viernes, 19 de noviembre de 2021

El honor de los personajes históricos, el respeto a la privacidad y el pacto patriarcal de silencio

Hay diferentes formas de abordar la vida privada de los personajes de interés público. El FBI, por ejemplo, se dedicó a espiar de tiempo completo a Martin Luther King y reunió evidencia de sus prácticas de adicción al sexo e infidelidad serial para hacerlo quedar mal ante su familia, su comunidad y sus seguidores, en lo que podría considerarse una operación clásica de guerra psicológica, para desactivar un movimiento poderoso a favor de los derechos civiles para los afroamericanos. Hay varias posibilidades de intrepretación de la conducta del reverendo King. Por un lado, como algo que atañe exclusivamente a la esfera privada y de la libertad sobre el cuerpo. Por otro lado, como una transgresión a los propios códigos de ética a los que King, en su calidad de reverendo, debía más lealtad que nadie. Una tercera vía es entender al reverendo no como un ser que debería medirse con parámetros extraordinarios, en virtud de su asombrosa trayectoria como activista, sino como un ser humano con claroscuros, hombre de su tiempo, hijo del patriarcado que premia el poder y la fama con el derecho a acumular mujeres o a consumir sus cuerpos de forma serial. Desde luego, lo que hizo el reverendo King no fue un caso excepcional sino una penosa normalidad, favorecida por los férreos pactos de silencio que dominaban la esfera privada.

Una pregunta que me ha rondado la cabeza es si al narrar la historia del movimiento de derechos civiles encabezado por el reverendo King, podemos prescindir del relato de sus debilidades morales, pues estas no afectan lo sustancial de su obra y su legado. Dicha omisión puede interpretarse, como ya dije, desde la perspectiva del respeto al honor y la privacidad del personaje en cuestión. No obstante, el proteger el supuesto honor de King iría en detrimento de las personas a las que perjudicó con su conducta: su esposa, sus enamoradas y los feligreses que lo consideraban un padre de familia y un religioso intachable. Borrar a estos actores para proteger el honor de uno sólo contribuiría a reforzar el pacto patriarcal de silencio, alimentar la historia de bronce de los héroes inmaculados y a eludir el debate sobre la complejidad moral de los protagonistas históricos. Concluyo que tanto de King como de cualquier personaje histórico se debe hablar con libertad, sin censura y sin prejuicio. Los personajes del pasado deben ser entendidos en función de su propio contexto, de los referentes de género y de la escala moral de su tiempo. 


Qué pasa cuando queremos aplicar esos criterios no aun personaje histórico ajeno y remoto, sino a alguien muy cercano? Hace unos meses leí las memorias del exguerrillero del grupo Lacandones Benjamín Pérez Aragón. Con Benjamín tejí una bonita complicidad en la que, sin saberlo, era la última etapa de su vida. Benjamín siempre fue muy modesto respecto a su propia trayectoria, pero al leerlo, descubrí que había sido uno de los cuadros más asombrosos de aquella izquierda setentera que se autoinmoló en aras de un futuro mejor para las generaciones venideras. Benjamín murió a consecuencia de las torturas que le propinaron en la juventud y eso aún me hace un nudo en la garganta que me impide hablar del tema a detalle. Las memorias de Benjamín son un tesoro informativo, pero también contienen algo que me ha producido un gran choque generacional: la absoluta libertad sexual con la que el autor narra sus encuentros, amores y desamores a lo largo de su vida. Pertenezco a las generaciones apanicadas por el SIDA, que aprendieron a fuerza de miedo a moderarse y a comprar preservativos. Ha sido una experiencia recurrente escuchar a algunos de quienes fueron jóvenes en los sesenta y setenta ser muy gráficos en la descripción de sus pasiones, número de parejas y actividad sexual. El tema en sí no me asusta, lo que no esperaba es que un militante como Benjamín fuera parte de ese club. Eso me obliga a percatarme de que me traicionó el inconsciente: mi preconcepto del militante ejemplar implicaba a alguien que no tuviera una sexualidad alocada.  

