martes, 13 de julio de 2021

Mario Álvaro Cartagena López, “El Guaymas”

Guaymas es una ciudad portuaria en el estado de Sonora. El día que conocí a “El Guaymas,” me pareció extraño que tuviera ese apodo por el simple hecho de haber nacido en el puerto. Ocurría que su familia se había trasladado a Guadalajara y a él le había tocado que el barrio lo identificara por su lugar de origen. Lo vi tantas veces que no recuerdo el día exacto en que nos conocimos, pero me parece que fue en el año de 2003. Pudo ser en un evento relacionado con las víctimas de la guerra sucia, de esos que se llevaban a cabo con frecuencia a partir del 2001, bajo el espejismo de la transición democrática. O tal vez en una protesta frente a la Fiscalía Especial para Movimientos Políticos y Sociales del Pasado. Lo cierto es que me sorprendió mucho saber que era sobreviviente de la Liga Comunista 23 de Septiembre y que le habían cortado una pierna a consecuencia de la negativa de la Dirección Federal de Seguridad a procurarle la atención médica que requería, después de haber sido herido de siete balazos en un enfrentamiento con la policía. No sé si quien lo hubiera escuchado hubiera podido ser indiferente a su testimonio. Desde luego, yo no lo fui. Era una mezcla muy inusual de denuncia de hechos terribles, contada con un humor negro descarnado y, sobre todo, con muchísimo dolor invisible.  

            Sé que el Guaymas no confió en mí cuando me le acerqué y tímida y torpemente le pregunté: “usted fue guerrillero de la Liga?” Como si no fuera exactamente eso lo que acababa de escuchar de viva voz. El Guaymas se burló acremente, me dijo algo así como que si no había puesto atención a lo que dijo. No perdonaba nada y tenía una personalidad arrolladora. A su sombra siempre estaba su amigo Ernesto Araiza, escuchando y opinando de todo. No pude explicarle a Mario que sólo quería entablar una conversación con él, aunque no tenía idea por dónde empezar. En aquel entonces no sabía casi nada sobre la Liga. No es que ahora sepa demasiado, pero me sacude pensar que hubo un momento donde mi cabeza era una página en blanco al respecto.

En ocasiones posteriores, tanto Guaymas como sus familiares, a quienes conocí también en eventos de sobrevivientes, me preguntaron a rajatabla que si era policía. La pregunta era tan desconcertante como ofensiva, pero yo les contesté con mucha firmeza que no tenía idea de dónde sacaban eso. Mi interés por las actividades del rescate de la memoria de la guerra sucia era tanto político como profesional. Yo buscaba la verdad sobre hechos de los que nunca había escuchado nada. Me sentía engañada y defraudada por la escuela, los medios, las autoridades. ¿Por qué nadie nos había dicho que había habido una guerra sucia en los sesenta y setenta y que había miles de víctimas anónimas profundamente traumatizadas, que iban por la vida silenciadas e invisibilizadas, con sus cuerpos torturados o mutilados?

Guaymas, hay que decirlo, era uno de los poquísimos que se habían atrevido a romper el silencio y enfrentar las consecuencias. Cobarde no era, nunca lo fue. Por militantes como él se supo que en los sótanos del Campo Militar No. 1 vivía un número indeterminado de detenidos-desaparecidos en condiciones infrahumanas. El había sido presentado por una cadena de coincidencias que pasaron por una fotografía de su torso desnudo en algún periódico amarillista, que permitió a su madre Chela reconocerlo y empezar a buscar ayuda. Su grito de auxilio llegó hasta Rosario Ibarra de Piedra, quien se encontraba en alguna actividad en el extranjero y pudo denunciar el caso ante Amnistía Internacional. Llegaron miles de telegramas al gobierno de López Portillo de fuera, exigiendo la presentación con vida de Mario Álvaro. Desde mayo de 1978 en que Mario fue liberado del Hospital Militar No. 1, donde le amputaron la pierna, hasta el final de su vida, nunca dejó de denunciar esos hechos, como parte del Comité Eureka.

Mario no sólo era un sobreviviente de desaparición forzada. También fue uno de los guerrilleros míticos que se fugaron del penal de Oblatos, Jalisco, en enero de 1976. Fue un combatiente que participó en multitud de asaltos bancarios y secuestros políticos y fue preso político en dos ocasiones. La primera vez fue detenido el día de su cumpleaños, el 19 de febrero de 1974. Fue torturado por el inmisericorde Florentino Ventura, algo que presumía casi como si fuera un mérito de combate. Y es que a Ventura solía pasársele la mano. Tras haberse fugado, Mario se reincorporó a la Liga, donde militó por poco más de dos años, un tiempo bastante largo para un militante promedio. Su sobrevida estaba en función de su audacia y destreza con las armas. Siempre decía que no es que no tuviera miedo, pero que, ante todo, era muy fuerte en su conciencia. La segunda vez, después de ser liberado del Campo Militar No. 1, Mario se aventó cuatro años en el Reclusorio Norte. De ahí no se fugó pero salió amnistiado.

            Desde mi torpe pregunta hasta aproximadamente 2009, conviví mucho con Mario y los suyos. Ellos tenían el don de hacerte sentir parte de su familia extendida. Mario y yo nos hicimos más cercanos a raíz de que me lo encontraba hasta en la sopa. Recuerdo una ocasión, por ahí de 2004, una marcha por los derechos de la comunidad LGBT+ en la que coincidimos. Después de la protesta hubo un show transgénero en el Museo de la Ciudad de México. Cuando Mario me vio, sonrió, como si fuéramos cómplices de una travesura. Me dijo algo así como: “¿qué haces aquí?” Yo iba por invitación de un amigo gay, él no sé por qué, no recuerdo que hayamos hablado nunca de esos temas. También me lo encontré una vez en una marcha contra los feminicidios en Ciudad Juárez. Mario era ajonjolí de todos los moles.

            De forma azarosa, fui testigo del momento en que se tejió una amistad inusual entre Raúl Alvarez Garín, dirigente del Comité ‘68 Pro Libertades Democráticas y el Guaymas. Aunque Raúl nunca había coincidido políticamente con la guerrilla, le interesaba mucho que se difundieran los casos de las víctimas de la guerra sucia y veía en Mario a un ejemplo vivo de las secuelas de la guerra. Tras esta inusual adopción, Mario se convirtió en un miembro activo del Comité, donde me lo encontré muchísimas veces, ya que Raúl me invitaba periódicamente a sus oficinas, ya fuera para tratar algún asunto relacionado con esos temas o para reuniones casuales, convivios, comidas de fin de año. Yo nunca decía que no a nada. Intuía que me había tocado ser la última generación en convivir con esa izquierda setentera, aunque esa no era mi motivación principal. En verdad, disfrutaba mucho la compañía de esos viejos de acero inoxidable. Eran una caja de sorpresas.

El Guaymas, por ejemplo, era muy espontáneo. Una vez estábamos en su casa, era de noche y me dijo: “te voy a llevar a donde eran los mariscos favoritos de David Jiménez Sarmiento.” Nos fuimos en su coche y cuando llegamos solté una carcajada. Se desconcertó y me dio una de esas miradas que lo caracterizaban, impenetrables e inquisidoras, con los lentes un poco caídos. Sé que me decía sin decir: “¿de qué te ríes cabrita?” Le aclaré que yo había vivido en una colonia aledaña a Mixcoac toda mi vida, que sin querer ya me había dado ride a casa y que esa marisquería la conocía bien, lástima que estuviera cerrada. El Guay se acordaba hasta del tipo de pescado que ordenaba Jiménez Sarmiento en ese lugar. Era su “comanche” y lo admiraba por todo: desde su presencia física hasta su capacidad militar y su don de mando. Hasta dónde llegó su aprecio que Mario hizo que sus padres adoptaran a una hija de Jiménez Sarmiento, en un momento de persecución tenaz contra esa familia. Mario vivía instalado en una nostalgia muy fuerte por sus camaradas que no sobrevivieron. El dolor más grande de su vida, sin embargo, había sido la ejecución de su novia embarazada, también militante de la Liga, de nombre Alma Celia Martínez Madaleno, "Lorena." Ahí sí lloraba desconsolado como un niño.

