencia durante mucho tiempo frente a este sujeto, pero ya no más.

Considerando que manchar y tergiversar la historia de la lucha armada socialista en México daña a todos los que con las armas en la mano combatimos al régimen, en este documento se incluyen las firmas de militantes de las organizaciones que aunque tuvimos diferentes posturas políticas, nuestra sangre se hermanó en las calles y cárceles legales o clandestinas del país. También la firman familiares de presos y desaparecidos políticos y activistas que en algunos casos hemos sido víctimas de las intrigas y mentiras de Jaime Laguna Berber.

Con todo respeto y determinación:

Amanda Arciniega Cano
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Eladio Torres Flores
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Martha Alicia Camacho
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Juan Fernando Reyes Pelaez
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Enrique Tellez Pacheco
Exmilitante de la ACNR y de los Comandos Armados del Pueblo
Pedro Martínez
Exmilitante de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres
Laura Gaytán
Exmilitante del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR)
Raúl Florencio Lugo Hernández
Grupo Popular Guerrillero (GPG) de Arturo Gámiz y Dr. Pablo Gomez
Francisco Ornelas
Grupo Popular Guerrillero (GPG) de Arturo Gámiz y Dr. Pablo Gomez
Mario Rechy Montiel
Liga Comunista Espartaco
Fernando Fernández Jaramillo
Grupo “N” o los Guajiros.
María de los Dolores López Mariscal
Grupo “N” o los Guajiros
Enrique Torres Diaz
Grupo “N” o los Guajiros
Judith Galarza Campos
Hermana de Leticia Galarza Campos desaparecida de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Juan Roberto Ramos Eusebio
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Rafael Ramos Eusebio
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, Brigada Roja
Eduardo Esquivel Revilla
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, Brigada Roja
Erendira Vázquez Mota
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
David Cilia Olmos
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Juan Marmolejo Salazar
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Humberto Vega Heredia
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Genaro Olivares Aguirre
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Evelio Humberto López Rosas
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
María Lourdes Bermúdez
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Antonio Orozco Michel
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Maricela Balderas Silva
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Alicia Balderas Silvia
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Arturo Balderas Silva
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Bertha Lilia Gutiérrez Campos
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Salvador Cano Valdez
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Rubén Martínez González.
Exmilitante de las Fuerzas Revolucionarias Armadas de Pueblo
Israel Gutierrez
Exmilitante de las Fuerzas Revolucionarias Armadas de Pueblo
Silvia Valdez García
Esposa de Javier Rodríguez Torres, militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre caído en acción.
María Guadalupe Vargas González
Esposa de Rubén Hernández Padrón, Militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre desaparecido
Reyna García González
Familiar de Desaparecidos Políticos de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Rosa Elia Reyes García
Familiar de desaparecido Político de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Beatriz Reyes García
Hermana de Roque Reyes García desaparecido político de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Aleida Gallangos Vargas
Familiar de desaparecidos políticos de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Quirina Gallangos Cruz
Familiar de desaparecidos políticos de la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Lucio Antonio Gallangos Vargas
Desaparecido y familiar de desaparecidos de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Ana María Panales
Esposa de Mario de Jesús Alvarado Prieto, desaparecido de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Eneida Martínez Ocampo
Historiadora de los movimientos armados socialistas en México
Adela Cedillo
Historiadora de los movimientos armados socialistas en México.
Rafael Tufiño Castillo
Egresado de la generación 71-74 del CCH Atzcapotzalco y miembro del Sindicato Mexicano de Electricistas
Ismael Eduardo Cortés Nicolás
Egresado de la Preparatoria Popular Tacuba
José Luis Portillo Torres
Egresado de la Preparatoria Popular Tacuba
Ernesto Hernández Rojas.
Ex prisionero político y egresado de la Preparatoria Popular Tacuba
María Enriqueta Carbajal Hernández
Egresado de la Preparatoria Popular Tacuba
Daniel Vargas Anaya
Ex Profesor de la Preparatoria Popular Tacuba
Irma Ruelas Negrete
Jubilada de la Universidad Nacional Autónoma de México
Irma Chávez
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Eduardo Victoria
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Carmen Madrid
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Amparo Gallardo
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Rosario Herrera
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Benjamín Martínez Rojas
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Emilio Loperena
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Alfonso Juárez
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Luis Ángel García Juárez
Estudiante normalista
Francisco Vázquez Solís
Hijo de Genaro Vázquez Rojas, Caído en acción por la ACNR
Carlos Sepulveda
Frente Estudiantil Revolucionario de Jalisco
Rafael Ortíz Martínez
Frente Estudiantil Revolucionario
Raúl Manzo
Frente Estudiantil Revolucionario. Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo.
Guillermo Reyes García
Hermano de desaparecido político de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Rodolfo Gamiño Muñoz
Académico y miembro del Colectivo Rodolfo Reyes Crespo.
Enrique Aguilar Cruz
Promotor Cultural  

Tomado de: https://ligacomunista23.wordpress.com/2021/01/30/pronunciamiento-de-exmilitantes-del-movimiento-armado-socialista-sobre-jaime-laguna-berber/ 


miércoles, 12 de mayo de 2021

Carta al ex-presidente Luis Echeverría Álvarez

 

Ciudad de México, 17 de abril de 2021.

Señor Echeverría:

Su sorpresiva aparición en el centro de vacunación en el Estadio Olímpico de la UNAM el pasado 16 de abril, me ha dado el impulso que necesitaba para escribirle esta carta. Verlo en su silla de ruedas, entero y en aparente buen estado de salud, acompañado de familiares y guaruras, me hizo caer en la cuenta de que, si a sus 99 años usted mantiene la disposición para captar la atención de los medios de comunicación a través de esa pequeña pero significativa acción (la primera vacuna la recibió en casa, ¿cierto?), posiblemente tiene la lucidez suficiente para comprender el contenido de una carta. Espero, pues, que esta misiva llegue a sus oídos (tengo entendido que ya no puede leer).

Me pregunto si al llegar a Ciudad Universitaria usted habrá recordado aquel 14 de marzo de 1975 en que los estudiantes lo abuchearon, le arrojaron una piedra y lo descalabraron. Esa fue la última generación consciente de la clase de gobernante que era usted, así que mejor recibimiento no pudieron ofrecerle. ¿Recuerda cómo salió huyendo, presa de pánico, en un carrito a donde improvisadamente lo metió Jorge Carrillo Olea? Algo que con toda seguridad usted no recuerda, es que ese mismo 16 de abril se cumplieron 47 años de que un destacamento del ejército mexicano asesinó a César Germán Yáñez Muñoz y desapareció su cadáver en la finca El Diamante de la selva lacandona de Chiapas. Supongo que no lo recuerda porque desde el primer día de su sexenio hasta el último, cientos de mexicanos fueron asesinados y desaparecidos, así que sus nombres difícilmente le pueden resultar familiares. 

Le recuerdo que Yáñez Muñoz era el máximo dirigente de la organización armada denominada Fuerzas de Liberación Nacional, a la que usted ordenó exterminar, en calidad de máximo responsable de la conducción del país. De Yáñez Muñoz y los miles de desaparecidos no volvimos a saber nada, mientras que usted se ha beneficiado tanto del manto de impunidad con el que lo han cobijado todos los presidentes que lo han sucedido, como de la costumbre de la sociedad mexicana de olvidarse de los temas importantes por atender los urgentes, de su sempiterna falta de exigencia de rendición de cuentas a los malos gobernantes, por más graves que hayan sido sus faltas. Vicente Fox fue el único presidente en cuyo término se iniciaron procesos legales contra usted por genocidio, pero todas las instancias de procuración de justicia lo dejaron libre en el sexenio de Felipe Calderón, bajo el argumento de la prescripción de los delitos y otras argucias sin valor jurídico real. Por supuesto, nadie negó que usted hubiese perpetrado los crímenes que le fueron imputados.

Usted ha tenido a su favor el ser un hombre extraordinariamente afortunado desde sus orígenes. Siendo el hijo de un modesto pagador del ejército, en 1945 contrajo nupcias con Esther Zuno Arce, la hija del que fuera probablemente el caudillo más respetado del estado de Jalisco, José Guadalupe Zuno Hernández. Aunado a este acto de ascenso social instantáneo, usted escaló toda la jerarquía política del PRI hasta llegar a la presidencia, de la cual salió enriquecido inexplicablemente, como lo documentó la CIA, para la que usted trabajó algunas veces como informante a sueldo en el proyecto LITEMPO, ¿lo recuerda? Corríjame si estoy mal, pero tengo entendido que usted era LITEMPO-8. En lugar de haber ido a la cárcel por uno solo de sus crímenes políticos, económicos o contra la humanidad, usted ha tenido una vida longeva, holgada, sin ser molestado por sus enemigos del pasado y sin que nadie quiera ejercer venganza contra usted o los suyos. A nivel mundial, usted será una figura desconocida, pero si le hiciéramos promoción, no dudo que sería la envidia de otros dictadores y genocidas que no corrieron con tanta suerte y acabaron sus días en prisión o escondiéndose de sus rivales. ¿Cómo es que alguien que hizo tanto daño a un país entero puede tener una vida tan privilegiada?, se preguntaría cualquiera que leyera su biografía. No lo podemos negar, la vida ha sido generosa con usted en demasía, es uno de esos misterios del universo que no estamos llamados a comprender. 

