miércoles, 17 de septiembre de 2008

Convocatoria de Calibre 68 II


CONVOCA a todos los escritores, poetas e interesados en conmemorar el 40 aniversario de los acontecimientos del 2 de Octubre de 1968 en Tlatelolco, a participar escribiendo un texto alusivo al tema. La composición –epigrama, poema, etc– deberá contener 40 palabras y se entregará hasta el día 25 de septiembre como fecha límite. Las textos recibidos se integrarán como textos de sala de la exposición programada el día 3 de Octubre de 2008 en la Galería de Radio UNAM.
Para recepción de trabajos y para mayor información escribir a la siguiente dirección de correo: klibre68@gmail.com

lunes, 15 de septiembre de 2008

Convocatoria de Calibre 68


CALIBRE 68: convocatoria
CONVOCA a todos los artistas plásticos, escultores, graffiteros, grabadores y a todos aquellos interesados a realizar una obra alusiva al 40 aniversario de los acontecimientos del 2 de Octubre de 1968 en Tlatelolco. Las obras son libres de técnica, ya sea cartel, escultura, graffitti, pintura, etc. y serán expuestas en el mural colectivo ubicado en la siguiente dirección: http://www.flickr.com/groups/calibre68 * para su posterior exhibición el día 3 de octubre en la galería de Radio UNAM, como parte de las actividades que esta institución desarrolla en torno a esta fecha.**Esta convocatoria queda abierta a partir de la fecha de su publicación y quedará cerrada el día 20 de septiembre del año en curso. Para más información escribir al siguiente e-mail: klibre68@gmail.com* En caso de contar el participante con una cuenta Flickr podrá subir sus imágenes por sí mismo o bien, enviarlas a la dirección de correo mencionada.** Las piezas serán solicitadas en formato digital para su exhibición en galería, tamaño tabloide en alta resolución (300dpi) para fotografía y carteles deberán ser en los tamaños 40 cms x 60 cms a la misma resolución. En caso de desear el participante exhibir una pieza en particular, una pintura en físico, deberá apegarse a los lineamientos citados.

Cuarenta años desapareciendo gente

El próximo aniversario del movimiento estudiantil de 1968 y su sangriento desenlace nos obliga a recordar que el Estado mexicano cumple también cuarenta años de haber instrumentado uno de los delitos más complejos de los que se tenga conocimiento, el cual ha sido bautizado por el derecho internacional humanitario con el confuso y nada expresivo término de "desaparición forzada de personas" (¡como si una desaparición pudiese ser voluntaria!). Este crimen, propio de los regímenes que ejercen el terror estatal, vulnera todos y cada uno de los derechos de la víctima y por lo general se acompaña de otros delitos no menores, como la tortura y la ejecución extrajudicial. En otras palabras, es la manera más radical en la que se puede destruir a un ser humano, pues no sólo se le despoja de su derecho a vivir, sino también a morir, ya que cancela la posibilidad de la sepultura, que es uno de los rituales sagrados más importantes que han compartido todas las civilizaciones desde la antigüedad.

En México existen más de mil detenidos-desaparecidos por razones políticas y quizá no menos de ocho mil a causa de la guerra contra el narcotráfico. En este universo de casos, el común denominador es que todos los ciudadanos, inocentes o no, en lugar de ser sometidos al proceso penal correspondiente, han sido detenidos por agentes de alguna corporación policiaca o militar y hasta la fecha se ignora su paradero. Aunque los famosos "levantados" no entran en esta categoría, sino en la de privación ilegal de la libertad en la modalidad de plagio o secuestro (que es un delito cometido únicamente por particulares), el hecho de que el Estado no promueva la apertura y el desarrollo de averiguaciones previas -tratándose de delitos federales, que se persiguen de oficio- condena al desamparo jurídico a los ofendidos.

En este país, la desaparición forzada ha sido el crimen de Estado por antonomasia: no deja huellas ni testigos, está envuelta en un marasmo jurídico que favorece la impunidad y toda denuncia cae en un hoyo negro de irresponsabilidad institucional. Como política de Estado, ha resultado una forma tan infalible de deshacerse de los "enemigos internos" que se ha aplicado con singular recurrencia. Me atrevería a afirmar incluso que, en toda Iberoamérica, sólo en Colombia y México se ejerce la desaparición forzada, tanto por motivos políticos como por los asociados al narco. Por si fuera poco, a diferencia de lo ocurrido en países como Argentina y Chile, en los que hubo una reivindicación institucional y social del problema, los desaparecidos mexicanos y sus familias han sido objeto de una doble victimización: a través de la denegación total de justicia, por parte del Estado, y con un silencio impenetrable, de parte de la sociedad. La ecuación perfecta para abrir camino a la infamia.

Como lo han descrito los escasos especialistas en el tema, los efectos de la desaparición son expansivos. Se afecta no sólo a la víctima sino a todo su entorno, a manera de círculos concéntricos. La incertidumbre y el terror generados dentro de las redes sociales del desaparecido no tienen parangón. Aunque no cabe hablar sólo de efectos disuasivos, éstos resultan los más comunes para inhibir la participación ciudadana en los movimientos sociales. Cualquier luchador social ajeno por completo a la clase política, vive con el miedo permanente de ser detenido, torturado, asesinado o desaparecido.

Las primeras desapariciones forzadas se llevaron a cabo en el contexto de los movimientos campesino y estudiantil. Los registros más actualizados sobre los desaparecidos arrancan con el campesino Santiago García, oriundo de San Jerónimo de Juárez, Gro., miembro de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, detenido el primero de mayo de 1968. Desafortunadamente no se conocen muchos casos específicos pertenecientes a ese año, pero el conjunto de pruebas reunidas conduce a sostener, con muy pocas dudas de por medio, que en 1968 la desaparición forzada se convirtió en la política de Estado que definiría el carácter de la llamada "guerra sucia".

Tengo la suerte de pertenecer a una generación de jóvenes interesados en el rescate de la memoria de dicha guerra. En un día como hoy (en el que se conmemora el inicio de la gesta independentista de los insurgentes del siglo XIX), ratifico la sensación de que, el estudio del exterminio de los insurgentes de la segunda mitad del siglo XX, ha diluido por completo mis resabios nacionalistas. Me siento realmente avergonzada de vivir en un lugar en el que mientras más grande es la atrocidad, mayor es el silencio y la complicidad social que concita. ¿Qué tiene que ver este recién descubierto país con lo que se me enseñó desde la primaria hasta la licenciatura en Historia?