            También fui testigo de cuando Mario se integró al Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba a través del gran Jesús Escamilla, quien recién partió a otra dimensión en 2020. Mario entró de cabeza en esa causa y mandó a dos de sus hijos a estudiar medicina en Cuba. Ahora que lo pienso, no sé cómo le alcanzaba el tiempo a Mario para estar en tantas cosas. Tenía un trabajo de técnico calificado en el Sistema de Transporte Colectivo Metro y además se puso a estudiar derecho en uno de los campus de la UNAM, en Acatlán si mal no recuerdo. Decía que ya sabía hacer muchas cosas, era un ingeniero empírico, pero que quería aprender de leyes para defender a los “jodidos.” Esa y no otra era su verdadera vocación, la defensa de su clase social, los obreros, los marginados, los aplastados por el poder, los que nunca son tomados en cuenta para nada, los condenados de la tierra.

            Tengo muchas anécdotas entrañables con el Guay, pero hay una que recuerdo con especial gratitud. Cuando participé en la organización del primer encuentro de hijos de desaparecidos “Nacidos en la Tempestad,” se confrontaron dos posturas, la de HIJOS México y la del grupo que estaba por surgir. Aunque el evento no había sido terso, en la noche nos reunimos miembros de los dos grupos y los organizadores en casa de alguno de los muchachos. Para romper el hielo, el Guaymas se puso a tocar la guitarra y a cantar destempladamente. Cuando tocó “Por los caminos del sur,” notamos algo raro, pero lo dejamos pasar, hasta que él mismo empezó a reírse después de tres minutos y dijo que no se sabía la canción y por eso sólo estaba tocando los primeros acordes. Todos nos echamos a reír y eso liberó algo de la tensión del día. Él, que pertenecía a tantos grupos y con todos buscaba estar bien, se sentía muy incómodo ante las rivalidades entre ellos y procuraba la cordialidad.

            Al final, después de tantos años de convivir, pasaron cosas que pusieron mi amistad con Guay en el congelador. Lo seguí saludando como si nada cuando me lo llegaba a encontrar, aunque nada volvió a ser igual. Sin embargo, ante la ausencia, esas cosas suelen desvanecerse hasta convertirse en una especie de papel celofán, ruidoso si se llega a tocar pero transparente, casi invisible. 

    Hoy, 13 de julio de 2021, fecha en que se te ocurrió partir, sigo sin creer que nunca volveré a ver ni escuchar tus muletas en todas las marchas y eventos. Que ya no vas a estar al pie del cañón con la única pierna que te quedaba, que se le acabaron los acordes a tu guitarra, que has perdido el don de la ubicuidad. No sé por qué tenías que morirte pinche Mario, si parecías eterno. Más eterno que esa momia roba oxígeno de Luis Echeverría. No soporto la idea de que él siga vivo y tú no. No alcanzo a imaginar el dolor de la Rivero, tus hijos y nietos. De acordarme cómo amabas a los niños, se me salen las lágrimas. Todos te vamos a extrañar y en mi mente siempre serás el guerrillero guasón que se burlaba de todos, incluso de la muerte, hasta que le colmaste el plato así como eras, cabrito. Descansa en paz para la eternidad.

martes, 15 de junio de 2021

A 46 años de la ejecución extrajudicial de Adolfo Lozano Pérez y Teresa Hernández Antonio en las islas de Ciudad Universitaria.

El 15 de junio de 1975, los dirigentes de la Liga Comunista 23 de Septiembre, Adolfo Lozano Pérez y Teresa Hernández Antonio, fueron abatidos en el jardín conocido como "las islas" de la Ciudad Universitaria de la UNAM por elementos de la Dirección Federal de Seguridad y la Policía Judicial. El evento, descrito por Elena Poniatowska en su obra "Fuerte es el silencio" (1980), suscitó una reacción pública de desconcierto, por haber sido una ejecución a mansalva, a plena luz del día, durante una exposición canina en domingo.  El relato de Poniatowska contiene muchas imprecisiones, pero a la fecha, nadie ha hecho una investigación meticulosa sobre lo sucedido, pese a que en el fondo de la DFS-AGN hay un expediente con información abundante. El cadáver de Adolfo Lozano, "Mariano," probablemente fue llevado a una fosa común, mientras que el de Teresa Hernández, "Alejandra," fue recuperado por su familia y sepultado en un panteón de la Ciudad de México, bajo un fuerte operativo de espionaje y hostigamiento por parte de la DFS.

En 1998, cuando estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, un profesor nos contó la historia de los guerrilleros asesinados, señalando el lugar de los hechos en las islas. Desde entonces, durante mis años universitarios, cada 15 de junio, al pasar por las islas, frente a la Facultad de Ingeniería, rememoraba a los caídos, con la convicción de que esos hechos no deben quedar en la impunidad ni volver a repetirse. Comparto esta semblanza biográfica de Adolfo Lozano Pérez de mi autoría, con información proporcionada por uno de sus hijos, así como el vínculo al documental "Alejandra o la inocencia de Vlady" (Fabiana Medina, 2017) sobre Teresa Hernández Antonio. Ambos casos aún en espera de justicia. 

 

 TERESA HERNANDEZ ANTONIO 

https://www.arcoiris.tv/scheda/it/17070/


ADOLFO LOZANO PEREZ

Adolfo Lozano Pérez nació el 18 de noviembre de 1948 en el ejido de Dolores, municipio de Gómez Palacio, Durango. Fue el tercer hijo de Jesús Martínez e Inés Pérez,  pero a temprana edad fue adoptado por sus tíos Adolia Pérez y Jesús Lozano.

Empezó sus estudios de secundaria  en la Escuela Normal Rural J. Guadalupe Aguilera Durango,  durante el 3o. año de secundaria se transfirió  a la Escuela Normal Rural de Tamatán en Cd. Victoria Tamaulipas, en la cual perteneció a un organismo llamado Club de Orientación Política e Ideológica   (C.O.P.I.). De 1967 a 1968 fue secretario general de la Escuela Normal Rural de Tamatán. En el año de 1968, encabezó el movimiento estudiantil de la ENR-Tamatán, llevando a la escuela a huelga y obteniendo la solución parcial del pliego petitorio.

De 1968 a 1969 fue representante de la ENR-Tatamán ante la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) y secretario de actas y acuerdos del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de la misma. De 1969 a 1970 fungió como el último secretario general del CEN de la FECSM.

En febrero de 1969, Lozano defendió a los campesinos invasores del predio Ganadero Santa Teresa, en el municipio de Villa Hidalgo, Dgo. El 22 de mayo del mismo año, presidió la iniciación de los trabajos del XXIII Congreso de la FECSM, celebrada en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Gro., habiendo resultado electo Secretario General el día de la clausura. En lo sucesivo, tuvo una amplia participación en diversas reuniones de las escuelas normales rurales y definió la línea política a seguir, la cual tendía a una creciente radicalización, a consecuencia del despliegue del aparato represivo del Estado contra los movimientos sociales pacíficos.