Las revelaciones de Benjamín involucran a actores vivos y muertos, a algunos de los cuales los desnuda en la esfera de la intimidad. Tal es el caso de David Jiménez Sarmiento, el guerrillero lacandón que se convirtió en uno de los máximos dirigentes político-militares de la Liga Comunista 23 de Septiembre y que cayó en combate en 1976, en el intento de secuestro de Margarita López Portillo. No hay ningún dolo en el relato de Benjamín, por el contrario, a pesar de haber estado de algún modo del lado de los agraviados, intentó hacer una descripción objetiva y puntual sobre cómo las infidelidades causaron problemas en el seno del grupo clandestino. Benjamín no tiene reparos en mostrar su debilidad moral: él quería que la esposa de uno de sus compañeros se fijara en él, pero terminó fijándose en David. Debido a esta situación, tanto ella como David fueron juzgados por la organización y apodados "los inmorales." El dato me llamó la atención porque desde hace años había visto que la policía había recogido el apodo de David como "el inmoral," pero al preguntar a sus excompañeros el motivo de tan singular sobrenombre, todos guardaban silencio. De forma emocionada y torpe, hace unos meses puse en mi muro de Facebook que ya sabía por qué le llamaban a David "el inmoral," aunque no haría ninguna revelación al respecto. Lo que siguió fue una reacción en cadena de mensajes condenando y censurando mi post, convocándome a mantener el pacto de silencio. Aturdida por el enojo de terceros y reconociendo mi falta de tacto, borré el post, sin haber procesado cuál de los dos lados estaba en lo incorrecto: ellos por querer mantener el silencio o yo por hacer evidente que ya se había roto. Por supuesto, no lo rompí yo, lo rompió Benjamín y me consta que estaba dispuesto a pagar absolutamente cualquier consecuencia de todas y cada una de las palabras que escribió. 

Agradezco a varias de las personas enojadas por mi post que me hayan contactado directamente, pues otras prefirieron acudir a una estrategia mucho más oscura, como tratarme de hacerme quedar mal en un foro público al cuestionarme sobre el tema de mi presunta violación al honor de los personajes históricos. Quienes lo hicieron se ostentan como feministas y defensoras de los derechos humanos. Creo, en principio, que no hay nada sororo ni feminista en atacar a una mujer por la espalda, pudiendo tener un debate privado sobre el tema. Sobre lo otro, estas personas me convocaban, de nuevo, a un pacto de silencio para preservar el honor de las víctimas como Jiménez Sarmiento. Después de mucho meditar sobre si debo o no aceptar reforzar el pacto de silencio, esta es mi respuesta. Creo que estamos ante un problema clásico de verdad histórica y verdad jurídica. Desde la perspectiva jurídica, una víctima de violaciones a los derechos humanos tiene un carácter unidimensional, en tanto que lo único que interesa en el recuento de los hechos son el lugar, modo y circunstancia en que se produjo su condición de víctima. Desde la perspectiva histórica, no hay nada que impida a un investigador abordar la complejidad social, moral, ética, política, cultural, etc. de los personajes históricos, hayan sido víctimas o no de violaciones graves a los derechos humanos. 

Por último, creo que también hay tres niveles que deben ser claramente diferenciados. Al activista, al propagandista, al que honra la memoria de sus compañeros caídos, es a quien le corresponden las hagiografías, los relatos en clave martirológica, la censura de hechos cuestionables en honor de una imagen pulcra, con funciones didácticas para la posteridad. Jamás me he opuesto a quienes llevan a cabo esa labor, puesto que cumplen una función social necesaria y hacen un servicio a la sociedad. A veces, crear figuras de bronce es el único recurso con el que las víctimas pueden lidiar con el dolor y el trauma de la pérdida. Incluso, en mi activismo por la memoria he apoyado estas iniciativas, en tanto que representan una medida de justicia para los agraviados. Por otro lado, como historiadora, mi trabajo debe cumplir con los estándares de rigor teórico y metodológico de la profesión, donde de entrada, quedan excluidas las visiones unidimensionales y las historias de bronce. A este nivel la audiencia con la que busco interactuar, en general, son otros investigadores. No lo digo con un afán elitista, ya que mis trabajos son públicos y cualquiera puede consultarlos. Lo digo en el sentido de que si, de forma deliberada, yo ocultara o tergiversara información, mis colegas, quienes tienen acceso a las mismas fuentes que yo, notarían mi falla y mi honestidad intelectual quedaría en entredicho. Un historiador puede arriesgarse a perder lo que sea, menos su honestidad y su ética profesionales, sin eso no es nada.

Finalmente, como feminista, no puedo tolerar que se me convoque a preservar el pacto patriarcal de silencio, venga de donde venga la convocatoria, pues no se puede ser feminista a modo, criticando el machismo de unos y salvaguardando el pretendido honor de otros, aunque sean familiares, amigos o incluso víctimas, como lo fuera el mismísimo reverendo King.

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