Cuando me adentré en el estudio del movimiento armado socialista, consideraba que aquellas cifras abstractas de desaparecidos no pasaban de ser indicadores de la descomposición del sistema político mexicano. No tenía la menor idea de la tragedia colectiva que envuelve a las miles de familias que han sido víctimas de esta forma de tortura continuada, como tampoco la tienen el grueso de mis compatriotas, envueltos como están en dinámicas de evasión que les permitan escapar ilusoriamente de la grotesca realidad nacional.
Adolescentes y jóvenes torturados hasta lo imposible, bebés quemados con picana, niñas violadas, campesinos y guerrilleros tirados al mar desde aviones, a lo largo de ¿diez? ¿quince? ¿veinte años? ¿Dónde? ¿Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Venezuela, Brasil, Perú, Colombia, Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay? Sí, seguramente, pero ¿por qué en los recuentos no empezamos, en estricto orden geográfico, por México? Aquí no hubo menos desaparecidos que en Chile durante la era pinochetista, con la diferencia de que el nuestro era un régimen "democrático", había elecciones y hasta un multipartidismo disimulado.... ¿Por qué entonces el Estado mexicano ha procedido como un vulgar Estado totalitario, matando y desapareciendo a luchadores sociales? Tenemos dos posibles respuestas a esta interrogante: o los desaparecidos no existen, como lo proclama el gobierno actual a los cuatro vientos, o la democracia no existe, puesto que no es posible una democracia con ciudadanos desaparecidos.
Sabedora de que vivimos inmersos en la locura del solipsismo mediático (si no pasa por televisión ergo no existe), lamento no tener más pruebas fehacientes de la existencia de los desaparecidos que las memorias y el dolor infinito y desgarrador de sus madres, esposas, hijos y amigos. En los sesenta y setenta, cuando cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, fueron detenidos-desaparecidos, el gobierno se propuso que no quedara nada de ellos: sustrajo sus fotos, sus documentos oficiales, sus propiedades y ¡todo! lo que pudiera dar cuenta de su existencia. Poco, casi nada se ha logrado rescatar. En algunos casos ni siquiera el nombre...

Adicionalmente, a diferencia de otros lugares en los que se han puesto en marcha políticas de "justicia transicional", en México nadie habla de los desaparecidos más allá de los pequeñísimos círculos de organizaciones de familiares y exguerrilleros, que tan bien se conocen los rostros. Hasta ahora el gobierno ha triunfado: los desaparecidos han sido también sustraídos de la memoria colectiva. Creo que por eso me empecino en recordarlos todos los días. Tengo un avión Aravá a escala en la sala de mi casa, para no olvidar ni por un instante qué clase de país es este. Y cuando lo miro, no puedo evitar preguntarme: ¿quiénes? ¿cuántos? ¿por qué? Ojalá sólo fuera una cuestión de horror moral ante la barbarie, o el desmoronamiento de mi convicción de compartir una identidad nacional con una comunidad imaginaria, pero es algo tan grande que no lo puedo describir. Lo sentí desde la primera vez que, en busca de datos biográficos sobre un guerrillero, toqué a la puerta de una casa y, al explicar a la atribulada madre mi objetivo, me preguntó con la voz entrecortada: "¿tú sabes dónde está mi hijo?". Esta pregunta, repetida durante décadas por miles de voces a lo largo de América Latina, me impulsa poderosamente a buscar una respuesta.
Por otro lado, pienso conectivamente en todos los miles de "desechos humanos" que año con año van a dar a las fosas comunes, sin que nadie se tome la molestia de averiguar su procedencia. En contraste, treinta o cuarenta años después, los familiares, amigos y vecinos de los desaparecidos siguen interrogándose por su paradero. Puedo certificar que los desaparecidos fueron y siguen siendo personas muy, muy amadas, y que los suyos no han renunciado a encontrarlos. Su sentido de dignidad es una lección que no debiera pasar inadvertida a los predicadores del nihilismo. Donde la gente es capaz de amar de esa manera, puede florecer la esperanza.

A la fecha, sigo sin encontrar a los desaparecidos, pero el tamaño de la incertidumbre me ha hecho perder toda inocencia o ingenuidad acerca de la naturaleza de los sistemas políticos, ya sean autoritarios o pretendidamente democráticos. Un Estado cualquiera arrasará con todo aquello que interfiera en la consecución de fines unilateralmente establecidos.
En lo personal, en el sacrificio de toda una generación que dio su vida para cambiar el mundo, y en la lucha tenaz de las víctimas contra el terror institucionalizado, he encontrado razones de peso para restituir mi confianza en el género humano, tan resquebrajada por la abundancia de "individuos" como Luis Echeverría, Mario Moya, Fernando Gutiérrez Barrios, Luis de la Barreda, Miguel Nazar, Hermenegildo Cuenca, Francisco Quirós Hermosillo, Mario Acosta Chaparro, similares y conexos, en México y el mundo. No importa cuánto nos puedan sorprender con sus innovaciones en la tecnología del exterminio, mientras haya hombres y mujeres dispuestos a resistir la cotidianidad de la barbarie.

Considero que reivindicar la memoria de la "guerra sucia" en general y la de los desaparecidos en particular no es un mero ejercicio nostálgico u ocioso, es en última instancia un problema de definición existencial que nos permite responder a las preguntas: ¿qué hemos sido? ¿cómo queremos ser? Tengo la profundísima convicción de que los desaparecidos y los asesinados por razones políticas le hicieron falta no sólo a sus padres, esposos e hijos, nos hicieron mucha, mucha falta a todos para construir un mejor país. O por lo menos, uno en el que haya igualdad de oportunidades para todos, la rapiña de las elites sea sujeta a regulación social, el Estado no renuncie a patrocinar el bienestar común, el narcotráfico no sea simultáneamente promovido y combatido por las instituciones y los políticos, policías y militares que cometieron crímenes contra la humanidad no se paseen impunemente por México y el mundo, recibiendo condecoraciones y reconocimientos a su trayectoria. Creo que con eso me conformaría. Claro, también con que no tuviéramos que volver a poner a un ciudadano en un censo o estadística sobre desaparecidos, ni a llevar recuentos macabros sobre las décadas en que hemos permitido que se vulnere flagrantemente la dignidad humana.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