En 1970, Lozano entró en contacto con miembros del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) que habían regresado a México después de su entrenamiento político-militar en Corea del Norte. Lozano se incorporó a la guerrilla urbana y desde entonces vivió en la clandestinidad, aunque en 1971 abandonó el MAR por no estar de acuerdo con la táctica y estrategia del grupo. Al parecer, por una breve temporada (por lo menos hasta finales de 1972) estuvo en Jalisco, como militante de una célula clandestina dirigida por David López Valenzuela, probablemente perteneciente a los llamados Guajiros.  En esos años se dedicó a realizar expropiaciones y se adiestró en el manejo de las armas y en la teoría y la práctica militares.

Se sabe poco de la participación de Lozano en el esfuerzo de unificación de los grupos guerrilleros urbanos que tuvo lugar entre 1971 y 1973, lo cierto es que tan pronto como se fundó la Liga Comunista 23 de Septiembre, en marzo de 1973, se integró a los trabajos del grupo como parte de la Brigada Roja en el Distrito Federal. Lozano alcanzó gran notoriedad por su capacidad militar adquirida en la lucha, por lo que fue llamado a diferentes puntos del país para impartir seminarios de formación militar entre los brigadistas urbanos de la Liga. En la primavera de 1974, cuando la Liga se fracturó y el comité de redacción del periódico clandestino “Madera” asumió el control de la Dirección Nacional, Lozano, bajo el pseudónimo de “Mariano,” ocupó un puesto central en el buró militar.

Lozano participó en un sinnúmero de expropiaciones, despistolizaciones y enfrentamientos con la policía, llegándose a convertir, según el propio David Jiménez Sarmiento, en el cuadro militar más preparado de la organización. A mediados de junio, fue detenido el brigadista de la Liga de reciente incorporación, Manuel Anzaldo Meneses. Tras ser torturado salvajemente junto con su familia, Anzaldo entregó su cita con Teresa Hernández Antonio y Lozano, el 15 de junio en la Ciudad Universitaria de la UNAM. La Policía Judicial y la DFS cercaron el lugar y, cuando Anzaldo señaló a sus compañeros, se desató una persecución feroz, en medio de una exposición canina que se organizaba en la explanada del campus. Los combatientes cayeron heridos por la espalda y fueron rematados a balazos en la cabeza y el tórax. Teresa recibió 12 impactos y Adolfo 9. Sus cuerpos quedaron tendidos en las “islas”, a la altura de la Facultad de Ingeniería.

Al momento de su muerte, Lozano no sólo era líder militar de una organización armada clandestina. También era padre de niños de 4 y 2 años, a quienes el Estado no ha concedido siquiera el derecho de sepultar a su padre. Hasta la fecha se desconoce el lugar donde fueron enviados los restos de “Mariano”.
 
 
 

viernes, 11 de junio de 2021

Los muertos del Halconazo, a cincuenta años de la masacre del Jueves de Corpus

Usualmente no publico mi investigación en obra negra, sin embargo, en esta larga temporada pandémica, el 10 de junio llegó sin que pudiera terminar mi investigación sobre los muertos del halconazo. A pesar de que han pasado 50 años y de la gran cantidad de testimonios orales y visuales que se han recogido sobre esos hechos, nadie ha hecho el trabajo meticuloso de extraer la información sobre los muertos en distintas fuentes. Así como para el caso de Tlatelolco se fijó erróneamente la cifra de 350 muertos, cuando las fuentes confidenciales han arrojado alrededor de 40, la cifra referida de muertos para el halconazo se estableció en 120. Sin embargo, éste es un cálculo que se generalizó a partir de testimonios recogidos en el documental del Canal 6 de julio "Halcones: terrorismo de Estado",  no un dato basado en evidencia contundente.

Las listas de muertos existentes son confusas, están llenas de nombres duplicados o con apellidos equivocados. La primera lista de la que tuve conocimiento fue la que elaboró el Comité '68 Pro Libertades Democráticas, contiene un total de 34 nombres, los cuales se convirtieron en 36 en las copias erróneas que se desprendieron de ésta. A esta lista se han ido agregando nuevos nombres de procedencia desconocida, con el mismo problema: duplicados y errores de todo tipo. En esta lista provisional he depurado los nombres errados que he podido identificar y los he cotejado con la información de los fondos DFS y DGIPS y con datos de internet. Las búsquedas de Google me arrojaron invariablemente a la lista original de los 34 (o 36), que fue retomada por algunos medios y a las listas de más de 50 nombres de origen desconocido. El Universal al parecer publicó una lista con 27 nombres al mes de los hechos, que no me ha sido posible consultar. Así, mi única fuente directa son los reportes policiacos. No he encontrado hasta ahora un listado final, sólo fragmentos de información que he clasificado de la siguiente manera:

Los nombres en verde indican los casos de muertos confirmados por la DFS en su primer recuento general. 

Los casos en amarillo son nombres de muertos recogidos por estudiantes que los informantes de la DFS reportaban a partir de su espionaje a las escuelas y facultades universitarias y politécnicas.

Los nombres en azul están en las listas de la DFS/ DGIPS de heridos ingresados a los hospitales, pero se desconoce por qué fueron incorporados posteriormente a las listas de muertos que circulan por internet. Fallecieron posteriormente? Sus cuerpos fueron reclamados? Están desaparecidos?

A pesar del ruido mediático, académico e institucional en torno al cincuentenario del halconazo, es claro que no ha habido una investigación profesional que se haya encargado de rastrear acuciosamente estos datos. Sea por el peso del trauma o por la comodidad que resulta tener un secreto de Estado que nos recuerde las épocas oscuras de nuestra historia, nadie ha ido a fondo con el caso. Las investigaciones de la FEMOSPP, tanto la histórica como la jurídica, fueron bastante incompletas, imprecisas y desorganizadas. Los agentes del ministerio público de la FEMOSPP pretendieron reducir el número de víctimas  a los once casos de la lista de la DFS, donde la propia institución reconoció que había cinco casos no identificados. Con once casos, la FEMOSPP tipificó el delito como genocidio. No tengo la menor duda de que fue una estrategema para quemar el caso, que fuera rechazado en las instancias correspondientes, como lo fue y que no pudiera volver a ser llevado a los tribunales, pues nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Si la FEMOSPP hubiera demostrado contundentemente que hubo decenas de muertos, heridos y perseguidos incluso después de la matanza y, sobre todo, un número indeterminado de desaparecidos cremados en el Campo Militar No. 1, la demanda hubiera sido resonante. Posiblemente hubieran perdido, por la resistencia de la SJCN a procesar delitos de lesa humanidad, pero al menos hubiera quedado en evidencia que hubo una investigación sólida, competente e incontrovertible.

Esa investigación nadie la ha hecho. Mientras recupero los nombres y las historia de los muertos, al ver las edades de los menores de edad no puedo más que sentir una inmensa frustración. Si el halconazo se convirtió en otro misterio, como Tlatelolco, no es porque la DFS fuera una experta en encubrir sus crímenes al nivel de la CIA o el Mossad, sino porque nunca hubo un sector de la sociedad lo suficientemente fuerte y organizado para exigir su derecho a la verdad y la justicia.

Es todavía posible saber cuánta gente murió el 10 de junio? Si, aún se puede buscar a las familias de los muertos y desaparecidos, hacer investigación forense, rastrear a los exhalcones  y a los elementos de las corporaciones policiacas y militares que participaron en esos hechos. La fiscalía aún podría investigar si Echeverría realmente ordenó cremar los cadáveres en el Campo Militar No. 1, como lo señaló el ex-regente del Distrito Federal, Alfonso Martínez Domínguez. Mas para ello hacen falta una presión social y una voluntad política que al parecer no existen.