A estas alturas usted deberá preguntarse por qué traigo todo esto a colación. Le cuento que en mi calidad de historiadora, he dedicado 18 años de mi vida a estudiar su sexenio y el de su sucesor José López Portillo, al que usted seguramente consideró el peor de los traidores cuando recibió su nombramiento como embajador de Australia, Nueva Zelanda y las Islas Fiji, ¡más lejos no lo pudieron mandar! En sus memorias, JOLOPO tuvo el decoro de compararse a sí mismo con uno de los personajes más siniestro de la novela Saschka Yegulev de Leonid Andreyev: el gobernador que, a través de detenciones indiscriminadas y ejecuciones sumarias, exterminó a la guerrilla de Yegulev en la Rusia de entresiglos. Es muy probable que JOLOPO albergara algún tipo de remordimiento por haber permitido que la Brigada Blanca, la Dirección Federal de Seguridad, el ejército y las policías acabaran despiadadamente con lo que quedaba de los grupos guerrilleros a nivel nacional a fines de los setenta. En el caso de usted, por más que indago y leo sus discursos, entrevistas y declaraciones, nunca he detectado el menor asomo de arrepentimiento, por el contrario, estoy convencida de que usted se siente orgulloso de su gestión. Es así que quisiera preguntarle directamente por varios episodios que acontecieron a su paso por el servicio público. Le pregunto porque las respuestas no las sabe nadie más que usted y porque, aunque suene iluso, muchos mexicanos aún aspiramos a saber toda la verdad.

Me gustaría saber cómo era su vida allá por 1946, cuando era un mero empleado del general Rodolfo Sánchez Taboada, el general poblano anticomunista que participó en la ejecución de Emiliano Zapata. No entiendo cómo es que usted se formó políticamente al lado de este personaje y décadas después terminó adoptando un discurso populista, condimentado con el lenguaje de la izquierda socialista de la época. Tengo la impresión de que, en su largo camino de ascenso a la cúspide del PRI, usted debió manejar una retórica anticomunista y que esta le dio puntos que, aunados a otros méritos burocráticos, le permitieron ser nombrado subsecretario de Gobernación en 1958. De usted se podrán decir muchas cosas, menos que no fuera perseverante, tenaz, astuto y oportuno. Además, todo un adicto al trabajo. Con la multitud de movilizaciones que hubo a finales de la década de los cincuenta y a lo largo de los sesenta, usted seguramente dormía tres horas al día o menos, en el arduo esfuerzo por espiar, infiltrar, contener y reprimir a esos mexicanos malagradecidos.

No alcanzo a imaginar la energía que usted invirtió en ese esfuerzo de contención contra ferrocarrileros, maestros, médicos, petroleros, telegrafistas, estudiantes y todo género de sindicalistas que luchaban por la democracia y la independencia sindical. Sería muy extensivo enumerar cada acto de violencia estatal en el sexenio de López Mateos, pero si usted pudiera responder por uno solo, le preguntaría, ¿quién ideó el plan para encarcelar a diez mil ferrocarrileros en 1959? ¿De quién fue la iniciativa para encarcelar indefinidamente a Valentín Campa, Demetrio Vallejo y otros líderes del movimiento? ¿Fue una maquinación del presidente o una propuesta del subsecretario de Gobernación que los jefes aprobaron de inmediato? Tal vez le parezca una pregunta muy básica, pero sabe, en los archivos de Gobernación que sus empleados nos hicieron el favor de preservar, no es nada claro el funcionamiento de su dependencia, pues pareciera que el presidente sólo recibía informes y que quienes orquestaban la represión eran los chicos de Bucareli. Sin embargo, es difícil creer que la máxima autoridad del país no estuviera directamente involucrada en esos avatares. Sobre todo, porque en 1961 López Mateos tomó la iniciativa de construir la prisión clandestina para civiles en el Campo Militar núm. 1.

Otro caso que me intriga profundamente, es el del agrarista morelense Rubén Jaramillo Ménez, ultimado en 1962. Dígame señor Echeverría, ¿a quién se le ocurrió asesinar a Jaramillo estando amnistiado, con todo y su familia, incluyendo a su esposa embarazada? Puesto que los asesinos fueron militares, no me queda claro si usted o su jefe Díaz Ordaz tuvieron alguna intervención, aunque desde luego el presidente López Mateos es quien ha llevado la mancha histórica por el multihomicidio. Sin embargo, detrás de un crimen con ese nivel de perversidad suele estar la mente maestra de un sociópata. Usted es el que más se aproxima a ese perfil, aunque no me meteré en especulaciones, pues desde luego también pudo haber sido una iniciativa del secretario de la Defensa, Agustín Olachea. ¿Usted y sus jefes eran conscientes de que, con cada acto represivo, lejos de acabar con la izquierda, estaban creando las condiciones para un movimiento súper radicalizado? Porque lo que hicieron en estados como Morelos, Guerrero y Chihuahua no tiene nombre, puras masacres y ejecuciones, ¿así cómo no se iba a levantar la gente en armas?

Volvamos a su rol estelar como subsecretario y después secretario de Gobernación. ¿Qué sintió cuando su jefe Díaz Ordaz le otorgó este último nombramiento? De acuerdo con los códigos políticos de la época, de esa secretaría a la presidencia no había más que un corto trecho. ¿Usted se frotó las manitas aquel 1º de diciembre de 1964, en que Díaz Ordaz asumió el poder? ¿Se proyectó a sí mismo en “la grande”? Porque vaya que usted se esmeró para conseguirla. No hubo trabajo difícil, por más sucio e inmoral que fuera, al que usted se hubiera rehusado. En verdad, lamento que de los cientos de actos represivos a nivel cotidiano que acontecieron en los sesenta a lo largo y ancho del país, la gente sólo recuerde la masacre de Tlatelolco, en la que usted tuvo una participación destacada. Un exmilitar me decía que usted tenía una mente tan enferma que probablemente colocó altavoces en la plaza de Tlatelolco, para magnificar el sonido de los disparos aquella tarde del 2 de octubre de 1968. No tengo forma de comprobarlo, pero pedirle a los agentes de la Dirección Federal de Seguridad que dieron la orden para iniciar el tiroteo en el edificio Chihuahua, que se identificaran con un pañuelo blanco –para diferenciarse de los militares del Batallón Olimpia que tenían un guante blanco–, suena como algo que usted pudo haber ordenado.

Verá, don Luis, de tanto estudiar su biografía y sus políticas públicas, algo que me llama la atención es que usted era un perfeccionista, ya que estaba urgido de reconocimiento. No por nada el Departamento de Estado de los Estados Unidos se refirió a usted como un megalómano y amante de los reflectores en el perfil interno que le elaboraron, cuando usted tuvo la osadía de querer ser Secretario General de la Organización de Naciones Unidas, al término de su mandato. Los yankees lo rechazaron por considerarlo un individuo sin sofisticación, demasiado básico, puritano, impredecible. ¿Usted sabía que no lo tenían en un buen concepto, pese a todo lo que hizo por ellos? Bueno, ese no es el punto, sino que analizando lo del pañuelo blanco, concluyo que es algo que hubiera hecho el licenciado Echeverría, tan obsesionado como estaba por controlar hasta el más mínimo detalle. Yo sé que usted sabe cuántas personas fueron asesinadas en Tlatelolco y dónde fueron sepultadas, pues leí los reportes de la secretaría a su cargo donde enlistaron los nombres de una veintena de muertos y mencionan el seguimiento que los agentes de la DFS dieron a las hospitalizaciones de los heridos y los entierros de un par de estudiantes. El problema es que los informes están incompletos, ¿tendrá usted una copia de los faltantes, acaso? Tampoco sabemos qué pasó con las fotos y videos que fueron tomadas ese día por órdenes de usted y los que le fueron requisados a la prensa, ¿qué hizo con ellos? Ya entrados en confianza, ¿usted sintió algo al ver a decenas de niños, jóvenes, mujeres y ancianos perforados por las balas y las bayonetas, o tuvo el alivio de quien extermina una plaga en su domicilio? ¿En algún momento se sintió como un leviatán?

Los conspiracionistas dicen que usted urdió todo, desde el movimiento estudiantil hasta su desenlace, para asegurar la presidencia. A mí me parece una interpretación ridícula, ya que las circunstancias del país, tanto domésticas como en relación al contexto geopolítico, eran muy complejas y de ningún modo podían depender de un solo hombre. Además, el favoritismo de Díaz Ordaz por su persona siempre fue evidente, ya que usted se lo ganó a pulso, no con una masacre sino con miles de actos cotidianos de represión a los opositores al PRI. Por supuesto, no tengo duda de que la mente maestra detrás del 2 de octubre no fue Díaz Ordaz sino usted. Curiosamente, su jefe realmente estaba convencido de haber salvado al país del comunismo (¿pues qué cosas le decía usted?) y por eso asumió toda la responsabilidad por semejante tropelía, sin imaginar que el juicio de la posteridad le sería tan poco favorable. Por la buena estrella que siempre lo acompaña, usted quedó blindado de la memoria colectiva, pues a quien maldicen los estudiantes religiosamente cada 2 de octubre es al difunto Díaz Ordaz y no a usted, que reposa tranquilo en su mansión de San Jerónimo. 

A usted sólo lo recuerdan como responsable de la masacre del 10 de junio de 1971, en que una vez más, su genialidad represiva lo llevó a utilizar al grupo paramilitar de los Halcones, disfrazados con camisas de Che Guevara, para acabar de tajo con la movilización estudiantil, pues según usted, los activistas de izquierda no se plegaban a su generoso ofrecimiento de apertura democrática, querían torearlo y les tenía que dar un escarmiento. La gente tiende a pensar que el halconazo fue una masacre de menor intensidad respecto a la del 2 de octubre, pero yo las he comparado detenidamente y me parecen muy similares, incluido el número de víctimas. Bueno, eso usted lo sabe mejor que yo, aunque los mexicanos nunca podremos contar a los caídos ya que, de acuerdo con el regente del entonces Distrito Federal, Alfonso Domínguez Martínez, usted ordenó que los cadáveres fueran incinerados en el Campo Militar núm. 1. 