martes, 9 de septiembre de 2008

"Guerras sucias" de ayer y hoy

Andrés Rivera, en su novela El farmer, ponía en boca de Juan Manuel de Rosas una frase que cobraría gran celebridad: “Demoré una vida en reconocer la más simple y pura de las verdades patrióticas: quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los argentinos”. Uno se siente tentado a pensar que ocurre lo mismo en el suelo propio pero, en el caso de México, cuya historia está atravesada por incontables revueltas, rebeliones, insurrecciones y revoluciones, a las que se adiciona un mosaico monumental de movimientos sociales, los gobernantes pueden contar no con la cobardía, sino con la desmemoria incondicional de los mexicanos.
El ciudadano promedio, las organizaciones de la sociedad civil, la izquierda toda, han perdido casi por completo los referentes históricos de la actuación de sus antepasados en épocas de crisis, cambio o guerra. La cultura de la memoria (aun la de aquellos soporíferos héroes de bronce escindidos de su verdadera dimensión histórica) ha sido arrollada por una cultura mediática basada en acontecimientos efímeros, discursos desechables y preocupaciones instantáneas. Ahora más que nunca, lo único permanente es el cambio.
Quienes nos obstinamos a asumir la ruptura epistemológica de la posmodernidad como algo dado e inevitalbe, nos empeñamos en cargar las piedras de Sísifo hasta el pináculo de la memoria colectiva, convencidos (más por romanticismo que por sustento empírico) de que algún día éstas serán tantas que llegarán al mismo nivel de la cima.
En mi caso, las piedras que he decidido cargar son las de la memoria de una etapa de la historia de México conocida como la "guerra sucia". A diferencia de otros países que vivieron transiciones democráticas, en México el fin de la dictadura de partido no implicó la construcción de una política para recuperar la historia y la memoria de décadas ensangrentadas por la feroz represión contra los opositores políticos, mucho menos para castigar a los criminales de lesa humanidad. Por el contrario, hubo una simulación de grandes proporciones denominada Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP), cuya finalidad exclusiva era aparentar ante organismos internacionales de Derechos Humanos que el gobierno de cuño panista cumpliría compromismos en materia de justicia transicional.
El simulacro resultaba demasiado costoso para el gobierno, así que la FEMOSPP fue cerrada sin resolver uno solo de los más de mil casos que fueron denunciados. Centenares de averiguaciones previas duermen hoy en inactividad procesal en una oficina gris de la Procuraduría General de la República (la desconocida Coordinación de Investigación General) . Las expectativas de justicia de las víctimas de la guerra fueron burladas de nueva cuenta, como lo han sido tantas otras veces a lo largo de cuarenta años.
Quien se adentre a conocer a fondo las desventuras de los familiares de los miles de ciudadanos torturados, asesinados y desaparecidos a lo largo de esas cuatro décadas infames, conocerá íntimamente al monstruo de perversión judicial que habita en las entrañas de las instituciones de procuración de justicia de la república.
No es nada nuevo, el terror selectivo ha sido inherente a la conformación del sistema político mexicano. Bien lo saben las comunidades indígenas y campesinas en resistencia y las organizaciones de la izquierda independiente. Estos sectores -invisibilizados sempiternamente por académicos, periodistas y analistas obcecados, que enfocan su estrecha mirada en la brillante cúpula del sistema político-, no viven en el México del pluripartidismo, la democracia, el imperio de la ley, la transparencia de las instituciones o entelequias similares. No, el país que habitan es uno en que la ley es letra muerta, las garantías individuales no existen, hay un estado de excepción en el que basta la sospecha o la acusación de "subversión" para que el ejército proceda a actuar como si fuera una fuerza de ocupación interna, dispuesta a poner en práctica los manuales de la GBI (las cañadas de la Lacandonia en Chiapas, la región de los Loxichas en Oaxaca, la sierra de Zongolica, Veracruz, la sierra de Atoyac y la región de La Montaña, en Guerrero, son los mejores ejemplos al respecto).
En este México sumergido se producen secuestros, ejecuciones, desapariciones, violaciones y torturas con pasmosa regularidad. Hablo de lo que atañe a la lucha contra la izquierda y los movimientos sociales radicales, la guerra del narco (léase del narco-Estado contra cárteles rivales), es aun mucho peor. Va más allá de la impunidad rutinaria o el desamparo ante la ley, al que estamos tan acostumbrados los mexicanos. El problema de fondo es que, tras el avasallante despliegue militar para combatir al narcotráfico y la insurgencia armada, se oculta la inmensa debilidad del Estado, su pérdida de control sobre vastos territorios y la desciudadanización de grandes sectores de la población, que ya no están dispuestos a jugar las reglas del juego. Mientras las elites consolidan su poder económico y político, los cimientos de la nación se desbaratan, el mítico pacto social se disuelve y, quienes conservan su ciudadanía, o bien ignoran sus derechos y obligaciones, o los ejercen tenuemente.
Este complejo panorama puede rebasar el entendimiento, más, al estudiar la "guerra sucia", se pueden advertir nítidamente las líneas de continuidad entre la contrainsurgencia de las décadas de los sesenta y setenta y la guerra de baja intensidad de los noventa y presente, así como las estrechas conexiones entre el sector contrainsurgente del ejército y el servicio secreto (antigua DFS, hoy CISEN) y la expansión de las redes del narcotráfico.
En la historia nada es espontáneo. La actual agonía de la izquierda no sólo es producto de la orfandad ideológica que trajo consigo la caída del bloque soviético, o de la carencia de una sólida plataforma político-ideológica por parte de los partidos que se ostentan como de izquierda. Se debe tomar en cuenta, como algo no menor, el exterminio de los dirigentes izquierdistas durante la "guerra sucia", así como su asesinato recurrente en décadas posteriores. Cientos de cuadros de primer nivel han sido suprimidos en medio de un silencio estridente y de una asfixiante impunidad. Muchos de ellos fueron arrojados al mar desde los mismos famosos aviones Aravá que usaba el sector contrainsurgente del ejército para transportar droga.
Hoy una parte de la sociedad desarraigada vive del crimen organizado, la otra vive aterrada por él. ¿Será importante recordar que los primeros expertos en el oficio del secuestro fueron los agentes de la DFS? Un estudio sobre las bandas de secuestradores que han asolado al país mostraría contundentemente que la mayoría ha sido patrocinada, entrenada o alimentada por expolicías o exmilitares (o incluso, personal en activo). Miguel Nazar Haro, el célebre torturador y genocida de la "guerra sucia", tendría mucho que explicar al respecto, aunque ahora dirija empresas de seguridad privada.
Del mismo modo, el narcotráfico, como negocio a gran escala, es hijo de esas beneméritas corporaciones policiacas y militares. ¿Es normal acaso que los encargados de proteger a la sociedad se hayan convertido en sus peores enemigos?
Aquí es donde las voces sumergidas del México subterráneo tienen mucho que decirnos. Que nadie sea llamado a sorpresa: el Estado mexicano tortura, mata y desaparece impunemente, esas prácticas han sido inherentes a su funcionamiento. El problema es que, lo que antes sólo se hacía contra opositores bien focalizados, ahora se hace contra las bases sociales del narcotráfico, que se encuetran a lo largo y ancho de la república. No me pregunten por qué el Estado que por décadas procreó y solapó el sucio negocio del tráfico de estupefacientes y lo dejó crecer hasta adquirir proporciones titánicas ahora libra una guerra contra el narco, aunque se me ocurre que las corporaciones policiacas y militares trabajan para distintos cárteles y eso dificulta que haya un mando unificado que las obligue a luchar por un objetivo común.... Pero si es verdad que se está diluyendo la autoridad del Estado sobre sus propios instrumentos coercitivos, ¿qué falta ya para proclamar que hemos regresado al "estado natural" que setenciaban los jusnaturalistas?
Anteponiendo la espectacularidad a la eficacia, mes con mes se captura a algunos líderes mafiosos, pero la cifra de decapitados, "levantados" y asesinados crece exponencialmente. Nada que pueda preocupar a los verdaderos dueños del negocio: por cortesía del modelo neoliberal, pueden garantizar que miles de mexicanos seguirán ingresando a las filas del narcotráfico, el hampa y la economía informal. En un país sin empleo, ha quedado plenamente demostrado que las formas ilegales de ganarse la vida son más rentables, aunque menos seguras.
Tras varios años de estudiar la "guerra sucia" del pasado, pude configurar una visión de la historia contemporánea de México desde las cloacas del régimen. No tengo palabras para describir el horror y la decepción a que me condujeron mis hallazgos. No creí que en mi contexto actual viviría para ser testigo de una guerra más pública, más sangrienta y de costos sociales más elevados, ni pensé que la estulticia de los gobernantes llegara a reproducir las fórmulas caducas de antaño, como buscar salidas de fuerza a los problemas sociales. No debería sorprenderme. El Estado mexicano hace lo que por tradición sabe: tortura, mata, desaparece. La sociedad mexicana acude también al mismo procedimiento: calla, voltea la mirada, se encierra en si misma, se niega a recordar, se queja sin actuar o se deja manipular por fuerzas "oscuras" que piden más mano dura. Sé que esta historia recurrente no tendrá un final feliz, pero nadie puede predecir hasta qué nivel de degradación institucional y desgarramiento social debamos llegar para abandonar la inercia y la pasividad. Mientras, nuestros gobernantes podrán seguir contando con la amnesia incondicional de los mexicanos.