Por lo pronto, esto es todo lo que hay, un listado lleno de incógnitas.  Un principio fundamental de los derechos humanos es nombrar a las víctimas, restituirles la identidad que les fue negada. El presidente AMLO pidió perdón de forma vaga y superficial, pero no nombró a las víctimas del 10 de junio, un hecho básico en cualquier política de la memoria y los derechos humanos. Identificar a las víctimas debe ser una prioridad de un Estado que busca romper con las prácticas lesivas del pasado. En la sociedad civil también debemos nombrar a las víctimas, ciudadanos comunes y corrientes, como nosotros. Sólo así podemos construir una conciencia colectiva para reaccionar ante cualquier tentativa violenta del Estado.

Agradeceré cualquier dato que contribuya a depurar esta información.

1.     Alejandro Beltrán (posiblemente reportado como herido, sólo aparece el apellido). 

2.     Alicia Galicia (estudiante del Colegio de Historia de FFyL, reportada como muerta). 

3.     Alicia Monroy Larios, (sin datos).

4.     Antonio Danilo Martínez Ávila (reportado como herido).

5.     Artemio Antonio Vargas Muñoz (17 años, confirmado por la DFS).

6.     Arturo Gallegos Vázquez (estudiante reportado como muerto).

7.     Arturo Vargas Mendoza (Lic. en administración de empresas, reportado como muerto).

8.     Arturo Barrios, (sin datos)

9.     César López Tirado, (sin datos).

10.  Cuitláhuac Arce, (sin datos).

11.  Edmundo Martín del Campo Castañeda (20 años, confirmado por la DFS).

12.  Eduardo Palacios Castañeda (reportado como herido).

13.  Efraín Márquez López (reportado como herido).

14.  Enrique Suárez, (sin datos).

15.  Ernesto Muciño Díaz (reportado como herido).

16.  Fernando Castro Sánchez, (sin datos).

17.  Fernando Rodríguez, (sin datos).

18.  Francisco Lugo Vázquez, (sin datos).

19.  Héctor Arturo González Hernández (reportado como herido).

20.  Héctor Guzmán (sin datos).

21.  Héctor Treviño (estudiante de la Preparatoria Popular reportado como muerto).

22.  Heriberto Muciño Díaz (reportado como herido).

23.  Hesiquio) Altamirano García (reportado como herido en el hospital Rubén Leñero).

24.  Ignacio Cabrera Romero (18 años, confirmado por la DFS)

25.  Irma Santiago Prieto, (sin datos).

26.  Jaime Moreno Muñoz (alumno de la vocacional no. 1, reportado como muerto)

27.  Javier Gómez (o Gámez) Ochoa, reportado como herido.

28.  Jessica Martínez Olvera (sin datos).

29.  Jorge Callejas Contreras (22 años, confirmado por la DFS)

30.  Jorge Mario de la Peña Sandoval, (profesor de Matemáticas, herido e internado en el hospital Rubén Leñero, después trasladado a la central quirúrgica, donde falleció).

31.  Jorge Zúñiga (reportado como muerto).

32.  José Francisco Treviño Tabares (alumno de la Preparatoria Popular Tacuba, reportado como muerto, conmemorado).

33.  José Guadalupe Cerón Romano (estudiante de la Vocacional no. 5, reportado como muerto).

34.  José Jorge Vargas Beverly (confirmado por la DFS)

35.  José Leobardo Reséndiz Martínez (28 años, confirmado por la DFS)

36.  Josué Moreno Rendón (20 años, confirmado por la DFS, consignado erróneamente como José, estudiante de la ENAH)

37.  Josué Márquez (sin datos).

38.  Juan Antonio Arroyo Cortés, reportado como herido.

39.  Juan Liborio González Sáez (sin datos).

40.  Juan Báez González, (sin datos).

41.  Juan Martínez Beltrán, (sin datos).

42.  Lilia Castillo Olvera (sin datos)

43.  Luis Espinoza Martínez (reportado como herido).

44.  Luis López Ramírez (reportado como herido).

45.  Manuel Vargas Salinas (sin datos).

46.  Marco Antonio Aguilar Nájera (sin datos).

47.  Mauricio Mena Juárez (sin datos).

48.  Miguel Angel Mejía González (14 años, confirmado por la DFS)

49.  Othón Vázquez Tirado (sin datos).

50.  Pablo López Bautista (reportado como herido).

51.  Palomo Chaparro (sin datos).

52.  Perdomo Villegas (sin datos).

53.  Pérez Espinosa (sin datos)

54.  Rafael L. Márquez Cruz, estudiante de la Escuela Nacional de Maestros, reportado como muerto, llevado al anfiteatro de la Facultad de Medicina de la UNAM (su fotografía salió en la revista Por qué?).

55.  Ramón Zúñiga Pérez, reportado como herido.

56.  Raúl Argüelles Méndez (20 años, confirmado por la DFS)

57.  Raúl Juárez García (17 años, confirmado por la DFS)

58.  Ricardo Oscar Bernal Ballesteros (17 años, confirmado por la DFS)

59.  Rogelio Garza (sin datos).

60.  Salvador Aguilar Suárez (sin datos).

61.  -65 La DFS reportó cinco casos no identificados de jóvenes estudiantes muertos.

 

Total:

21 muertos identificados.

5 muertos no identificados (no se sabe si los identificaron después).

14 casos reportados como heridos, no se sabe si fallecieron después.

25 casos no se tienen datos.

 

 

 

lunes, 24 de mayo de 2021

PRONUNCIAMIENTO DE EXMILITANTES DEL MOVIMIENTO ARMADO SOCIALISTA SOBRE JAIME LAGUNA BERBER

 30 de enero de 2021.

A los compañeros que militaron en el movimiento armado socialista en México

A los estudiosos del periodo de lucha armada revolucionaria y la llamada guerra sucia

A los jóvenes que se preocupan por su historia y el destino del país.

El periódico Madera fue el producto más acabado del proceso de unificación de varios grupos armados que llevó a la constitución de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Como órgano central uno de sus objetivos fue contribuir a la unidad de los revolucionarios en México, así como organizador colectivo del movimiento revolucionario del proletariado.

Editar y distribuir el periódico clandestino Madera entre la clase trabajadora se convirtió en la tarea principal de miles de combatientes revolucionarios. No es extraño que la dictadura del PRI se concentrara en reprimir esta actividad en su propósito de destruir a la Liga Comunista, por ello, cientos de compañeros fueron acribillados, encarcelados, torturados y desaparecidos en el cumplimiento de esa tarea, y en algunos casos sus familias sufrieron la misma suerte debido a la brutalidad del Estado mexicano.

Las acciones de organización, concientización y combate al Estado mexicano realizadas por la ACNR, el Partido de los Pobres (PDLP), la Unión del Pueblo (UP), las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (FRAP), las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) y decenas más, en su conjunto también fueron determinantes para contribuir a generar y multiplicar las condiciones (aunque en ese momento no se conocieron del todo) para un cambio de rumbo que llevó posteriormente, si bien no al cambio social planteado por los grupos armados, si al fin de la dictadura fascista del PRI.

A lo largo de los últimos años, algunos de quienes militamos en su momento en la Liga Comunista 23 de Septiembre y otras organizaciones armadas hemos visto primero con sorpresa, luego con cierta esperanza y al final con desencanto la aparición de una página en internet que se asume como Madera, Periódico clandestino.

Aunque uno de los objetivos que en un principio se planteo esa página fue contribuir a la difusión de los materiales de la Liga Comunista 23 de Septiembre, a lo largo del tiempo se convirtió en una fachada para la promoción personal de su administrador, Jaime Laguna Berber, y un instrumento para que este personaje continue con las actividades de desprestigio y siembra de intrigas. Esta persona se presenta así mismo como él último militante de la Liga, como si su caída fuera el parteaguas de la historia de la Liga Comunista y con una pretendida “autoridad” que nadie le ha dado, ha “excluido” de su pertenencia a diversos militantes que siguieron combatiendo en el último periodo de esta organización.