Qué paradójico que otros priístas supieran esto y lo ventilaran años después, mientras que un puñado de intelectuales progresistas le compraron a usted su discurso (¿o usted los compró a ellos?), según el cual los emisarios del pasado querían sabotear a su administración. Dichos intelectuales salieron a gritar sin empacho a los cuatro vientos: “Echeverría o el fascismo!,” a pesar de que toda la izquierda sabía que usted era el autor intelectual de las masacres del ’68 y el ’71. No está de más recordar que Fernando Benítez, Carlos Fuentes y otros intelectuales de esos que se subían con usted al avión presidencial, nunca le pidieron perdón a la sociedad por lavar la imagen de su administración.

Si algo no tenía usted era mesura. Apenas unos meses después del episodio vergonzoso del Jueves de Corpus, se decantó por una cruzada contra el rock, justo en el momento en que dicho género musical se estaba convirtiendo en una industria plenamente integrada al capitalismo. El éxito del festival de Avándaro en septiembre de 1971, más que un síntoma de rebeldía juvenil, era un signo del éxito comercial del rock. Usted hizo de ese género, ya para entonces inofensivo, el chivo expiatorio para condenar el cambio de época, acusando a los portadores de esa música de corroer a la juventud. No me queda claro, ¿qué pensó que ganaba usted prohibiendo el rock, como si fuera un vulgar dictador? ¿Qué fue lo que realmente ganó? ¿O eran sus meras ganas incontenibles de reprimir todo lo que le disgustaba personalmente? 

El inesperado giro discursivo que usted dio a comienzo de su sexenio dejó helados a propios y ajenos, en especial a personas que lo conocían desde hacía décadas, como su exjefe Díaz Ordaz, quien creía que usted era un rabioso anticomunista. Y es que él no lo sabía, pero usted resultó ser el camaleón por excelencia, incluso se hizo amigo personal de Fidel Castro para demostrar que usted no era un títere del imperialismo yankee sino un populista con simpatías por los líderes del socialismo latinoamericano (Castro y Allende), mientras a su exjefe de doce años lo mandó de embajador a la España de Franco, como si hubiera querido deshacerse de una alimaña ponzoñosa. Usted era una verdadera caja de sorpresas, yo misma no termino de asombrarme de lo que usted hizo en apenas seis años de gobierno, ¿cuánto tiempo más me tomará averiguar sus secretos?

Le confieso que el aspecto que más he estudiado de su periodo es la llamada guerra sucia. No se imagina cuántas horas he dedicado a revisar los archivos desclasificados de la SEGOB. En esos millares de documentos he encontrado declaraciones de gente detenida y desaparecida, fichas signaléticas, cadáveres, rostros torturados, pueblos enteros tomados por el ejército, civiles espiados, comunicaciones telefónicas intervenidas, seguimiento a personajes de la farándula, en fin, usted sabe mejor que yo lo que contienen esos archivos, ya que usted recibía una copia diaria de lo que la DFS, la DGIPS y la SEDENA producían. Más difícil de digerir que los archivos han sido las entrevistas con sobrevivientes de sus políticas de terror, pero entiendo que es un despropósito hablarle al verdugo del dolor que ocasiona entre sus víctimas. El sociópata es el extremo opuesto del empático. Sabe, es muy perturbador pensar que todo aquello transcurrió mientras usted recibía a los exiliados latinoamericanos de izquierda con los brazos abiertos. 

El hijo de un militar me contó que, en su calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas, usted presidió el consejo de guerra que juzgó a su padre por insubordinación y traición. Usted pidió que el acusado fuera desaparecido de forma permanente, pero por una situación familiar excepcional, otro militar logró hacerlo cambiar de opinión y le perdonaron la vida. El susodicho salió libre después de varios años en las mazmorras del Campo Militar núm. 1. No sabe cuántas veces me he preguntado si usted decidía periódicamente a qué personas desaparecer y a cuáles liberar, o si dejó eso en manos de sus siempre leales colaboradores, Mario Moya Palencia, Hermenegildo Cuenca Díaz, Fernando Gutiérrez Barrios, Luis de la Barreda Moreno. ¿Quién tomaba esas decisiones? Desaparecer a mil o dos mil mexicanos se dice fácil pero fue un trabajo tremendo. A la mayoría los tuvieron presos por semanas, meses o años, torturados, vejados, en condiciones infrahumanas. Usted destinó secretamente una cantidad del presupuesto de la federación para financiar estos actos lesivos para, finalmente, mandar a estas personas a ser ejecutadas, cremadas o arrojadas al mar desde aviones de la Fuerza Aérea Mexicana. ¿Por qué? ¿Había algo que esos ciudadanos hubieran hecho que ameritara semejante despliegue de recursos por parte del Estado mexicano? Concedo que usted entró en pánico cuando los grupos guerrilleros empezaron a aparecer en cada rincón del país, pero ¿en verdad pensó que esas células desarticuladas y sin potencia de fuego iban a desestabilizar su administración? Supongamos que sí lo pensó, entonces acláreme, ¿por qué se aplicaban métodos de terror a los detenidos, muchos de los cuales no tenían que ver con los guerrilleros, más allá del parentesco? Esto es sin duda lo más grave de todo, pues siendo usted abogado, en lugar de cumplir con el debido proceso, ordenó que se ejerciera la máxima violencia contra gente que ya estaba sometida y a merced del aparato de seguridad.

No creo que nadie con sentido común pueda siquiera proponer que usted no tuvo nada que ver con estas operaciones sistemáticas de terror estatal. Yo lo conozco sin conocerlo, sé de su afán de control, de su obsesión por los detalles y su sentido de omnipotencia narcisista. Bien haría usted en decirnos la verdad que le negó a Rosario Ibarra, la madre que lo encaró desde que su gobierno desapareció a su hijo en 1975. Esa verdad elusiva nadie la conoce mejor que usted, ya que usted fue el arquitecto del circuito desaparecedor. ¿Quién más pudo haber sido, si sólo usted conocía los sótanos del régimen priísta desde 1946? Desde luego, no digo que usted lo haya hecho solo. Qué hubiera sido de usted sin la complicidad de miles de burócratas silenciosos, sanguinarios y eficientes.

Me intriga que haya tanto silencio en torno a su sexenio, habiendo tantas cosas por indagar. De esos temas desconocidos, me gustaría preguntarle si la contrainsurgencia se financió con el dinero proveniente del narcotráfico, o si esa fue una innovación de José López Portillo. La contrainsurgencia no es barata, ¿de dónde salieron esos millones de pesos para mantener a miles de soldados en campaña, con uniformes, pertrechos, parque, etc.? Trato de calcular lo que costaba la gasolina de los helicópteros y aviones que se usaban todos los días para el transporte y desaparición de los presos y no me salen las cuentas. Eso sin mencionar los millones que usted destinó a gasto social, los famosos programas de acción cívica, para aplacar a los campesinos. Lo imagino a usted, recibiendo esos reportes sobre las comunidades rurales bombardeadas en la Sierra de Atoyac, Guerrero, donde el ejército llevó a cabo un auténtico genocidio contra la población acusada de simpatizar con la guerrilla de Lucio Cabañas. Si no le importaba la gente, ¿al menos le preocupaba todo lo que se estaba gastando? ¿Cómo pensaba recuperar ese dinero? Cuando los estadounidenses hacen la guerra, los negocios florecen. En el caso de usted, sigo sin encontrar la lógica económica de su guerra sucia.

Me parece paradójico que usted haya enfrentado cargos por el genocidio del 2 de octubre, que técnicamente no fue un genocidio, y que nadie lo haya acusado por el genocidio real, demostrable e incontrovertible que cometió en Guerrero. Ya sé que usted nunca tuvo empacho en eliminar civiles, al margen de su género, etnia o edad, pero ¿en verdad pensaba que esos campesinos que estaban en el último grado de la pobreza representaban una amenaza a la seguridad nacional, o que tenían la más mínima probabilidad de derrotar al ejército mexicano, totalmente respaldado por su contraparte estadounidense? No, señor Echeverría, no hay nada que justifique la saña con la que usted actuó en Guerrero y, en general, contra cualquier civil que tuviera algún vínculo directo o indirecto con los grupos guerrilleros.

Y ojalá sólo hubieran sido guerrilleros. No se me escapa que usted firmó un convenio con el presidente Ford para intensificar la militarización de la lucha antinarcóticos en 1975. A partir de entonces, el ejército se sintió en plena libertad de aplicar a los presuntos narcotraficantes los mismos métodos contrainsurgentes que usaban contra los presuntos guerrilleros. En el noroeste mexicano, especialmente en municipios como Badiraguato, Sinaloa, usted mandó a sus huestes a agredir, torturar, violar, saquear y extorsionar a los campesinos, con la garantía de impunidad total. Es factible que usted no tuviera la menor idea del problemón que le estaba generando al país, pues desde su centralismo exacerbado, pensó que esos paisanos no tenían ningún valor ni peso político. Parafraseando a uno de los guerrilleros a los que usted desapareció, Ignacio Arturo Salas Obregón, dirigente de la Liga Comunista 23 de Septiembre, “quien siembra vientos, cosecha tempestades.” El problema es que los vientos que usted y su camarilla sembraron, los tuvimos que cosechar muchas generaciones de mexicanos. Mire lo que son las cosas, algunos de esos campesinos a los que usted mandó aterrorizar se convirtieron en sicarios hiperviolentos y líderes del narcotráfico de clase mundial, como el famoso Chapo Guzmán de Badiraguato.