lunes, 25 de agosto de 2008

INVITACIÓN A LEER EL NÚMERO ESPECIAL DE LA REVISTA "LUGARES COMUNES" SOBRE EL AÑO 1968

Lugares Comunes nº 5 "1968"
agosto-octubre 2008
http://www.lugarescomunes.com.mx/
Sin poder explicar muy bien por qué, frecuentemente seguimos una tradición que conmemora aniversarios cada lustro, década, siglo, milenio o cada vez que uno o varios ceros segundan un dígito cualquiera. Así tenemos bodas de plata, de oro, cambios de era cristianos, muertes, Y2K, números redondos que empleamos para diseñar logotipos impresos en llaveros o playeras, casi siempre regalados en la fiesta de celebración de la empresa que cumple años; nadie festeja con el mismo ahínco el catorceavo aniversario como festeja el número veinte. Lugares Comunes en esta ocasión se ha sumado a esa tendencia y, junto con otras publicaciones y eventos culturales, presenta este número dedicado al renombrado 1968, a cuarenta años de su acaecimiento.
Son varias las generaciones que nos inscribimos en éste que podemos llamar fenómeno histórico-social, un año en muchos sentidos parteaguas de los países donde se dieron los sucesos por los que recordamos la fecha y, en general, del mundo. Para el número que ahora presentamos, hemos procurado congregar gente de distintas edades que hablen del tema desde sus muy particulares vivencias y visiones, desde los que pasaron en nuestro país el año dentro de la "militancia", hasta los que hoy en día se dedican al estudio de este fenómeno como objeto de estudio dentro de la academia. Tenemos acaso una carencia en la cobertura del tema con respecto a otras naciones protagonistas del año, como lo son Francia y Checoslovaquia/República Checa, pero en el caso mexicano, podemos decir que hemos conseguido, gracias a todos nuestros colaboradores, abarcar un pluralidad de vértices tal que significamos el 68 de manera satisfactoriamente compleja.
Como "hijos del 68" (¿nietos, acaso?), la pregunta central que ha surgido en la elaboración de este número, como les ocurrirá a muchos otros que vivieron la noche de Tlatelolco o la represión estatal que a continuación se sufrió en Latinoamérica, es la que interroga por los efectos beneficios y/o contraproducentes que nos hereda este encuadrado año. Los setenta fueron sin duda una década de conflictos y vejaciones sumamente lacerantes para la población mundial de los que hoy en día aún nos vamos quejando y doliendo militantemente, con los subsiguientes ochenta donde una decadencia cultural explota desde los Estados Unidos para ser exportada a los demás países, como el nuestro, donde sin mucho conflicto fueron compradas esas formas recalcitrantes de la sociedad, lo cual culmina con la caída de un muro que en el ambiente no dejó más que incertidumbre, apatía y desazón; no es que la URSS fuese una esperanza de vida para nadie o un otro incuestionable al cual asirse, pero la bipolaridad mundial, por más aniquilación que generase, significaba la existencia de un contrapeso que restaba más o menos equitativamente de los dos lados, después sólo quedó MTV. Nuestra generación vivió unos desolados noventa, donde las cosas, por más que en México se hayan dado fenómenos sumamente trascendentales que nos permitieron una asociación e identidad fundamentales, tal cual la manifestación pública del neozapatismo, sin contar por supuesto con todos los demás fenómenos del resto mundial, se digerían gracias al gas de un refresco que, decían, también servía para limpiar las máquinas de los caminos DINA. Nuestra generación, que creció con el 68 como una forma de vida y un emblema a colgarse en el cuello, junto con Cuba, el Ché y Marcos, tuvo que responder a los dogmatismos que nos privaban de críticas necesarias para el crecimiento de una forma políticosocial (la izquierda) y, en ciertos casos, a romper con nuestros padres para poder resignificarnos dentro de nuestra política. Hoy en día, 1968 queda como un año inconcluso en el mundo, un año al que le faltaron días y, en otros casos, al que le sobraron anécdotas.
Queremos dedicar este número a todos los que vivieron y viven una historia sin final, a los muertos y a los dolidos, a los que crecimos de ahí, a los que volvemos a esa fecha como reconstrucción de una memoria y, en otros casos, como objeto de una historia. Queremos también quejarnos de los que han abusado del recuerdo, de esos que, como en otros casos anteriores y posteriores al 68, se han beneficiado en distintos rubros a partir de la venta de su persona como víctimas. Con el trabajo que ahora presentamos no podremos concluir la reflexión, no podremos hacer una ponderación de lo que en el presente significa 1968; sin duda somos una población que vive en su cotidianidad formas sociales que esa fecha inauguró, permisos de ser que antes de entonces no teníamos en el país y que hoy en día nos son invisibles en tanto que corrientes y vitales, al mismo tiempo que muchos de los proyectos que en ese año motivaron la lucha están aún en el tintero de la utopía social, en aquella fecha sobre todo estudiantil, hoy en día, de manera lamentable y frecuente, burocrática. Retomamos el 68, un pretexto más para retomarnos a nosotros mismos.
(...) Lugares Comunes
-- http://www.lugarescomunes.com.mx/

viernes, 22 de agosto de 2008

Boletín de prensa de la Jornada Cultural en Memoria de los Desaparecidos Mexicanos