Pero esta categorización absurda y arbitraria ha sido poco comparada con otras acciones que ha realizado con el objetivo de obtener beneficios políticos personales a partir de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Las actividades de este personaje lo han llevado al permanente desprestigio contra quienes fueran militantes de la Liga, desde la campaña de infundios realizada contra sus propios compañeros de cárcel y de causa legal, pasando por las acusaciones de robo de los archivos del movimiento armado que hizo en su momento contra Jorge Poo Hurtado (luego de descubrirse sus mentiras la emprendió contra el compañero Juan Fernando Reyes Peláez) hasta las acusaciones hacia otros compañeros de “policías” y la tergiversación que hace de la historia de la Liga, asumiéndose como el personaje central de la misma a partir de la lectura y acomodo de archivos de la policía política.

Dado que aunque de palabra busca un determinado objetivo, pero en la práctica solo contribuye a ensuciar la memoria de nuestros caídos y desaparecidos y a fomentar la división, el antagonismo y la intriga, los que firmamos este documento declaramos:

Jaime Laguna Berber y el actualmente por él llamado “Madera, Periódico Clandestino”, “Brigada Roja”, etcétera, no es la continuidad del órgano central de la Liga Comunista 23 de Septiembre, ni es representativo de los combatientes que sobrevivimos a la época del terror gubernamental y su actuar es explícitamente contrario al comportamiento no solo de los militantes de la Liga sino de los militantes de los distintos grupos y organizaciones que desde la clandestinidad combatimos en el mismo periodo a la tiranía gubernamental.

Jaime Laguna no es “dueño” de los activos de la Liga, estos son propiedad del movimiento armado y en general de la clase trabajadora a quienes fueron dirigidos, la historia no se la puede apropiar ninguna persona.

Cualquier actividad que este personaje realice en nombre tanto del Periódico Madera, como de la Brigada Roja, o de la Liga Comunista 23 de Septiembre será desenmascarada y reclamada oportunamente.

Hemos tenido bastante paciencia durante mucho tiempo frente a este sujeto, pero ya no más.

Considerando que manchar y tergiversar la historia de la lucha armada socialista en México daña a todos los que con las armas en la mano combatimos al régimen, en este documento se incluyen las firmas de militantes de las organizaciones que aunque tuvimos diferentes posturas políticas, nuestra sangre se hermanó en las calles y cárceles legales o clandestinas del país. También la firman familiares de presos y desaparecidos políticos y activistas que en algunos casos hemos sido víctimas de las intrigas y mentiras de Jaime Laguna Berber.

Con todo respeto y determinación:

Amanda Arciniega Cano
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Eladio Torres Flores
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Martha Alicia Camacho
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Juan Fernando Reyes Pelaez
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Enrique Tellez Pacheco
Exmilitante de la ACNR y de los Comandos Armados del Pueblo
Pedro Martínez
Exmilitante de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres
Laura Gaytán
Exmilitante del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR)
Raúl Florencio Lugo Hernández
Grupo Popular Guerrillero (GPG) de Arturo Gámiz y Dr. Pablo Gomez
Francisco Ornelas
Grupo Popular Guerrillero (GPG) de Arturo Gámiz y Dr. Pablo Gomez
Mario Rechy Montiel
Liga Comunista Espartaco
Fernando Fernández Jaramillo
Grupo “N” o los Guajiros.
María de los Dolores López Mariscal
Grupo “N” o los Guajiros
Enrique Torres Diaz
Grupo “N” o los Guajiros
Judith Galarza Campos
Hermana de Leticia Galarza Campos desaparecida de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Juan Roberto Ramos Eusebio
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Rafael Ramos Eusebio
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, Brigada Roja
Eduardo Esquivel Revilla
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, Brigada Roja
Erendira Vázquez Mota
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
David Cilia Olmos
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Juan Marmolejo Salazar
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Humberto Vega Heredia
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Genaro Olivares Aguirre
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Evelio Humberto López Rosas
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
María Lourdes Bermúdez
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Antonio Orozco Michel
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Maricela Balderas Silva
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Alicia Balderas Silvia
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Arturo Balderas Silva
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Bertha Lilia Gutiérrez Campos
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Salvador Cano Valdez
Exmilitante de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Rubén Martínez González.
Exmilitante de las Fuerzas Revolucionarias Armadas de Pueblo
Israel Gutierrez
Exmilitante de las Fuerzas Revolucionarias Armadas de Pueblo
Silvia Valdez García
Esposa de Javier Rodríguez Torres, militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre caído en acción.
María Guadalupe Vargas González
Esposa de Rubén Hernández Padrón, Militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre desaparecido
Reyna García González
Familiar de Desaparecidos Políticos de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Rosa Elia Reyes García
Familiar de desaparecido Político de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Beatriz Reyes García
Hermana de Roque Reyes García desaparecido político de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Aleida Gallangos Vargas
Familiar de desaparecidos políticos de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Quirina Gallangos Cruz
Familiar de desaparecidos políticos de la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Lucio Antonio Gallangos Vargas
Desaparecido y familiar de desaparecidos de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Ana María Panales
Esposa de Mario de Jesús Alvarado Prieto, desaparecido de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Eneida Martínez Ocampo
Historiadora de los movimientos armados socialistas en México
Adela Cedillo
Historiadora de los movimientos armados socialistas en México.
Rafael Tufiño Castillo
Egresado de la generación 71-74 del CCH Atzcapotzalco y miembro del Sindicato Mexicano de Electricistas
Ismael Eduardo Cortés Nicolás
Egresado de la Preparatoria Popular Tacuba
José Luis Portillo Torres
Egresado de la Preparatoria Popular Tacuba
Ernesto Hernández Rojas.
Ex prisionero político y egresado de la Preparatoria Popular Tacuba
María Enriqueta Carbajal Hernández
Egresado de la Preparatoria Popular Tacuba
Daniel Vargas Anaya
Ex Profesor de la Preparatoria Popular Tacuba
Irma Ruelas Negrete
Jubilada de la Universidad Nacional Autónoma de México
Irma Chávez
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Eduardo Victoria
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Carmen Madrid
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Amparo Gallardo
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Rosario Herrera
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Benjamín Martínez Rojas
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Emilio Loperena
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Alfonso Juárez
Ex activista del movimiento estudiantil del Colegio de Bachilleres
Luis Ángel García Juárez
Estudiante normalista
Francisco Vázquez Solís
Hijo de Genaro Vázquez Rojas, Caído en acción por la ACNR
Carlos Sepulveda
Frente Estudiantil Revolucionario de Jalisco
Rafael Ortíz Martínez
Frente Estudiantil Revolucionario
Raúl Manzo
Frente Estudiantil Revolucionario. Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo.
Guillermo Reyes García
Hermano de desaparecido político de la Liga Comunista 23 de Septiembre
Rodolfo Gamiño Muñoz
Académico y miembro del Colectivo Rodolfo Reyes Crespo.
Enrique Aguilar Cruz
Promotor Cultural  

Tomado de: https://ligacomunista23.wordpress.com/2021/01/30/pronunciamiento-de-exmilitantes-del-movimiento-armado-socialista-sobre-jaime-laguna-berber/ 


miércoles, 12 de mayo de 2021

Carta al ex-presidente Luis Echeverría Álvarez

 

Ciudad de México, 17 de abril de 2021.