Es mucho lo que quisiera preguntarle a usted en torno al narcotráfico, ya que de acuerdo con la DEA algunos de sus cuñados Zuno eran traficantes de heroína, pero me da la impresión de que, si usted ha sido tan parco con el tema de su afición a la violencia, con la cuestión del crimen organizado sus labios permanecerán sellados, pues tal vez ese y no otro sea el origen de la multiplicación misteriosa de su riqueza. Usted dirá que todos los políticos se enriquecen en el servicio público, que esos son los usos y costumbres no escritos de la política mexicana, pero desafortunadamente usted concluyó su sexenio llevando al país a su peor crisis económica y a la primera devaluación del peso en décadas. Mientras millones de mexicanos padecían las consecuencias de una política económica irresponsable, usted se disponía a disfrutar de esa riqueza sospechosa. No he tocado hasta ahora su conflicto con el empresariado, pero para lograr que hasta la derecha lo detestara, usted tuvo que ser verdaderamente errático en su conducción del país.

Me queda claro que los bebés y niños torturados con toques eléctricos, los cientos de mujeres que fueron violadas multitudinariamente por policías y militares, los civiles que fueron arrojados al mar para que sus cadáveres nunca fueran encontrados, las decenas de miles de familias destrozadas por la represión y las madres que no tienen una tumba dónde llorar a sus hijos, nunca le han quitado el sueño, pero usted no se va a salvar de la verdad histórica. Cualquier investigador que se ocupe de su persona y su sexenio con rigor, detenimiento y puntillosidad, descubrirá la evidencia necesaria para concluir que usted cometió crímenes de lesa humanidad, por los que desgraciadamente nunca ha sido juzgado, a pesar de su impactante longevidad. Yo sospecho que su impunidad no es sólo debida a los buenos oficios de su abogado Juan Velázquez, sino al hecho de que los priístas que le deben su carrera a usted, como Manlio Fabio Beltrones, aún lo protegen. 

Lo que nadie ha estudiado hasta ahora es su capacidad para banalizar el mal. Nadie nos puede explicar cómo es que después de contemplar las fotos y videos de los horrores que cometían los aparatos de seguridad nacional contra miles de civiles, usted tenía el aplomo para ir a escuchar a Olga Breeskin, como cualquier ciudadano común y corriente adicto a las ficheras. Muchas veces me he preguntado qué clase de país puede producir a individuos como usted. He buscado explicaciones históricas, sociológicas y hasta psicológicas. Por ejemplo, recuerdo las declaraciones de la periodista Isabel Arvide, ahora cónsul de México en Turquía, quien asegura que fue amante de usted y menciona otros episodios pocos conocidos de su vida, como su presunta bisexualidad. De ser esto cierto, es indignante que usted tuviera la desfachatez de acusar a los guerrilleros de ser homosexuales en su cuarto informe presidencial, usando esa categoría para estigmatizar, como si fuera algo negativo y repudiable, siendo que el no heterosexual era usted.

Esto me hace rememorar al personaje Galio de la novela homónima de Héctor Aguilar Camín, quien es un homosexual de closet. Galio está inspirado en uno de los colaboradores de usted en la vida real, Emilio Uranga, artífice de la guerra psicológica contra la izquierda. Forzando un poco la interpretación de la novela, uno pensaría que esos individuos de personalidad de suyo sociopática, que fueron obligados por la sociedad a habitar en el clóset y circunstancialmente se vieron colocados en la cima del poder, ejercieron una venganza despiadada contra todos, haciéndoles saber lo que es vivir en un régimen represivo. ¿Fue ese su caso, señor Echeverría? Quiero enfatizar el aspecto de la personalidad sociopática, pues desde luego la gente obligada a habitar el clóset en general no construye circuitos de exterminio. Seguramente me estoy desviando al meterme en un área que no es de mi competencia profesional, pero créame, le he dado tantas vueltas al asunto, intentando buscar una explicación a la crueldad extrema que usted desplegó como servidor público, que me frustra enormemente no tener una buena interpretación al respecto.

Decía el gran Cervantes que la verdad siempre flota sobre la mentira como el aceite sobre el agua. Lamentablemente, no es así, la verdad no se produce de forma automática y sin esfuerzo. Mucho menos en el caso en que los perpetradores de atrocidades escapan a cualquier control democrático, ciudadano y jurídico para ser llamados a cuentas y juzgados conforme a derecho. Sospecho que, así como usted nunca ha tenido el valor de darle la cara a la sociedad mexicana por todo el daño que le causó, mucho menos dará respuesta a esta carta. Sólo espero que ya no tenga los instrumentos para hostigarme, aunque con usted y sus adeptos uno nunca sabe. Sin embargo, ni siquiera la perspectiva de recibir un daño por parte de usted sería impedimento para dar a conocer los acontecimientos de su sexenio; es mi deber ciudadano explicar cómo la violencia de la que usted fue en gran medida protagonista, nos dejó un legado muy difícil de sobrellevar a las nuevas generaciones de mexicanos. Por supuesto, no lo culpo de todo, pero su sexenio fue una de las peores calamidades en ese rosario de adversidades que caracterizan a la historia mexicana. Espero que usted viva muchos años más, para que constate que el juicio de las nuevas generaciones sobre usted no será nada benigno. Usted borró a los desaparecidos del mapa, pero no hay poder humano capaz de borrar toda verdad histórica. Tenga la plena certeza de que usted pasará a la historia como uno de los poquísimos mexicanos a los que se les puede calificar de genocidas.

Atentamente,

Adela Cedillo

Historiadora 


Publicado originalmente en Revista Común: Carta al ex-presidente Luis Echeverría Alvarez

César Germán Yáñez Muñoz está oficialmente desaparecido

 Compañeros de la Casa de Todas y Todos:

    La presente es mi respuesta a su comunicado del 18 de abril de 2021, en el que sostienen: "Declarar la muerte de aquellas y aquellos que han sufrido la desaparición forzada, no sólo demerita y ensucia el reclamo de la justicia, sino que los desaparece de nuevo, dejando libres a quienes cometieron ese delito, sin que hayan pagado por ello." Ustedes mencionan mi nombre como si esa fuera mi postura, a pesar de mi trabajo público y notorio para exigir la verdad y la justicia para las víctimas de la llamada guerra sucia. Les aclaro, una vez más, que nuestra visión y nuestros métodos son diferentes pero el objetivo es el mismo: que el Estado asuma su responsabilidad por la desaparición de alrededor de tres mil personas durante la década de los setenta y principios de los ochenta, que castigue a los culpables y que establezca una comisión de la verdad que esclarezca todos y cada uno de los episodios de terror estatal que se vivieron durante la dictadura de partido del PRI.
 
    En mi tesis sobre las Fuerzas de Liberación Nacional de la que, asumo, ustedes obtuvieron las fichas signaléticas de Elisa Irina Sáenz Garza, Carlos Arturo Vives Chapa y Raúl Enrique Pérez Gasque, también hablo de las desapariciones de César Yáñez, Juan Guichard Gutiérrez y Federico Carballo Subiaur. En el caso de Pérez Gasque, Carballo y los cuatro hermanos Guichard desaparecidos, las familias alentaron mis pesquisas, no fue algo que yo hubiera investigado por mera curiosidad académica. Mi compromiso con las víctimas de la violencia de Estado siempre ha sido incólumne. Yo hablé con una serie de testigos en la Selva Lacandona que me contaron que estaban presentes cuando dos guerrilleros fueron detenidos en el ejido Cintalapa, del lado de la frontera con Guatemala, a quienes el ejército torturó y asesinó a sangre fría en frente de los campesinos, causándole un gran trauma a los niños que jugaban en las inmediaciones del lugar. Los cadáveres fueron transportados hasta el rancho El Diamante, que estaba a una distancia considerable de Cintalapa y ahí los vieron algunos moradores de la finca de Atanasio López. Una persona me describió a detalle las características de los cadáveres, los cuales tenían volada la tapa de los sesos por la cercanía de los disparos recibidos en la cabeza. A esta persona le llamó la atención que, previo a darles sepultura, los militares hubieran cosido las cabezas de los cadáveres. Asumo que fue para evitar que si alguien los exhumaba, se viera el grueso calibre de las balas militares. Esta versión contradice el reporte militar que sostiene que César Yáñez y Juan Guichard murieron en un combate con el ejército el 16 de abril de 1974.

    Conduje esta investigación en la década del 2000, por lo que no tengo forma de saber si los testigos siguen vivos y dispuestos a hablar, pero cualquiera que dedicara los años que yo destiné a buscar a los desaparecidos tanto en las fuentes policiacas como in situ, seguramente daría con los mismos personajes con los que yo hablé. Desde que supe que los cádaveres fueron enterrados en El Diamante he promovido que se haga la búsqueda forense y que se investigue a los militares involucrados, pero no he obtenido respuesta positiva de autoridad alguna. Oficialmente César Germán y Juan Amado siguen desaparecidos, que yo haya encontrado evidencia de cómo fueron ejecutados e inhumados no le quita un ápice a la responsabilidad del Estado de encontrar a los desaparecidos. 
 