A LOS EDITORES Y REPORTEROS DE LA FUENTE POLÍTICA Y CULTURAL:
La Asociación Civil "Nacidos en la tempestad" les hace una cordial invitación para asistir al desayuno/conferencia de prensa, para dar a conocer los detalles de la "Jornada cultural en memoria de los detenidos-desaparecidos políticos de México", que en el marco del Día Internacional del detenido-desaparecido (30 de agosto), une esfuerzos con artistas, cineastas, escritores y ex militantes del movimiento guerrillero en México para recuperar la memoria histórica del país a través de los testimonios de sus protagonistas.
La Jornada se llevará a cabo del jueves 28 al domingo 31 de agosto del año en curso en el Foro Quetzalcóatl de la Delegación Xochimilco con actividades como mesas redondas con reconocidos intelectuales y analistas políticos (Carlos Monsiváis, Carlos Montemayor, Fritz Glockner, entre otros), presentaciones de libros sobre el rescate de la memoria de los movimientos armados en el México contemporáneo, y proyección de documentales sobre historias personales de la guerrilla en México. También será estrenado el documental "Nacidos en la tempestad" donde algunos hijos de guerrilleros relatan su propia historia en el contexto de la guerra sucia en México. La Jornada será clausurada con un concierto de rock masivo.
Para más detalles del evento y entrevistas con organizadores, los esperamos el próximo martes 26 de agosto a las 10:30 de la mañana en la Universidad de la Ciudad de México, plantel del Valle, ubicada en San Lorenzo 290, muy cerca del metro Zapata.
Contacto de prensa: Lic. Cristina Tamariz, Cel. 044 55 32 77 31 79.

Segundo Encuentro de "Nacidos en la Tempestad"

Segundo Encuentro Nacional de Hijas e Hijos de Víctimas de la guerra sucia


CONVOCATORIA
En las décadas de los 60, 70 y parte de los 80 del siglo XX, un grupo de jóvenes emprendió una lucha armada encaminada a cambiar la realidad económica, política y social del país. Convencidos de que no había medio humano posible para lograr que el gobierno entablara un diálogo honesto y abierto con los sectores inconformes de la sociedad, estos jóvenes optaron por el único camino que les dejaba el régimen: la autodefensa. Con anterioridad, movimientos como el ferrocarrilero, el magisterial, el médico, el estudiantil y el campesino habían intentado promover cambios por la vía legal y pacífica, pero todos y cada uno de ellos se enfrentó a una represión desmesurada, que no respetaba la integridad ni la vida de quienes pretendían ejercer su derecho a disentir. Así es como, a lo largo y ancho de la república, miles de ciudadanos llegaron a la conclusión de que con el gobierno sólo era posible comunicarse con un lenguaje: el de la violencia.
El combate que el régimen emprendió contra estos luchadores sociales estuvo caracterizado por el ejercicio sistemático de la barbarie: miles de mexicanos fueron torturados, ejecutados sin juicio alguno o detenidos-desaparecidos. Con ello, las fuerzas represivas (cuerpos policíacos y militares) dejaron una estela de dolor, ausencia e impotencia entre los familiares de estos revolucionarios.
Hoy, pese al fomento a la impunidad que caracteriza al sistema jurídico mexicano, muchos familiares de aquellos que se atrevieron a pelear contra un régimen caduco, mantienen su demanda de justicia, esclarecimiento de la verdad, reparación integral del daño, castigo a los culpables y, sobre todo, la presentación de los desaparecidos. Es preciso insistir: no es posible una democracia con ciudadanos secuestrados por el Estado.

A partir de este sentido reclamo, en el 2005 surgió el colectivo “Nacidos en la Tempestad”, conformado por los hijos de aquellos que ofrendaron su valor, su dolor y su vida para conseguir un México más justo, humano e igualitario. Una de sus misiones es generar conciencia de que, sin el sacrificio desinteresado de toda una generación de revolucionarios, no sería posible siquiera el mínimo respiro de libertad política del que gozamos.

En el marco de sus actividades, la actual Asociación Civil “Nacidos en la Tempestad”, realizará la Primera Jornada Cultural en Memoria de los Detenidos-Desaparecidos políticos de México, del 28 al 31 de agosto de 2008, en el Foro Quetzalcóatl, de la Delegación Xochimilco. La jornada incluirá conferencias, mesas redondas, presentaciones de libros y proyecciones de películas y documentales con presencia de sus realizadores.

Uno de los eventos principales será el Segundo Encuentro Nacional de hijos e hijas de víctimas de la guerra sucia, que se articulará en torno a tres mesas: 1) Testimonios, 2) Memoria y 3) Justicia.
Se extiende la convocatoria bajo las siguientes bases:

1.- Podrán participar como ponentes todos los hijos de los revolucionarios detenidos-desaparecidos, ejecutados extrajudicialmente, torturados, encarcelados o perseguidos durante la llamada “Guerra Sucia”.
2.- El registro de los participantes estará abierto a partir del 1º de julio y hasta el 29 de agosto, en los teléfonos: Área Metropolitana: (01 55) 56 61 76 89, 56 60 34 53, 55 48 17 64 o a los celulares (045 55) 18 18 84 95, 25 60 19 96, 34 18 86 98. Puebla: Celular (045 22 ) 22 60 06 69. Guadalajara: (01 33) 36 75 26 83. Guerrero: (01 744) 45 10 242. Por correo electrónico se podrán inscribir en la dirección: nacidosenlatempestad@yahoo.com.mx, anotando su nombre, el estado de la república de donde provienen, su teléfono y el nombre(s) de su(s) progenitor(es).
3.- En el caso de aquellos participantes que no cuenten con recursos para su traslado, alimentación y hospedaje, deberán contactar al comité organizador, para que les ayude a solventar sus gastos.
4.- El público y la prensa tendrán libre acceso al evento.
Se aclara que este encuentro no tiene fines de lucro y no es promovido por ningún partido político.

Atte.
El Comité Organizador

Invitación a la Jornada Cultural en Memoria de los Detenidos-Desaparecidos Mexicanos

La Asociación Civil "Nacidos en la Tempestad" librará esta importante batalla por la memoria. Esperamos contar con su asistencia o, al menos, con su entusiasta difusión. ______________________________________________________________________________________
Jornada Cultural en Memoria de los Detenidos-Desaparecidos en México, del 28 al 31 de agosto de 2008
Foro Quetzalcóatl, Delegación Xochimilco, México DF.