Señor Echeverría:

Su sorpresiva aparición en el centro de vacunación en el Estadio Olímpico de la UNAM el pasado 16 de abril, me ha dado el impulso que necesitaba para escribirle esta carta. Verlo en su silla de ruedas, entero y en aparente buen estado de salud, acompañado de familiares y guaruras, me hizo caer en la cuenta de que, si a sus 99 años usted mantiene la disposición para captar la atención de los medios de comunicación a través de esa pequeña pero significativa acción (la primera vacuna la recibió en casa, ¿cierto?), posiblemente tiene la lucidez suficiente para comprender el contenido de una carta. Espero, pues, que esta misiva llegue a sus oídos (tengo entendido que ya no puede leer).

Me pregunto si al llegar a Ciudad Universitaria usted habrá recordado aquel 14 de marzo de 1975 en que los estudiantes lo abuchearon, le arrojaron una piedra y lo descalabraron. Esa fue la última generación consciente de la clase de gobernante que era usted, así que mejor recibimiento no pudieron ofrecerle. ¿Recuerda cómo salió huyendo, presa de pánico, en un carrito a donde improvisadamente lo metió Jorge Carrillo Olea? Algo que con toda seguridad usted no recuerda, es que ese mismo 16 de abril se cumplieron 47 años de que un destacamento del ejército mexicano asesinó a César Germán Yáñez Muñoz y desapareció su cadáver en la finca El Diamante de la selva lacandona de Chiapas. Supongo que no lo recuerda porque desde el primer día de su sexenio hasta el último, cientos de mexicanos fueron asesinados y desaparecidos, así que sus nombres difícilmente le pueden resultar familiares. 

Le recuerdo que Yáñez Muñoz era el máximo dirigente de la organización armada denominada Fuerzas de Liberación Nacional, a la que usted ordenó exterminar, en calidad de máximo responsable de la conducción del país. De Yáñez Muñoz y los miles de desaparecidos no volvimos a saber nada, mientras que usted se ha beneficiado tanto del manto de impunidad con el que lo han cobijado todos los presidentes que lo han sucedido, como de la costumbre de la sociedad mexicana de olvidarse de los temas importantes por atender los urgentes, de su sempiterna falta de exigencia de rendición de cuentas a los malos gobernantes, por más graves que hayan sido sus faltas. Vicente Fox fue el único presidente en cuyo término se iniciaron procesos legales contra usted por genocidio, pero todas las instancias de procuración de justicia lo dejaron libre en el sexenio de Felipe Calderón, bajo el argumento de la prescripción de los delitos y otras argucias sin valor jurídico real. Por supuesto, nadie negó que usted hubiese perpetrado los crímenes que le fueron imputados.

Usted ha tenido a su favor el ser un hombre extraordinariamente afortunado desde sus orígenes. Siendo el hijo de un modesto pagador del ejército, en 1945 contrajo nupcias con Esther Zuno Arce, la hija del que fuera probablemente el caudillo más respetado del estado de Jalisco, José Guadalupe Zuno Hernández. Aunado a este acto de ascenso social instantáneo, usted escaló toda la jerarquía política del PRI hasta llegar a la presidencia, de la cual salió enriquecido inexplicablemente, como lo documentó la CIA, para la que usted trabajó algunas veces como informante a sueldo en el proyecto LITEMPO, ¿lo recuerda? Corríjame si estoy mal, pero tengo entendido que usted era LITEMPO-8. En lugar de haber ido a la cárcel por uno solo de sus crímenes políticos, económicos o contra la humanidad, usted ha tenido una vida longeva, holgada, sin ser molestado por sus enemigos del pasado y sin que nadie quiera ejercer venganza contra usted o los suyos. A nivel mundial, usted será una figura desconocida, pero si le hiciéramos promoción, no dudo que sería la envidia de otros dictadores y genocidas que no corrieron con tanta suerte y acabaron sus días en prisión o escondiéndose de sus rivales. ¿Cómo es que alguien que hizo tanto daño a un país entero puede tener una vida tan privilegiada?, se preguntaría cualquiera que leyera su biografía. No lo podemos negar, la vida ha sido generosa con usted en demasía, es uno de esos misterios del universo que no estamos llamados a comprender. 

A estas alturas usted deberá preguntarse por qué traigo todo esto a colación. Le cuento que en mi calidad de historiadora, he dedicado 18 años de mi vida a estudiar su sexenio y el de su sucesor José López Portillo, al que usted seguramente consideró el peor de los traidores cuando recibió su nombramiento como embajador de Australia, Nueva Zelanda y las Islas Fiji, ¡más lejos no lo pudieron mandar! En sus memorias, JOLOPO tuvo el decoro de compararse a sí mismo con uno de los personajes más siniestro de la novela Saschka Yegulev de Leonid Andreyev: el gobernador que, a través de detenciones indiscriminadas y ejecuciones sumarias, exterminó a la guerrilla de Yegulev en la Rusia de entresiglos. Es muy probable que JOLOPO albergara algún tipo de remordimiento por haber permitido que la Brigada Blanca, la Dirección Federal de Seguridad, el ejército y las policías acabaran despiadadamente con lo que quedaba de los grupos guerrilleros a nivel nacional a fines de los setenta. En el caso de usted, por más que indago y leo sus discursos, entrevistas y declaraciones, nunca he detectado el menor asomo de arrepentimiento, por el contrario, estoy convencida de que usted se siente orgulloso de su gestión. Es así que quisiera preguntarle directamente por varios episodios que acontecieron a su paso por el servicio público. Le pregunto porque las respuestas no las sabe nadie más que usted y porque, aunque suene iluso, muchos mexicanos aún aspiramos a saber toda la verdad.

Me gustaría saber cómo era su vida allá por 1946, cuando era un mero empleado del general Rodolfo Sánchez Taboada, el general poblano anticomunista que participó en la ejecución de Emiliano Zapata. No entiendo cómo es que usted se formó políticamente al lado de este personaje y décadas después terminó adoptando un discurso populista, condimentado con el lenguaje de la izquierda socialista de la época. Tengo la impresión de que, en su largo camino de ascenso a la cúspide del PRI, usted debió manejar una retórica anticomunista y que esta le dio puntos que, aunados a otros méritos burocráticos, le permitieron ser nombrado subsecretario de Gobernación en 1958. De usted se podrán decir muchas cosas, menos que no fuera perseverante, tenaz, astuto y oportuno. Además, todo un adicto al trabajo. Con la multitud de movilizaciones que hubo a finales de la década de los cincuenta y a lo largo de los sesenta, usted seguramente dormía tres horas al día o menos, en el arduo esfuerzo por espiar, infiltrar, contener y reprimir a esos mexicanos malagradecidos.

No alcanzo a imaginar la energía que usted invirtió en ese esfuerzo de contención contra ferrocarrileros, maestros, médicos, petroleros, telegrafistas, estudiantes y todo género de sindicalistas que luchaban por la democracia y la independencia sindical. Sería muy extensivo enumerar cada acto de violencia estatal en el sexenio de López Mateos, pero si usted pudiera responder por uno solo, le preguntaría, ¿quién ideó el plan para encarcelar a diez mil ferrocarrileros en 1959? ¿De quién fue la iniciativa para encarcelar indefinidamente a Valentín Campa, Demetrio Vallejo y otros líderes del movimiento? ¿Fue una maquinación del presidente o una propuesta del subsecretario de Gobernación que los jefes aprobaron de inmediato? Tal vez le parezca una pregunta muy básica, pero sabe, en los archivos de Gobernación que sus empleados nos hicieron el favor de preservar, no es nada claro el funcionamiento de su dependencia, pues pareciera que el presidente sólo recibía informes y que quienes orquestaban la represión eran los chicos de Bucareli. Sin embargo, es difícil creer que la máxima autoridad del país no estuviera directamente involucrada en esos avatares. Sobre todo, porque en 1961 López Mateos tomó la iniciativa de construir la prisión clandestina para civiles en el Campo Militar núm. 1.