    Octavio Yáñez Muñoz declaró en una entrevista que su padre, el Dr. Margil Yáñez, por intermediación de su hermano Adrián, que era a la sazón senador del PRI, consiguió que lo llevaran al paraje de la Selva Lacandona donde estaba enterrado César Yáñez. A pesar de eso, la familia Yáñez siempre ha considerado a César como lo que es, un desaparecido, mientras no se aclare el lugar, modo y circunstancia de su desaparición. De eso a nadie tendría que caberle la menor duda. Finalmente, en mi calidad de historiadora, lo que yo diga no tiene un valor jurídico porque debe ser fehacientemente demostrado por la autoridad competente. Comprender la diferencia entre verdad histórica y verdad jurídica es fundamental para procesar estos casos.

     Aclaro todo esto porque ustedes, por desconocimiento o por incomprensión de mi labor profesional, me acusan de cosas con las que no me identifico en lo absoluto. Si alguien ajeno a las FLN ha invertido décadas de su vida en buscar a los desaparecidos, he sido yo. Si alguien ajeno a las FLN y las familias de los caídos ha impulsado procesos jurídicos para castigar a los represores de la organización, he sido yo. Si alguien ha hecho el trabajo ingrato de buscar las fosas clandestinas donde fueron enterrados los caídos de Nepantla y El Diamente he sido yo. Mi búsqueda fue tan desesperada que el Ministerio Público de la FEMOSPP no hizo más que burlarse de mí, al decir que yo no tenía personalidad jurídica para meter mi cuchara en esos casos. Ciertamente, las condiciones han cambiado y hay menos apatía institucional con el tema, pero hasta ahora, nadie ha procesado mi solicitud para que se busquen las fosas de El Diamante, pues quienes realmente deberían promover esos procesos, no lo hacen proactivamente. No lo digo a manera de reproche, las familias de las víctimas tienen razones personales para actuar de tal o cual modo, las cuales no son de mi competencia.
 
    Por todo lo anterior, me parece aberrante que me acusen soslayadamente de promover la impunidad y el olvido. Les he pedido en otras ocasiones que dejen de mencionarme en sus escritos adjudicándome posturas que no tengo. Espero que esta sea la última vez que tengo que hacer semejante petición, pues siempre he sido respetuosa de su trabajo y, en reciprocidad, me gustaría recibir el mismo respeto. No está de más traer a colación que hay cuatro grupos distintos que buscan recuperar la historia o la memoria de las FLN: el EZLN, la Casa, exmilitantes de las FLN ajenos a los anteriores y los investigadores. No creo que nuestras diferencias sean tan hondas como para colocarnos en campos enemigos. Los enemigos son aquellos perpetradores de atrocidades, los que mataron, torturaron, desaparecieron, manipularon y escondieron la verdad por décadas. Los expresidentes genocidas que, como Echeverría, gozan de una impunidad absoluta. En relación al tema de los crímenes de lesa humanidad de la guerra sucia, enfocarse en otra cosa que no sean ellos es perder el tiempo.

Atentamente,

Adela Cedillo

Historiadora


domingo, 14 de febrero de 2021

Julieta Glockner Rossainz y Graciano Sánchez Aguilar, a 46 años de su caída en combate

 Entre 2003 y 2007,  realicé una investigación biográfica sobre los militantes de las Fuerzas de Liberación Nacional caídos en combate, cuyos resultados publiqué en mi tesis/obra El fuego y el silencio en 2008. En la mayoría de los casos, las familias mostraron gran entusiasmo y apertura ante el hecho de que por fin se reconociera la lucha y el sacrificio de sus asesinados y desaparecidos. En este blog, publiqué la mayor parte de esas semblanzas biográficas, excepto en aquellos casos donde algunos familiares me pidieron no mencionar a sus deudos. En esos momentos, decidí respetar su deseo, pero a tantos años de aquellos hechos, considero que mi indulgencia no fue lo más acertado. Ni la historia ni los personajes históricos tienen dueño y el respeto a los actores vivos no puede traducirse como silenciamiento, pues hay un interés superior que es el de dar a conocer hechos fundamentales del pasado a las nuevas generaciones. La conciencia histórica es fuente de identidad e instrumento invaluable para la comprensión del presente. Ningún interés particular puede estar por encima de ella, mucho menos tratándose de hechos que representan violaciones graves a los derechos humanos que aún tienen la posibilidad de investigarse penalmente.

De forma considerablemente tardía, he decidido difundir las biografías de Julieta Glockner Rossainz y Graciano Sánchez Aguilar, a 46 años de su caída en combate en Cárdenas, Tabasco. Hechos nunca investigados a detalle ni esclarecidos judicialmente, sobre los que yo apenas tuve un atisbo. Sirva esta información para despertar el interés de los jóvenes investigadores por desentrañar ese pasado. 

JULIETA GLOCKNER ROSSAINZ (A) COCO, PAZ, AURORA

 


 

Nació el 1º de octubre de 1948 en la ciudad de Puebla, Puebla. Era hija del doctor Julio Glockner Lozada (rector interino de la Universidad de Puebla en 1962) y de Teresa Rossainz, ambos de ascendencia francesa. Desde muy joven comenzó a militar en la Juventud Comunista, de cuyas filas fue expulsada. A los 15 años visitó la república de Cuba, donde convivió con la familia de Ernesto “Che” Guevara. En lo sucesivo, intentó sin éxito convertirse en internacionalista. Fue activista del movimiento estudiantil de la Universidad de Puebla, institución en la que hizo estudios en medicina. Participó en el Frente Electoral del Pueblo y apoyó de forma solidaria diversas huelgas y manifestaciones obreras. Contrajo nupcias con el líder estudiantil Carlos Martín del Campo Ponce de León, quien fue encarcelado a raíz de la matanza del 2 de octubre de 1968. Durante dos años lo visitó en la Penitenciaría de Lecumberri. A fines de 1969, su hermano Napoleón Glockner la invitó a participar en las FLN, a las que se integró como militante urbana. En julio de 1971 la organización fue descubierta y los hermanos Glockner se vieron obligados a pasar a la clandestinidad, renunciando a sus familias. Por su capacidad de liderazgo, Julieta fue encargada de la red urbana del Distrito Federal y fue la responsable  que logró captar más cuadros profesionales para las FLN entre 1972 y comienzos de  1974. El 14 de febrero, cuando el ejército perpetró la masacre de Nepantla, Julieta se presentó a las afueras de la casa a enterarse de los acontecimientos, de los cuales informó a la organización.

A lo largo de un año, Julieta y sus compañeros se volcaron a la reconstrucción de las FLN. Por méritos propios, fue incorporada a la dirección nacional del grupo y participó en la formación de nuevas redes urbanas. El 6 de febrero de 1975, en Villahermosa, Tabasco, militantes de las FLN fueron descubiertos por la policía judicial, con la que tuvieron un enfrentamiento. Julieta y Graciano Sánchez emprendieron la fuga hacia Cárdenas, a fin de llegar a Coatzacoalcos, Veracruz, pero fueron interceptados por elementos del 57º Batallón de Infantería en la región de Plan Chontalpa, el 7 de febrero. Graciano fue el primero en caer y Julieta, sin más arma que una Browning 9 mm, se enfrentó a los militares equipados con potentes ametralladoras M-2.

Los jóvenes asesinados fueron sepultados en el Panteón civil de Cárdenas. Los pobladores que conocen su historia han formado un mito en torno a ellos. Julieta es recordada como la “guerrillera bonita”. En 1999 su familia pudo recuperar sus restos y trasladarlos a Puebla, donde permanecen en una urna con la inscripción: “A Julieta, hermosa y valiente luchadora social”.

 

           GRACIANO ALEJANDRO SÁNCHEZ AGUILAR (a) TEODORO, PACHA, GONZALO



Nació el 31 de diciembre de 1941 en Sabinas, Coahuila.  Entre 1959 y 1962 estudió la licenciatura en Derecho en la Universidad de Nuevo León. Impartió clases a hijos de obreros en la Escuela Industrial “Álvaro Obregón”. Como litigante, fue uno de los defensores de las trabajadoras de la fábrica “Medalla de Oro”, así como de los vendedores ambulantes de Monterrey y de obreros y campesinos de diversas regiones del estado de Nuevo León. Fue simpatizante del Movimiento de Liberación Nacional y participó en la creación del Instituto de Intercambio Cultural México-Cuba en Monterrey. La sistemática represión hacia los movimientos sociales lo llevó a transitar de un inocuo activismo, dentro del grupo denominado “Unión Revolucionaria Socialista”, hacia la guerrilla de inspiración castro-guevarista. De este modo, el 31 de enero de 1969, a tan sólo cuatro meses de la masacre de estudiantes de 1968, Graciano se incorporó al Ejército Insurgente Mexicano, una de las primeras organizaciones político-militares en establecerse en la selva lacandona. El EIM se desintegró por diferencias entre sus miembros, por lo que el grupo de regiomontanos encabezado por César Yáñez Muñoz fundó una nueva organización, denominada Fuerzas de Liberación Nacional, el 6 de agosto de 1969. Graciano fue uno de los nueve fundadores de las FLN. Fue responsable de diversas casas de seguridad en el sureste mexicano y tuvo un trabajo de camuflaje como secretario del alcalde municipal de Estación Juárez, Chis., cargo que desempeñó entre mediados de 1972 y principios de 1974. Después de la caída de la organización, contribuyó al repliegue de los sobrevivientes en la ciudad de Villahermosa, Tabasco. Fue asesinado junto con Julieta Glockner el 7 de febrero de 1975 por el 57º Batallón de Infantería en la región del Plan Chontalpa.