La Asociación Civil "Nacidos en la Tempestad" se suma al esfuerzo de las organizaciones que, en el marco del día internacional del detenido-desaparecido (30 de agosto), realizarán acciones conmemorativas, simbólicas y de rescate de la memoria de los cientos de miles de ciudadanos que han sido detenidos, desaparecidos y asesinados por los distintos gobiernos represores en todo el mundo.
En México, durante la década de los sesenta, setenta y parte de los ochenta, muchos luchadores sociales dieron su vida por combatir a un Estado autoritario y represor, impulsando la creación de diferentes organizaciones civiles, campesinas, obreras, estudiantiles y guerrilleras, en pro de un país más justo y democrático. Actualmente existen más de mil trescientos detenidos-desaparecidos y más de cuatrocientos presos por razones políticas, así como un número indeterminado de asesinados por los mismos motivos. Son precisamente los gobiernos represores, grupos de poder, autoridades policiacas y militares y medios de comunicación al servicio del Estado quienes niegan, ocultan e impiden el castigo a los responsables de la violencia, torturas, desapariciones, asesinatos y persecución, porque finalmente son ellos mismos quienes los han cometido o solapado por décadas.
A raíz de la llegada de gobiernos democráticos en algunos países de Latinoamérica, se ha avanzado en los procesos judiciales para castigar a los culpables de crímenes de lesa humanidad cometidos durante las dictaduras militares, como en el caso de Argentina y Chile, por citar solo algunos, no así en México, donde las víctimas están muy lejos de probar el sabor de la justicia. Por consiguiente, enfatizamos que los llamados "delitos del pasado" (en realidad, delitos continuados y replicados en el presente) siguen impunes y sólo su esclarecimiento permitirá sanear las instituciones políticas y jurídicas de la república.
En ese tenor, "Nacidos en la Tempestad" y las organizaciones hermanas: el Comité 68 Pro-Libertades Democráticas, AFADEM-FEDEFAM, la Fundación Diego Lucero, el Foro Permanente por la Comisión de la Verdad, el Comité de Madres de Desaparecidos Políticos de Chihuahua, el Comité Eureka-Jalisco y el Centro de Investigaciones Históricas de los Movimientos Sociales A. C., hemos preparado una Jornada Cultural en Memoria de los Detenidos-Desaparecidos en México, para recordar que desde hace cuarenta años el Estado mexicano instrumenta el terror contra los opositores políticos, que nuestra democracia está cimentada en un charco de sangre y que no renunciamos a que se haga justicia a las víctimas, especialmente a aquellas cuyo paradero permanece como un secreto de Estado.
La Jornada Cultural se efectuará del 28 al 31 de agosto en el Foro Quetzalcóatl (oficinas centrales de la Delegación Xochimilco, Av. Guadalupe I. Ramírez s/n,), con el siguiente programa:
Jueves 28 de agosto
10:00 - 13:00 Inauguración de la Jornada. Palabras de Diego Lucero a nombre de "Nacidos en la Tempestad".
- Mesa redonda: "Pasado y Presente de la Guerra Sucia en México" con Carlos Monsiváis, Fritz Glockner, Marco Rascón y Alejandro Jíménez Martín del Campo
- Inauguración de la exposición fotográfica "Guerrilleros/Desaparecidos".
16:00 Presentación del libro "Carmelo Cortés y la guerrilla en Guerrero" de Agustín Evangelista.
-Presentación del libro "Memoria roja" de Fritz Glockner.
18:00 Presentación del documental "La guerrilla y la esperanza" de Gerardo Tort.
Viernes 29 de agosto
10:00 Mesa redonda: "El movimiento estudiantil de 1968 y las guerrillas en México" con Carlos Montemayor, Raúl Álvarez Garín, Laura Castellanos, Jacinto Rodríguez Munguía, José Luis Moreno Borbolla e Ismael Hernández.
12:00 Mesa redonda: "Cuarenta años de desapariciones forzadas en México" con Enrique González Ruiz, Blanca Hernández, Julio Mata, Santiago Hernández y Sergio Méndez.
16:00 Homenaje a Carmelo Cortés, con Arturo Gallegos, Agustín Evangelista, Wenceslao Lizarraga y Catarino Cortés.
17:00 Proyección del documental "El crimen de Zacarías Barrientos" de Ludovic Bonleux, presentado por Mariana Ramírez.
18:30 Proyección del documental "Trazando Aleida", con presencia de la directora Christiane Burkhard.
Sábado 30 de agosto
Segundo Encuentro Nacional de Hijos de Víctimas de la Guerra Sucia "Nacidos en la Tempestad"
10:00 Inauguración a cargo de exguerrilleras.
10:30 Mesas: 1) Testimonios, 2) Memoria, 3) Justicia
16:30 Presentación del documental "Nacidos en la Tempestad" con presencia del director César Ramírez.
18:30 Asamblea Nacional de "Nacidos en la Tempestad" A.C.
Domingo 31 de agosto
12:00 Ofrenda a víctimas de la guerra sucia en México.
12:15 Concierto de rock: La resistencia, Wonche Monka, La Kong, Los rastos, Paco Barrios "El Mastuerzo"

jueves, 25 de mayo de 2006

La represión de Estado contra las mujeres izquierda, una perspectiva histórica

La llamada “revolución sexual” de la década de los sesentas del siglo XX fue un parteaguas en la incorporación de la mujer a la vida política nacional en México. Antes de ese episodio, los grupos feministas que pugnaban por los derechos políticos de las mujeres habían sido demasiado reducidos y pasaban desapercibidos en el escenario nacional. Prevalecía una percepción asaz conservadora de la mujer-objeto, la mujer que no es dueña de su voluntad, la mujer que no tiene la misma capacidad intelectual ni física que el hombre y que está por tanto restringida a “labores propias de su sexo” Esta situación no cambió demasiado con el otorgamiento del voto a la mujer en 1953: el papel de las féminas en política siguió siendo exiguo.

Dentro de la izquierda comunista de la primera mitad del siglo XX la mujer tampoco ocupaba ningún papel preponderante ni tenía acceso a órganos de dirección, pese a que el viejo Partido Comunista Mexicano tuvo entre sus filas a extraordinarias luchadoras sociales como la fotógrafa Tina Modotti y Benita Galeana. En su calidad de militantes, estas mujeres fueron precursoras de un fenómeno que se extendería en la segunda mitad del siglo XX: el de sufrir una doble criminalización por su condición de disidentes políticas y de mujeres inconformes con las labores “propias de su sexo”. Pocas cosas parecían causar tanto horror a las fuerzas del orden como la existencia de mujeres “subversivas”.

Con el asesinato del dirigente comunista cubano Julio Antonio Mella en la ciudad de México en 1929 a manos de sicarios del dictador cubano Gerardo Machado, el gobierno y la prensa mexicanos desataron una insidiosa campaña de linchamiento contra Tina Modotti, pareja sentimental de Mella y testigo del homicidio. La casa donde ambos vivían fue cateada y saqueada y Tina fue arrestada y sometida a interrogatorios por parte del famoso torturador de la época, Valente Quintana, quien manejó la hipótesis de que ella había formado parte de un presunto “crimen pasional” contra Mella. Aunque Modotti fue exonerada de la descabellada acusación, en 1933 fue detenida irregularmente y deportada de inmediato.i

Por su parte, Benita Galeana fue una de las pocas mujeres comunistas del periodo que conoció la cárcel por su febril activismo a favor del PCM. Benita fue un puente entre las viejas generaciones y el movimiento estudiantil de 1968, al que apoyó solidariamente.ii