Otro caso que me intriga profundamente, es el del agrarista morelense Rubén Jaramillo Ménez, ultimado en 1962. Dígame señor Echeverría, ¿a quién se le ocurrió asesinar a Jaramillo estando amnistiado, con todo y su familia, incluyendo a su esposa embarazada? Puesto que los asesinos fueron militares, no me queda claro si usted o su jefe Díaz Ordaz tuvieron alguna intervención, aunque desde luego el presidente López Mateos es quien ha llevado la mancha histórica por el multihomicidio. Sin embargo, detrás de un crimen con ese nivel de perversidad suele estar la mente maestra de un sociópata. Usted es el que más se aproxima a ese perfil, aunque no me meteré en especulaciones, pues desde luego también pudo haber sido una iniciativa del secretario de la Defensa, Agustín Olachea. ¿Usted y sus jefes eran conscientes de que, con cada acto represivo, lejos de acabar con la izquierda, estaban creando las condiciones para un movimiento súper radicalizado? Porque lo que hicieron en estados como Morelos, Guerrero y Chihuahua no tiene nombre, puras masacres y ejecuciones, ¿así cómo no se iba a levantar la gente en armas?

Volvamos a su rol estelar como subsecretario y después secretario de Gobernación. ¿Qué sintió cuando su jefe Díaz Ordaz le otorgó este último nombramiento? De acuerdo con los códigos políticos de la época, de esa secretaría a la presidencia no había más que un corto trecho. ¿Usted se frotó las manitas aquel 1º de diciembre de 1964, en que Díaz Ordaz asumió el poder? ¿Se proyectó a sí mismo en “la grande”? Porque vaya que usted se esmeró para conseguirla. No hubo trabajo difícil, por más sucio e inmoral que fuera, al que usted se hubiera rehusado. En verdad, lamento que de los cientos de actos represivos a nivel cotidiano que acontecieron en los sesenta a lo largo y ancho del país, la gente sólo recuerde la masacre de Tlatelolco, en la que usted tuvo una participación destacada. Un exmilitar me decía que usted tenía una mente tan enferma que probablemente colocó altavoces en la plaza de Tlatelolco, para magnificar el sonido de los disparos aquella tarde del 2 de octubre de 1968. No tengo forma de comprobarlo, pero pedirle a los agentes de la Dirección Federal de Seguridad que dieron la orden para iniciar el tiroteo en el edificio Chihuahua, que se identificaran con un pañuelo blanco –para diferenciarse de los militares del Batallón Olimpia que tenían un guante blanco–, suena como algo que usted pudo haber ordenado.

Verá, don Luis, de tanto estudiar su biografía y sus políticas públicas, algo que me llama la atención es que usted era un perfeccionista, ya que estaba urgido de reconocimiento. No por nada el Departamento de Estado de los Estados Unidos se refirió a usted como un megalómano y amante de los reflectores en el perfil interno que le elaboraron, cuando usted tuvo la osadía de querer ser Secretario General de la Organización de Naciones Unidas, al término de su mandato. Los yankees lo rechazaron por considerarlo un individuo sin sofisticación, demasiado básico, puritano, impredecible. ¿Usted sabía que no lo tenían en un buen concepto, pese a todo lo que hizo por ellos? Bueno, ese no es el punto, sino que analizando lo del pañuelo blanco, concluyo que es algo que hubiera hecho el licenciado Echeverría, tan obsesionado como estaba por controlar hasta el más mínimo detalle. Yo sé que usted sabe cuántas personas fueron asesinadas en Tlatelolco y dónde fueron sepultadas, pues leí los reportes de la secretaría a su cargo donde enlistaron los nombres de una veintena de muertos y mencionan el seguimiento que los agentes de la DFS dieron a las hospitalizaciones de los heridos y los entierros de un par de estudiantes. El problema es que los informes están incompletos, ¿tendrá usted una copia de los faltantes, acaso? Tampoco sabemos qué pasó con las fotos y videos que fueron tomadas ese día por órdenes de usted y los que le fueron requisados a la prensa, ¿qué hizo con ellos? Ya entrados en confianza, ¿usted sintió algo al ver a decenas de niños, jóvenes, mujeres y ancianos perforados por las balas y las bayonetas, o tuvo el alivio de quien extermina una plaga en su domicilio? ¿En algún momento se sintió como un leviatán?

Los conspiracionistas dicen que usted urdió todo, desde el movimiento estudiantil hasta su desenlace, para asegurar la presidencia. A mí me parece una interpretación ridícula, ya que las circunstancias del país, tanto domésticas como en relación al contexto geopolítico, eran muy complejas y de ningún modo podían depender de un solo hombre. Además, el favoritismo de Díaz Ordaz por su persona siempre fue evidente, ya que usted se lo ganó a pulso, no con una masacre sino con miles de actos cotidianos de represión a los opositores al PRI. Por supuesto, no tengo duda de que la mente maestra detrás del 2 de octubre no fue Díaz Ordaz sino usted. Curiosamente, su jefe realmente estaba convencido de haber salvado al país del comunismo (¿pues qué cosas le decía usted?) y por eso asumió toda la responsabilidad por semejante tropelía, sin imaginar que el juicio de la posteridad le sería tan poco favorable. Por la buena estrella que siempre lo acompaña, usted quedó blindado de la memoria colectiva, pues a quien maldicen los estudiantes religiosamente cada 2 de octubre es al difunto Díaz Ordaz y no a usted, que reposa tranquilo en su mansión de San Jerónimo. 

A usted sólo lo recuerdan como responsable de la masacre del 10 de junio de 1971, en que una vez más, su genialidad represiva lo llevó a utilizar al grupo paramilitar de los Halcones, disfrazados con camisas de Che Guevara, para acabar de tajo con la movilización estudiantil, pues según usted, los activistas de izquierda no se plegaban a su generoso ofrecimiento de apertura democrática, querían torearlo y les tenía que dar un escarmiento. La gente tiende a pensar que el halconazo fue una masacre de menor intensidad respecto a la del 2 de octubre, pero yo las he comparado detenidamente y me parecen muy similares, incluido el número de víctimas. Bueno, eso usted lo sabe mejor que yo, aunque los mexicanos nunca podremos contar a los caídos ya que, de acuerdo con el regente del entonces Distrito Federal, Alfonso Domínguez Martínez, usted ordenó que los cadáveres fueran incinerados en el Campo Militar núm. 1. 

Qué paradójico que otros priístas supieran esto y lo ventilaran años después, mientras que un puñado de intelectuales progresistas le compraron a usted su discurso (¿o usted los compró a ellos?), según el cual los emisarios del pasado querían sabotear a su administración. Dichos intelectuales salieron a gritar sin empacho a los cuatro vientos: “Echeverría o el fascismo!,” a pesar de que toda la izquierda sabía que usted era el autor intelectual de las masacres del ’68 y el ’71. No está de más recordar que Fernando Benítez, Carlos Fuentes y otros intelectuales de esos que se subían con usted al avión presidencial, nunca le pidieron perdón a la sociedad por lavar la imagen de su administración.

Si algo no tenía usted era mesura. Apenas unos meses después del episodio vergonzoso del Jueves de Corpus, se decantó por una cruzada contra el rock, justo en el momento en que dicho género musical se estaba convirtiendo en una industria plenamente integrada al capitalismo. El éxito del festival de Avándaro en septiembre de 1971, más que un síntoma de rebeldía juvenil, era un signo del éxito comercial del rock. Usted hizo de ese género, ya para entonces inofensivo, el chivo expiatorio para condenar el cambio de época, acusando a los portadores de esa música de corroer a la juventud. No me queda claro, ¿qué pensó que ganaba usted prohibiendo el rock, como si fuera un vulgar dictador? ¿Qué fue lo que realmente ganó? ¿O eran sus meras ganas incontenibles de reprimir todo lo que le disgustaba personalmente? 