            Los dos jóvenes fueron enterrados con absoluto sigilo en el panteón civil de Cárdenas, Tabasco y la policía se negó a entregar los cuerpos a los familiares, quienes se enteraron de la noticia por los periódicos. Algunas personas en Cárdenas, que conocieron a estos jóvenes en la clandestinidad, les erigieron un monolito en su tumba con la leyenda “homenaje a los héroes caídos en Cárdenas, Tabasco, quienes lucharon hasta la muerte por liberar al pueblo de la explotación. Es mejor morir de pie que vivir de rodillas”. Otras manos anónimas añadieron una lápida con el lema legendario “Hasta la victoria siempre, venceremos!!!” Sus restos fueron recuperados por su familia en 1999 y llevados a su ciudad natal.






 

lunes, 14 de octubre de 2019

Una historia triste de maledicencia y deshonestidad intelectual


  Usualmente no utilizo este espacio para dirimir rencillas personales, sin embargo, hace dieciséis años, cuando empezó la maledicencia contra mi persona en ciertos círculos que monopolizaban el discurso en torno al periodo comúnmente denominado como “guerra sucia,” cometí el error de seguir el consejo de amigos que sugirieron que lo mejor era no engancharme en peleas con personajes sombríos, incapaces de dar la cara o de sostener sus calumnias de frente. El haber permanecido pasiva ante esos ataques por la espalda tuvo consecuencias que rebasaron con mucho mis expectativas. Es así que he decidido no permanecer callada nunca más, por más absurda que parezca la difamación o por más problemático que sea el emisor. Es muy desagradable tener que defenderse de personas que, me consta, tuvieron grandes pérdidas o sufrimientos personales, pero si algo me han enseñado todos estos años de convivir con víctimas de procesos de violencia es que éstas no tienen por qué ser seres puros, inmaculados o moralmente intachables. El sufrimiento extremo causado por el Estado y la rectitud moral no tienen por qué conjugarse en una sola persona. Creo firmemente que debemos hacer todo lo posible por visibilizar a las víctimas de violaciones a los derechos humanos, mostrar empatía hacia ellas y ayudarlas a que sus reclamos sean escuchados y atendidos, independientemente de sus virtudes o defectos personales. Por otra parte, cuando alguien ostenta su condición de víctima como un recurso para adquirir poder y prestigio, para ejercer el chantaje moral del tipo “estas conmigo o estás en contra de las víctimas,” o para marginar o desprestigiar a otras personas por no compartir sus ideas, los afectados tienen el derecho a separar ambos niveles: respetar a la persona en su condición de víctima pero rechazar la manera en que esta abusa de su poder.
            En esta ocasión haré un breve recuento de mi relación con un personaje al que me referiré únicamente como “escritor,” debido a que sus ataques contra mí han sido hasta ahora al nivel de el rumor y la intriga, nunca públicos o de frente. El día en que él tenga el valor de hablar cara a cara lo llamaré por su nombre. Por ahora, sólo quiero dejar constancia de las razones por las que este individuo me ha hecho objeto de su odio ciego y me ha calumniado con nuestros contactos en común y con personas de su círculo de poder, buscando destruir mi credibilidad y mi nombre como una venganza por haber herido su susceptibilidad. Este texto de ninguna manera es un acto de revancha sino uno de legítima defensa. No busco que “escritor” me de la cara o me pida una disculpa. Lo único que procuro es que quienes han escuchado sus denostaciones contra mi persona y las han creído a pie juntillas por tratarse de un personaje famoso, puedan tener acceso a mi versión de la historia, especialmente aquellos que no me conocen. A diferencia de “escritor,” tengo los elementos probatorios que avalan cada una de las situaciones aquí descritas. Estoy consciente de que “escritor” es actualmente un funcionario público, ergo, un hombre de poder con acceso a los medios, mas nunca he temido a las consecuencias de exponer lo que considero es lo más próximo a la verdad.

            Los años de miel entre “escritor” y yo
            Conocí a “escritor” en un viaje a Chihuahua en el equinoccio de otoño del 2003 con motivo de la recuperación de la memoria de uno de los episodios fundacionales de la “guerra sucia.” Por mera coincidencia, fuimos compañeros de asiento en el autobús y tuvimos bastantes horas disponibles para conversar. “Escritor” me pareció un tipo simpatiquísmo, sencillo y con un gran arsenal de anécdotas entretenidas. En esos momentos yo aún no había comenzado a estudiar la “guerra sucia,” mientras que él ya se presentaba a sí mismo como uno de los poquísimos expertos en el tema. Me contó la historia familiar que lo había llevado hasta ahí y me pareció admirable la manera tan neutra en la que contaba su tragedia, sin mayor drama, lejos del duelo y con una gran vocación para hacer justicia a esa memoria. El papá de “escritor” había militado en una organización armada, había caído preso y a los dos años de haber sido liberado había sido asesinado en circunstancias oscuras. Su tía, miembro de la misma organización, había caído en combate en fechas cercanas. La familia de “escritor” había quedado anímicamente destrozada por la doble pérdida. “Escritor” fue una de las primeras víctimas colaterales que conocí de ese periodo, por lo que de inmediato me despertó una profunda empatía y aprecio. Por su parte, a “escritor” le pareció asombroso que yo supiera tanto de un tema al que sólo había seguido a través de la prensa y algunos eventos con sobrevivientes. Hablábamos un lenguaje común en medio del silencio atronador en torno a ese pasado.
Aunque “escritor” ya había publicado una novela que había alcanzado cierta fama, no estableció una relación jerárquica entre nosotros, ni la diferencia de edad o status pesaron en la amistad que comenzamos a desarrollar. Le dije a “escritor” que el viaje a Chihuahua había sido determinante para virar mis intereses académicos hacia el estudio de la “guerra sucia” y le hice saber lo importante que había sido conocerlo en ese proceso. Desde el principio lo tuve al tanto de mis pesquisas: visitas al archivo, hallazgo de documentos relevantes, entrevistas con exmilitantes y víctimas colaterales, eventos a los que asistía con familiares de desaparecidos, etc. Puesto que “escritor” no vivía en la ciudad donde todos estos acontecimientos se producían, seguía con mucho interés lo que le contaba. A la distancia, me parece obvio que esta fue una de las razones por las que me empezó a buscar cuando viajaba a mi ciudad. “Escritor” y yo desayunábamos una vez al mes o cada dos meses.
“Escritor” se convirtió en un referente fundamental para mí. Podía hablar de cualquier tema con él: mi intricada vida personal, la escena literaria del país, los acontecimientos de la política nacional y demás. Desde luego, el asunto que acaparaba nuestras conversaciones era el de la “guerra sucia.” “Escritor” se encontraba en la fase final de escritura de una de sus novelas alusivas al período y también se proponía escribir libros de carácter histórico no ficcional. En su momento no pude advertir que el interés de “escritor” por mi amistad se debía únicamente a que me veía como fuente de información. En mi infinita candidez le compartía los documentos que creía, le serían de utilidad, incluso, cuando le hablaba de documentos que había visto pero no podía reproducir por el costo excesivo de las fotocopias, él se ofrecía a pagarlas. Solo ahora puedo advertir que si yo hubiera guardado mi información bajo tres candados o hubiera pretendido que no había encontrado nada de interés “escritor” hubiera optado por ignorarme. La base de nuestra relación es que yo le mostrara admiración, le ofreciera datos y estuviera dispuesta a creer sus historias sobre ciertos personajes a los que él consideraba policías infiltrados en la izquierda. A cambio, yo recibía el beneficio de ser escuchada dos horas al mes por él, el escritor. Por su parte, él nunca me compartió un solo documento y sólo me condujo con uno de sus contactos relacionados con el tema. Se jactaba de tener una gran investigación tras de sí, pero casi nunca me revelaba detalles al respecto. Incluso, comencé a sospechar que algunas de sus fuentes eran ficticias, pues no correspondían con ninguno de los otros registros.
A los pocos meses de tratarnos yo le proporcioné a “escritor” el documento que probaba que su padre y su entonces pareja habían llevado a la policía y el ejército a una casa de seguridad de su organización, donde cinco militantes fueron acribillados y se encontraron los papeles con la ubicación de un campamento guerrillero. Inicialmente escéptico, “escritor” terminó por reconocer que su padre había sido salvajemente torturado y por eso había revelado la ubicación de la casa. Incluso participó en un recorrido que organicé en la casa en febrero de 2004 y llevó a sus hermanos. Jamás percibí ningún indicio de que “escritor” estuviera molesto por el hecho de que yo narrara públicamente cómo cayó la casa. De hecho, acordamos que una delación voluntaria y una confesión bajo tortura tienen un significado muy diferente y distinto peso moral.
Poco tiempo después encontré las evidencias que a mi parecer probaban contundentemente que el papá de “escritor” había sido ejecutado por su organización al ser considerado un traidor por haber llevado a las fuerzas represivas a la casa. Escritor ojeó los documentos, me escuchó con un gesto muy serio y dijo, palabras más o menos: “nunca he creído en esta versión del ajusticiamiento interno. Me parece una posibilidad entre muchas, pero yo seguiré defendiendo la versión que he sostenido toda la vida de que fue la Brigada Blanca, pues a estas alturas no me puedo echar para atrás.” En ningún momento “escritor” expresó enojo contra mí. Yo le dije categóricamente: “Me parece importante que se reconozca quiénes fueron los ejecutores de tu papá y su pareja, no para que te vayas a pelear con ellos ni para que los metan presos, sino porque es la historia y no podemos cambiarla. Finalmente, ¿qué interés iba a tener la Brigada Blanca en matar a tu papá después de que la policía lo liberó?” “Escritor” respondió: “nunca me habían hecho esa pregunta.” No volvimos a tocar el tema, pero asumí tácitamente que él mantendría su versión y yo la mía. El jamás condicionó nuestra amistad a que yo adoptara su versión.
A mis 24 años no entendía la complejidad de la situación. La organización guerrillera en cuestión había sido absolutamente congruente con sus principios político-militares en torno a ajusticiar a aquellos que consideraba traidores. Por otra parte, el proceder del aparato de seguridad en aquellos años era tan sucio que había elementos para no creerles cuando manifestaron a la prensa que la doble ejecución había sido un ajusticiamiento interno. Las familias se quedaron con la duda sobre lo que había pasado. Intelectuales reaccionarios y sin calidad moral se habían regodeado señalando que los guerrilleros asesinaban a sus propios compañeros. “Escritor” había reaccionado defendiendo el honor de su padre, a quien consideraba un héroe que abandonó a su familia en la persecución de la utopía, convertido en mártir a manos de la siniestra Brigada Blanca. La idea de que su padre fuese visto y tratado como traidor le parecía inaceptable, pues rompía con la biografía familiar que él había construido desde su adolescencia.
Nunca imaginé que todos los actores mencionados iban a terminar aborreciéndome por haber investigado esos hechos con todo el profesionalismo del que era capaz. Como historiadora yo sólo quería hacerle justicia a la verdad. Al margen de que los ejecutados sean vistos como héroes por algunos y como traidores por otros, lo cierto es que fueron individuos comunes puestos en circunstancias límite. Al entregar la dirección de la casa ellos sabían que, si sobrevivían a la tortura y la cárcel, los matarían sus compañeros porque ese era el pacto que habían suscrito al pasar a la clandestinidad. Esa fue la razón por la que se propusieron irse a vivir a otro país. De hecho, estaban a días de marcharse cuando los encontró la muerte. Como ciudadana puedo tener un juicio moral sobre lo que pasó pero como historiadora no. A “escritor” le llegaba a molestar eso, pues decía que yo era incongruente entre mi compromiso con las víctimas y mi aspiración de objetividad académica (la objetividad no existe pero los historiadores la buscamos como si existiese). Muchas veces me dijo que debía tomar un solo camino, que no podía seguir los dos. En su momento no entendía a qué se refería, después me quedó perfectamente claro.