Aunque desde la marcha a pie de los mineros de Nueva Rosita, Coahuila a la ciudad de México en 1952 hasta el movimiento magisterial de 1959 las mujeres fueron un ente cada vez más visible, no fue sino hasta 1968 que su participación en asambleas, mítines, marchas, brigadas, etc. se expandió y fortaleció de manera definitiva. Estas actrices sociales estaban muy lejos ya de las soldaderas que durante la revolución mexicana seguían a sus hombres para resolverles las necesidades cotidianas, pues a diferencia de ellas, eran completamente autónomas y estaban niveladas en compromiso y responsabilidad con sus contrapartes masculinos. Aunque pocas en principio, las nuevas mujeres tuvieron un papel protagónico en el movimiento estudiantil del ‘68. Una de ellas, Myrthokleia González, fue maestra de ceremonias en el mitin del 2 de octubre y fue una de las primeras en caer herida. Dos jóvenes más, Tita Avendaño y Nacha Rodríguez, fueron secuestradas y torturadas psicológicamente por agentes de la Dirección Federal de Seguridad, quienes las consideraban líderes peligrosas. Ambas pasaron dos años en prisión. De los civiles asesinados en Tlatelolco, se saben los nombres de poco menos de diez mujeres que eran estudiantes, amas de casa y comerciantes… ha sido difícil averiguar cuántas más sucumbieron ante las balas de las corporaciones militares y policíacas.iii

El episodio en el que resultó más evidente el cambio de mentalidades generado por la revolución mundial del ’68 fue el de la llamada “guerra sucia”. Cientos de mujeres a lo largo y ancho de la república se echaron un fusil al hombro en la persecución de la utopía socialista. Fueron las primeras revolucionarias de nuestra historia contemporánea y también las más olvidadas. Este periodo está muy alejado de los días en que las mujeres se tenían que hacer pasar por hombres para tomar parte en los combates, las nuevas guerrilleras eran luchadoras intrépidas, con una mística revolucionaria a prueba de balas. En las ciudades, chicas de minifalda y peluca formaban parte de los comandos que expropiaban bancos y secuestraban a diplomáticos y empresarios. En el medio rural, pese a que prevalecía una cosmovisión más conservadora, las mujeres que se integraban a los campamentos guerrilleros no se limitaban a preparar los alimentos y hacer la limpieza, también participaban de los entrenamientos, de las excursiones y, eventualmente, de los combates. En el estado de Guerrero la guerrilla contaba con importantes bases de apoyo, constituidas en buena medida por mujeres que tenían a sus padres, hermanos, esposos o hijos remontados en la sierra. Por eso, cuando la represión se desató, cobró sus primeras víctimas en ellas. Muchas comunidades rurales fueron militarizadas, los soldados entraban consuetudinariamente a las casas, robaban las pertenencias de los moradores, los golpeaban, violaban a las mujeres y llegaban a torturar a sus niños en su presencia para obtener confesiones que llevaran a la ubicación de los “subversivos”. La guerra de baja intensidad en Guerrero representó un Vietnam a pequeña escala, y fue sin lugar a dudas el capítulo de terrorismo de Estado más atroz de nuestra historia reciente.iv

De todas las víctimas de la “guerra sucia”, que se cuentan por miles en toda la república, las que llevaron sobre sus hombros las peores descalificaciones, torturas y castigos fueron las guerrilleras, por su condición de militantes clandestinas y armadas, pero sobre todo, por pertenecer al sexo hasta entonces concebido como “débil”. La campaña ideológica del gobierno las presentó como mujeres disolutas y aventureras y a casi nadie parecía importarle la suerte que corrieran. Cuando una guerrillera caía en manos de los cuerpos represivos del Estado, sus agentes descargaban toda la misoginia que eran capaces de sentir sobre ella. Casi ninguna se salvaba de las golpizas, de una sesión de toques eléctricos en senos, genitales, ojos y boca, de métodos de asfixia como el pocito y el tehuacanazo, de abuso sexual o violación frente a su compañero (si habían sido detenidos conjuntamente). La invasión de sus cuerpos era una demostración sobrada de que los “guardines de la ley” tenían un control total sobre sus vidas y destinos. A esto habría que añadir la tortura psicológica y los tratos crueles, inhumanos y degradantes propios de las prisiones clandestinas donde eran encerradas.v Me resulta inevitable pensar en el testimonio de la militante del Movimiento de Acción Revolucionaria, Bertha López, quien, allende haber sufrido estos tormentos, fue obligada a presenciar cómo su bebé de un año y medio era sometida a toques eléctricos en todo su cuerpecito.vi Conectivamente, pienso en la guerrillera Marina Herrera de la Liga Comunista 23 de Septiembre, quien dio su vida protegiendo la de su bebé de un año ante el ataque de la Brigada Blanca a la casa donde habitaba con su compañero, quien resultó igualmente acribillado. (A los agentes les asombró tanto que el bebé hubiera sobrevivido a la cascada de disparos que se tomaron la molestia de consignar que había resultado ileso).

Quisiera traer a la memoria otros casos paradigmáticos, como el de las jóvenes guerrilleras de las Fuerzas de Liberación Nacional Dení Prieto y Carmen Ponce, asesinadas por la Policía Militar en Nepantla, Edomex el 14 de febrero de 1974, cuyos cuerpos ya inermes fueron rociados de balas y granadas. O el de la integrante del Núcleo Guerrillero Emiliano Zapata, Elisa Irina Saénz, quien en marzo del mismo año fue detenida en las cañadas de la selva lacandona y violada tumultuariamente por los militares (según testigos presenciales), para después ser trasladada a la ciudad de México y desaparecida. Cómo no recordar que por esas fechas las hermanas Ana y Sara Mendoza Sosa, del Movimiento de Acción Revolucionaria, fueron desaparecidas después de enfrentarse con el ejército en la huasteca hidalguense.

En las ciudades, las guerrilleras, aún estando embarazadas, eran torturadas al ser detenidas, como ocurrió con Lourdes Martínez, Araceli Ramos Watanabe, Emma Cabrera Arenas, Aurora Navarro, Violeta Tecla Parra, Cristina Rocha, Arminda Miranda y Martha Murillo, militantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre secuestradas entre 1974 y 1983. También se tiene registro del caso de Teresa Torres de Mena, militante de las Fuerzas Armadas de Liberación, quien a mediados de 1976 dio a luz un varón en las mazmorras del Campo Militar Número 1 (antiguo centro de reclusión clandestino para “subversivos”). Y qué decir del caso de la guerrillera del grupo Vanguardia Armada Revolucionaria del Pueblo, Rebeca Padilla, quien fue secuestrada con su esposo y su bebé de un año en 1976. (Probablemente éste último corrió con la misma suerte que el bebé de la desaparecida Carmen Vargas Pérez, quien fue dado en adopción ilegalmente y cuya familia pudo localizarlo treinta años después). Finalmente, es ineludible mencionar a la guerrillera Ana María Parra de Tecla, desparecida con tres hijos suyos. Todas las mujeres hasta aquí mencionadas, sus parejas y sus hijos se encuentran desaparecid@s hasta la fecha, aunque la última vez que fueron vist@s con vida estaban en manos del heroico ejército nacional. Está por demás señalar que sus secuestradores, como el torturador emérito Miguel Nazar Haro, viven con todas las comodidades que la ley mexicana les otorga.