Cuando todo dejó de ser miel sobre ojuelas entre “escritor” y yo
Entre 2004 y 2011 “escritor” y yo tuvimos pocos roces a los que no les di ninguna importancia. En 2005 hicimos un evento relacionado con la “guerra sucia” y me reclamó que yo me sintiera como una experta casi a su nivel, cuando él tenía décadas con el tema. La crítica me dejó helada, nunca pasó por mi mente que creyera que yo competía con él. No era mi intención, pues yo tenía claro que nuestros intereses eran distintos: él era un escritor que gustaba de los reflectores y de cierta cercanía con el poder, pues era un junior de izquierda de una familia reconocida en su ciudad. Yo era una hija de la clase obrera, pasante de licenciatura y nadie me conocía. Si tuviera los recursos emocionales de ahora me habría dado cuenta que “escritor” se sentía inseguro, ya que él no era un historiador profesional.
En 2006 tuvimos otro desencuentro cuando “escritor” invitó a diversas personalidades a ser extras en una película de la que fue guionista, pero al colectivo que habíamos formado, del cual él era el líder moral, nos ignoró por completo. No nos invitó a participar como extras, ni a observar la filmación de la película ni a la alfombra roja. Algo estaba mal, pero yo no pude visualizar en ese momento que el problema no era nadie del colectivo más que yo. Entrar en detalles sobre las razones de mi exclusión en el proyecto de “escritor” me llevaría por un camino que prefiero no revelar, pues aunque él diga cosas soeces sobre mí, yo aún soy capaz de respetar su privacidad por principios éticos elementales.
En 2007 aún creía que ninguna de nuestras diferencias afectaba la relación entre “escritor” y yo. Todo empezó a cambiar a partir de que descubrí ciertas cosas incómodas para él y, entonces sí, sin decir nada, empezó a mirarme con desconfianza. Mi visión de las cosas, por el contrario, era todavía inocente. Para mí “escritor” era un alma gentil, alguien que me había brindado apoyo emocional en momentos muy difíciles y que incluso me había prestado dinero cuando me había quedado atorada en algún viaje. Para los apuros pequeños era muy generoso, aunque nunca lo percibí capaz de un acto de solidaridad mayor. Fue precisamente en un momento muy grave en el que demandé su involucramiento máximo cuando él reculó y yo tuve el coraje de decirle que su actitud me parecía cobarde. Ahí empezó el desmoronamiento estrepitoso de nuestra relación.
En diciembre de 2010 di a conocer los resultados de mi investigación, que incluían un capítulo sobre la ejecución del padre de “escritor” y su pareja. No podía haber actuado de otro modo, pues era información disponible en un archivo público que cualquier historiador profesional podría verificar. De enero a junio escritor no dijo nada al respecto, pues no me había leído, a pesar de que le había hecho llegar mi trabajo. Una “tercera persona,” que se hizo un gran amigo de “escritor” después de que los presenté en 2006, estaba molesto conmigo por cosas que considero nimiedades. No era consciente—y quizá sigo sin serlo—de lo frágil que es la masculinidad de algunos. La “tercera persona” le dijo a “escritor" que yo lo había traicionado con total alevosía por haber establecido que la guerrilla mató a su padre. “Escritor” reaccionó iracundo. En medio de la crisis que tenía nuestro colectivo por un problema sumamente grave, que nos rebasaba por completo, “escritor” decidió no volver a dirigirme la palabra nunca más. No sólo me expulsó de su vida sino que dejó en el limbo a las personas que necesitaban desesperadamente de su intervención. Les mandó algo de dinero y se desentendió del problema. El sólo quería cuidar su imagen y evitar que lo relacionaran con un asunto peligroso. Esto ocurrió la primera semana de julio de 2011. A la fecha sigo pensando que fue un cobarde y que me aborrece por haberle echado en cara su falsedad, manifiesta en muchos niveles.

Epílogo de la ruptura ente “escritor” y yo
Cuando la “tercera persona” me comunicó a fines de julio de 2011 que “escritor” estaba muy enojado conmigo y no quería volver a hablarme no lo creí. Pensaba que a ambos se nos pasaría el enojo mutuo y después podríamos sentarnos a conversar tranquilamente. Incluso le mandé una carta a escritor, pensando que su enojo venía por el tema de su padre (anexo la carta al fin de este post). Sólo ahora me doy cuenta que no, que en realidad herí su autoimagen y eso era un punto sin retorno para un escritor narcisista e inseguro. “Escritor” no sólo no respondió la carta sino que empezó a hablar mal de mí. Dijo que yo me había introducido como una espía en su familia para sacarles información. Objetivamente, su familia no tenía ninguna información que me fuera de utilidad y no había nada que yo hubiera citado en mis escritos, pero él empezó a circular ese rumor descabellado, según el cual yo formaba parte de los policías infiltrados en su entorno. El rumor es tan abyecto y paranoico que “escritor” nunca se ha atrevido a expresarlo públicamente. Siempre ha operado en la sombra, transmitiendo sus calumnias de boca en boca y buscando incondicionalidad en el acto: están con él o con sus enemigos. Lo más ridículo del caso es que “escritor” parezca no detenerse a pensar que sus infundios van a llegar de inmediato a mis oídos por la manera en que funciona nuestra network compartida. Tampoco parece advertir que los herederos de la organización que ejecutó a su padre ya reconocen la autoría de los hechos. El sigue difundiendo su visión familiar como una verdad histórica.
Recientemente alguien me preguntó: ¿por que “escritor” te odia tanto? Al saber de las nuevas mentiras que “escritor” decía sobre mí, sentí una repulsión orgánica. “Escritor” sabe que no soy policía y sin embargo quiere destruir mi credibilidad para que, en caso de salir a la luz a decir todo lo que se de él, se piense que estoy mintiendo (en realidad, nunca me había pasado por la cabeza hablar de él abiertamente, hasta que cruzó la raya). Me siento profundamente decepcionada al comprobar cuál es la verdadera naturaleza de “escritor,” pues no lo creía capaz de tanta bajeza. Es un hombre que proviene de cierta situación privilegiada, quien cree que porque tuvo pérdidas dolorosas lo merece todo, incluso el derecho a cambiar la verdad histórica y difamar a los que no coincidan con él. No le permitiré a “escritor” que use su posición como director de una editorial estatal para desprestigiarme o sabotearme. Es cierto, hay una asimetría moral y de poder muy grande entre él y yo, pero yo soy una académica honesta que desde hace años asumió un compromiso inquebrantable con el derecho de la sociedad mexicana a la verdad, la memoria, la justicia, la reparación integral del daño a las víctimas de la violencia de Estado y las garantías estatales de no repetición. Nadie podrá demostrar nunca lo contrario, aún si arrojasen una tonelada de basura sobre mí.
Lo más ruin de las calumnias de “escritor” es que no se trata de alguien que no me conoce y sólo sospecha de mí por una reacción paranoica defensiva, como me ocurrió con frecuencia hace dieciséis años. “Escritor” era testigo de que yo era una persona de escasos recursos, sabía de las dificultades con las que iba todos los días a sacar información del AGN, estaba perfectamente enterado del seguimiento que tuve por parte de Gobernación y de mi pésima relación con el exagente de la DFS Vicente Capelo. “Escritor” se metió, además, con algo que es casi sagrado para mí, la memoria de Isabel. Nunca le perdonaré que la haya involucrado en su campaña contra mí. Al haber hecho eso “escritor” demostró que es capaz de descender al último peldaño de la inmoralidad con tal de destruir a sus enemigos. A Isabel la quise sinceramente,  “escritor” erró catastróficamente al afirmar que tuve algo que ver con su final. Si pensaba que “escritor” algún día me daría la cara y podríamos debatir civilizadamente, lo que hizo destruyó toda posibilidad de entendimiento.
Por un par de días resonó esa pregunta en mi cabeza, ¿por qué escritor me odia tanto? En los últimos meses han aparecido muchas menciones en los medios al más reciente libro de “escritor.” Lo compré por curiosidad académica pero el contenido me horrorizó. No me aturdieron las decenas de imprecisiones, los saltos temporales, la constante falta de referencias a las fuentes, la mezcla sistemática de ficción y realidad, la falta de estructura o el estilo literario sin ningún pulimiento, como de tallerista novato. Se sobreentiende que es un libro de divulgación, no un libro académico. Lo que me enfureció es que escritor tuviera el descaro de usar anécdotas que yo le conté y documentos que le proporcioné. No sabía que me había visto como una ayudante de investigación informal y sin paga. Evidentemente, no me menciona por ningún lado. “Escritor” cometió un acto de injustificable deshonestidad intelectual. Resultó beneficiario de mi investigación y al mismo tiempo tiene las agallas para difamarme. Aún si no son muchas las referencias a los datos que le proporcioné, lo que “escritor” hizo es éticamente inaceptable y quien valore mínimamente la honestidad intelectual tendrá que advertir esa injusticia. Hasta “tercera persona” tuvo la decencia de incluirme en los agradecimientos de su libro a pesar de que ya había concluido nuestra amistad.
No espero nada de “escritor” ni deseo engancharme en un pleito absurdo que no me beneficiará en nada. Me conformo con exponer mi versión de los hechos para quienes han seguido el tema de forma directa o indirecta. Es todo lo que tengo que decir y, a menos que “escritor” prosiga con sus ataques infundados, no añadiré nada más ni mencionaré su nombre en público ni en privado. “Escritor” no merece nada de mí, ni siquiera desprecio, lástima o indiferencia. No obstante, no me resulta desagradable la idea de que “escritor” sepa que lo considero un traidor y un calumniador a quien nunca podré perdonar por lo que dijo de Isabel, pues con ello resquebrajó todo límite moral.

***
Carta enviada a “escritor” el 2 de agosto de 2011, editada para fines de protección de datos personales:

¿ Cómo se titula un correo de despedida?
“Escritor”:
[Tercera persona] me comentó tu reacción respecto a mi tesis… y lo primero que quiero decirte es que respeto absolutamente la decisión que has tomado de no volver a tener ningún contacto o comunicación conmigo. A reserva de saber que no recibiré respuesta a este correo, quiero aclarar algunas cosas que me lastiman profundamente porque no las considero ciertas y también es mi deseo pedir un perdón humilde y sincero por otras en las que definitivamente me equivoqué…
En principio, lo que más me preocupa es el sentimiento que tienes de que te he traicionado. Pareciera como si yo hubiera hecho algo a tus espaldas, abusando de tu confianza y utilizando ventajosamente las puertas que generosamente me abriste. Jamás nunca fue esa mi intención. Alguna vez nuestra relación fue estrecha y yo te llevé los documentos que a mi juicio probaban la verdad histórica de lo que había pasado con [tu padre, cito evidencia]. Recuerdo que tú me dijiste que tú ibas a manejar tu propia versión porque no te podías desdecir de lo que venías sosteniendo desde hace años.  Por la honestidad intelectual que te caracteriza, jamás sentí que me quisieras dar línea respecto a qué decir o no decir. Por mi parte, yo me sumí en un conflicto moral porque no sabía qué era lo humanamente ético. ¿Dar mi versión? ¿Ocultarla? ¿Tergiversarla? Entre finales de 2003 y 2008 yo no pude resolver este dilemma […].
En el verano-otoño de 2010, en medio de una inmensa depresión por la muerte de mi abuelo, tuve que escribir mi tesis de maestría en menos de cuatro meses, a fin de poder tener acceso a una beca que me iba a garantizar algunos meses más de subsistencia.  Me parece importante señalar lo del tiempo, porque [tercera persona] me cuestiona por qué no te di a leer lo que había escrito. La presión brutal a la que me vi sometida imposibilitó que acudiera contigo o con otras personas para conocer su opinión sobre mi trabajo, así que opté por dárselos a leer después. No fue una maniobra fríamente calculada, no hubo una siniestra intención de apuñalar a nadie ni nada remotamente parecido.  Si hubiera tenido algo que ocultar jamás te habría invitado a mi examen de maestría y menos aún te hubiera mandado la tesis. Y también aclaro que no era mi objetivo publicarla tal y como está, sin antes conocer la opinión de los directamente involucrados.
Desde luego, intuía que mi versión escrita sobre la muerte de [tu padre] sería un punto de fricción entre nosotros, pero no imaginé hasta qué nivel. Quiero decir las cosas con la transparencia brutal que me caracteriza, sin afán de echarle más leña al fuego. Entre 2003 y 2010 estuve recabando cualquier huella, indicio o prueba relacionada con el caso. Reuní evidencias suficientes para sustentar mi versión sobre el asesinato de [tu padre] y opté por no incluirlas todas, a fin de no hacer más dura la revelación. Hay verdades que sanan y verdades que lastiman.  Así, resolví el dilema pensando en qué era lo más justo [… y] llegué a la conclusión de que señalar con toda claridad a los responsables de su ejecución era lo único correcto que podía hacer […].  Aunque nunca he entrevistado a tu tío […] (y a ningún otro miembro de tu familia), estaba en el entendido de que él consideraba que el doble homicidio había sido obra de [la guerrilla]. De esta manera, jamás pasó por mi mente que mi versión pudiera ocasionarle un daño a tu familia.  […] Entiendo las cosas a partir del contexto y no juzgo a nadie.  Recuerdo que cuando le llevé mi tesis… a [señora x], ella me corrió de su casa al leer el nombre de [la pareja de tu padre] entre las mujeres guerrilleras que me habían inspirado. Para ella eran unos traidores y sin embargo a ti nunca te dijo nada de eso.  Es curioso cómo cierta gente se quedó en medio, jugando con dobles discursos.  Para mí eso es imposible y preferí asumir la posición más incómoda, que era a su vez la única que me ponía en paz conmigo misma. [Tercera persona] cree que actué incorrectamente, pero jamás nunca habría podido traicionar mi propia honestidad intelectual.
Finalmente, el punto que me parece más espinoso es el de la confianza. ¿Sientes que me hice tu amiga sólo para utilizarte, para obtener algo que me habría sido tan fácil obtener por otros medios? La sola idea me parece odiosa e injusto el hecho de que en verdad creas eso. Siempre agradeceré que me hayas puesto en contacto con […], que me hayas autorizado a ver el expediente de […] y no se diga que me hayas presentado a tus familiares. Por respeto a ellos ni siquiera los menciono en la tesis. Por lo que hace al contacto con [fuente], lo pude haber obtenido a través de [otras personas], y la información sobre [tus familiares] a través de la ley de acceso a la información. En lo que sí cometí un craso error fue en haber citado una conversación informal entre nosotros como entrevista. Te pido una enorme disculpa y procederé a borrar esa información de inmediato.  Lo que jamás admitiré es que sostengas que me “infiltré” en tu círculo para sacarte información o que yo haya manipulado algo de lo que me hayas dicho en privado. No puedo creer que tengo que escribir esto, pero si he de defenderme en un juicio al que no se me ha dado derecho de réplica, es lo que puedo afirmar con profunda convicción.
En los últimos ocho años he recibido toda suerte de hostigamiento por parte del gobierno y de gente que dice defender los derechos humanos, aunque en realidad vivan para lucrar con el dolor de las víctimas. El único “delito” que admito es buscar la verdad y la justicia a toda costa, asumiendo el costo político y personal de mis hallazgos. Por otra parte, recuerdo que tú me dijiste muy al principio que te causaba escozor mi idea del “compromiso”. Me arrepiento un poco de no haberte hecho caso. No aprendí a tomar distancia y me aferré a que era posible combinar la lucha por la verdad histórica con las necesidades afectivas de las víctimas. Muchos años y golpes después he aprendido que eso no es imposible pero tampoco ocurre muy seguido. Muchas víctimas se seguirán aferrando a verdades terapéuticas, sólo algunas pocas querrán saber una verdad sin tapujos.
He perdido tu amistad y lo lamento hondo, hondo. Sin embargo, mi conciencia se siente muy en paz con [los muertos]…  He aprendido también lo valioso que es el don de la discreción, por lo que no hablaré en lo absoluto de nuestro distanciamiento.  Lo único que te pediría es que si tienes algo más qué reclamarme sea de frente. La espalda me duele demasiado. Cerrar esta etapa implica también mi salida de [nuestra asociación civil]. Estoy cansada de no poder construir nada en colectivo y de detenerme siempre a aclarar rumores y a lidiar con locuras ajenas...  Eso sí, no renunciaré jamás a seguir buscando la verdad y la justicia.
Adela





-->