Del periodo de la llamada “guerra sucia”, se han computado sesenta casos de mujeres detenidas-desaparecidas por el Estado, aunque la cifra total podría ser mucho más elevada.vii Además, están por contabilizarse los casos de cientos de mujeres más que fueron asesinadas, detenidas, torturadas y exiliadas en las décadas de los setentas y principios de los ochentas.

Muchos años después, los miembros de corporaciones policíacas y militares tuvieron el mismo tipo de respuesta ante movimientos armados emergentes. En 1990 la militante del Partido Revolucionario Obrero Campesino, Ana María Vera Smith fue detenida y sufrió el calvario del traslado a diversas prisiones, con la singularidad de haber sido recluida por un tiempo en Puente Grande, penal exclusivo para varones. El Estado le arrebató siete años de libertad. En 1995, María Gloria Benavides fue detenida bajo la acusación de ser la “Comandanta Elisa” del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Era la segunda vez que estaba presa en veinte años y en ambas ocasiones fue víctima de tortura física y psicológica.

La contrainsurgencia en el estado de Chiapas cobró víctimas fatales, muchas de ellas mujeres que fueron utilizadas como botín de guerra. Indígenas bases de apoyo del EZLN y hasta mujeres de comunidades ajenas al conflicto, fueron golpeadas, violadas y expulsadas de sus lugares de origen por militares o paramilitares a lo largo de la década de los noventa del siglo pasado. Cabe recordar que, de los cuarenta y cinco tzotziles masacrados en la comunidad de Acteal en 1997, veintiuna eran mujeres y cuatro de ellas estaban embarazadas.

Otro caso digno de los anales de la misoginia política es el de Gloria Arenas Agís, condenada en 1999 a casi cincuenta años de prisión por ser la “Coronela Aurora” del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente. Cuando una mujer, acusada con o sin razón de ser guerrillera, es detenida, debemos tener no la presunción sino la seguridad de que ha sido torturada y vejada hasta la ignominia, pues este ha sido el patrón utilizado sistemáticamente por el ejército y las policías. Tal es el caso de la estudiante Érika Zamora, sobreviviente de la masacre de El Charco y presa política durante cuatro años.

Podría pensarse que los crímenes de Estado resultan igualmente graves si se trata de hombres o de mujeres, no obstante, como hemos intentado probar, los agentes represivos del Estado históricamente han desplegado una saña especial con las mujeres y ellas han resentido más los intentos de destruirlas física y moralmente, no sólo porque éstos son objetivamente más asiduos, sino porque la sensibilidad femenina suele ser mayor. El Estado pretendió aniquilar el ánimo revolucionario de las mujeres, demostrarles que ellas eran el “sexo débil” y por ende no debían inmiscuirse en una actividad tan exclusiva del hombre como la lucha armada. El hecho de que todavía haya exguerrilleras y guerrilleras que tienen una vida política activa, demuestra que el Estado no logró inhibir su participación en la lucha social, malgré tout.viii

En los casos anteriormente descritos el gobierno siempre habló de la preservación del Estado de derecho, del imperio de la ley y el orden y de otras ocurrencias selectas de la retórica liberal decimonónica y del manual del macho perfecto (“ellas se lo buscaron”, “quién las manda a meterse en esas cosas”, “son provocadoras”), como si existiese elemento justificatorio alguno para violar derechos humanos.

En mayo del 2006, en el poblado de San Salvador Atenco, mujeres comprometidas con las causas sociales, pertenecientes a un movimiento CIVIL Y PACÍFICO fueron secuestradas, ultrajadas, y despojadas de sus derechos humanos, como lo eran antaño las mujeres del movimiento armado socialista. No es de extrañar que un Estado que ha tenido una conducta criminal para con sus ciudadanos opositores y una actitud especialmente insana y discriminatoria hacia las mujeres en general y hacia las disidentes en particular, ponga en entredicho los testimonios de las víctimas que ha sumado a su historial delictivo.

En Atenco, como en todos los ataques masivos a los derechos humanos del pasado, el principal subversor del orden jurídico, el que ha violado todas y cada una de las garantías individuales de la constitución vigente, el que ha empleado la coacción desproporcionada e injustificadamente y el que ha otorgado un manto de impunidad y protección a los peores criminales de lesa humanidad nacidos en este país, ha sido el Estado mexicano. Esto ha ocurrido porque en un país secuestrado por la derecha, como el nuestro, sólo se puede vivir en un Estado de derecha, valga la redundancia.

Hasta el día de hoy, como sociedad hemos permitido que haya ciudadan@s pres@s, desaparecid@s, torturad@s y asesinad@s por razones políticas y que las mujeres que caen en manos de los cuerpos represivos reciban un trato brutal. Ayer permitimos que a otras se lo hicieran y hoy les tocó a nuestras compañeras. De nosotr@s todos depende que el día de mañana las luchadoras sociales dejen de ser doblemente criminalizadas, y que el terror y la saña no sean el precio que debamos pagar las mujeres por tener ideales y defenderlos.

Notas:

i Antonio Saborit, comp. Tina Modotti, una mujer sin país. México, Cal y Arena, 2001, passim.
ii Vid. Marcelo González Bustos. Entrevista a una mujer comunista. Benita Galeana. México, Universidad Autónoma Chapingo, 1996.
iii Jacinto Rodríguez, “La lista secreta del 68”, El Universal online, 2 de octubre de 2003.
iv Bertha López de Zazueta, Testimonio ante notario, mecanográfico, 1979.
v Los hombres también fueron torturados y degradados hasta lo inimaginable, pero lo que pretendo destacar es que en los testimonios de las mujeres presas por lo general está presente el componente de la transgresión sexual, no así en el caso de los hombres.
vi Vid. El informe ¡Que no vuelva a suceder! en http://www.gwu.edu/~nsarchiv/NSAEBB/NSAEBB180/index.htm El terror se integró de tal forma a la vida cotidiana que muchas comunidades guerrerenses todavía viven bajo asedio.
vii Datos tomados de un estudio que elaboro sobre los desaparecidos políticos.
viii Caso aparte, pero no muy distinto, es el de la represión selectiva, como los asesinatos de defensoras de derechos humanos ocurridos los últimos años, en concreto, los de Digna Ochoa y Griselda Tirado. Antes de que cruzara por su mente la idea de hacer una investigación judicial, las autoridades ya acusaban a Digna de haber padecido problemas psiquiátricos que la llevaron al suicidio, aunque en el imaginario colectivo prevalece la idea de que ella fue ultimada por los asesinos de siempre.
 
Texto originalmente publicado en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=31998