El inesperado giro discursivo que usted dio a comienzo de su sexenio dejó helados a propios y ajenos, en especial a personas que lo conocían desde hacía décadas, como su exjefe Díaz Ordaz, quien creía que usted era un rabioso anticomunista. Y es que él no lo sabía, pero usted resultó ser el camaleón por excelencia, incluso se hizo amigo personal de Fidel Castro para demostrar que usted no era un títere del imperialismo yankee sino un populista con simpatías por los líderes del socialismo latinoamericano (Castro y Allende), mientras a su exjefe de doce años lo mandó de embajador a la España de Franco, como si hubiera querido deshacerse de una alimaña ponzoñosa. Usted era una verdadera caja de sorpresas, yo misma no termino de asombrarme de lo que usted hizo en apenas seis años de gobierno, ¿cuánto tiempo más me tomará averiguar sus secretos?

Le confieso que el aspecto que más he estudiado de su periodo es la llamada guerra sucia. No se imagina cuántas horas he dedicado a revisar los archivos desclasificados de la SEGOB. En esos millares de documentos he encontrado declaraciones de gente detenida y desaparecida, fichas signaléticas, cadáveres, rostros torturados, pueblos enteros tomados por el ejército, civiles espiados, comunicaciones telefónicas intervenidas, seguimiento a personajes de la farándula, en fin, usted sabe mejor que yo lo que contienen esos archivos, ya que usted recibía una copia diaria de lo que la DFS, la DGIPS y la SEDENA producían. Más difícil de digerir que los archivos han sido las entrevistas con sobrevivientes de sus políticas de terror, pero entiendo que es un despropósito hablarle al verdugo del dolor que ocasiona entre sus víctimas. El sociópata es el extremo opuesto del empático. Sabe, es muy perturbador pensar que todo aquello transcurrió mientras usted recibía a los exiliados latinoamericanos de izquierda con los brazos abiertos. 

El hijo de un militar me contó que, en su calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas, usted presidió el consejo de guerra que juzgó a su padre por insubordinación y traición. Usted pidió que el acusado fuera desaparecido de forma permanente, pero por una situación familiar excepcional, otro militar logró hacerlo cambiar de opinión y le perdonaron la vida. El susodicho salió libre después de varios años en las mazmorras del Campo Militar núm. 1. No sabe cuántas veces me he preguntado si usted decidía periódicamente a qué personas desaparecer y a cuáles liberar, o si dejó eso en manos de sus siempre leales colaboradores, Mario Moya Palencia, Hermenegildo Cuenca Díaz, Fernando Gutiérrez Barrios, Luis de la Barreda Moreno. ¿Quién tomaba esas decisiones? Desaparecer a mil o dos mil mexicanos se dice fácil pero fue un trabajo tremendo. A la mayoría los tuvieron presos por semanas, meses o años, torturados, vejados, en condiciones infrahumanas. Usted destinó secretamente una cantidad del presupuesto de la federación para financiar estos actos lesivos para, finalmente, mandar a estas personas a ser ejecutadas, cremadas o arrojadas al mar desde aviones de la Fuerza Aérea Mexicana. ¿Por qué? ¿Había algo que esos ciudadanos hubieran hecho que ameritara semejante despliegue de recursos por parte del Estado mexicano? Concedo que usted entró en pánico cuando los grupos guerrilleros empezaron a aparecer en cada rincón del país, pero ¿en verdad pensó que esas células desarticuladas y sin potencia de fuego iban a desestabilizar su administración? Supongamos que sí lo pensó, entonces acláreme, ¿por qué se aplicaban métodos de terror a los detenidos, muchos de los cuales no tenían que ver con los guerrilleros, más allá del parentesco? Esto es sin duda lo más grave de todo, pues siendo usted abogado, en lugar de cumplir con el debido proceso, ordenó que se ejerciera la máxima violencia contra gente que ya estaba sometida y a merced del aparato de seguridad.

No creo que nadie con sentido común pueda siquiera proponer que usted no tuvo nada que ver con estas operaciones sistemáticas de terror estatal. Yo lo conozco sin conocerlo, sé de su afán de control, de su obsesión por los detalles y su sentido de omnipotencia narcisista. Bien haría usted en decirnos la verdad que le negó a Rosario Ibarra, la madre que lo encaró desde que su gobierno desapareció a su hijo en 1975. Esa verdad elusiva nadie la conoce mejor que usted, ya que usted fue el arquitecto del circuito desaparecedor. ¿Quién más pudo haber sido, si sólo usted conocía los sótanos del régimen priísta desde 1946? Desde luego, no digo que usted lo haya hecho solo. Qué hubiera sido de usted sin la complicidad de miles de burócratas silenciosos, sanguinarios y eficientes.

Me intriga que haya tanto silencio en torno a su sexenio, habiendo tantas cosas por indagar. De esos temas desconocidos, me gustaría preguntarle si la contrainsurgencia se financió con el dinero proveniente del narcotráfico, o si esa fue una innovación de José López Portillo. La contrainsurgencia no es barata, ¿de dónde salieron esos millones de pesos para mantener a miles de soldados en campaña, con uniformes, pertrechos, parque, etc.? Trato de calcular lo que costaba la gasolina de los helicópteros y aviones que se usaban todos los días para el transporte y desaparición de los presos y no me salen las cuentas. Eso sin mencionar los millones que usted destinó a gasto social, los famosos programas de acción cívica, para aplacar a los campesinos. Lo imagino a usted, recibiendo esos reportes sobre las comunidades rurales bombardeadas en la Sierra de Atoyac, Guerrero, donde el ejército llevó a cabo un auténtico genocidio contra la población acusada de simpatizar con la guerrilla de Lucio Cabañas. Si no le importaba la gente, ¿al menos le preocupaba todo lo que se estaba gastando? ¿Cómo pensaba recuperar ese dinero? Cuando los estadounidenses hacen la guerra, los negocios florecen. En el caso de usted, sigo sin encontrar la lógica económica de su guerra sucia.

Me parece paradójico que usted haya enfrentado cargos por el genocidio del 2 de octubre, que técnicamente no fue un genocidio, y que nadie lo haya acusado por el genocidio real, demostrable e incontrovertible que cometió en Guerrero. Ya sé que usted nunca tuvo empacho en eliminar civiles, al margen de su género, etnia o edad, pero ¿en verdad pensaba que esos campesinos que estaban en el último grado de la pobreza representaban una amenaza a la seguridad nacional, o que tenían la más mínima probabilidad de derrotar al ejército mexicano, totalmente respaldado por su contraparte estadounidense? No, señor Echeverría, no hay nada que justifique la saña con la que usted actuó en Guerrero y, en general, contra cualquier civil que tuviera algún vínculo directo o indirecto con los grupos guerrilleros.

Y ojalá sólo hubieran sido guerrilleros. No se me escapa que usted firmó un convenio con el presidente Ford para intensificar la militarización de la lucha antinarcóticos en 1975. A partir de entonces, el ejército se sintió en plena libertad de aplicar a los presuntos narcotraficantes los mismos métodos contrainsurgentes que usaban contra los presuntos guerrilleros. En el noroeste mexicano, especialmente en municipios como Badiraguato, Sinaloa, usted mandó a sus huestes a agredir, torturar, violar, saquear y extorsionar a los campesinos, con la garantía de impunidad total. Es factible que usted no tuviera la menor idea del problemón que le estaba generando al país, pues desde su centralismo exacerbado, pensó que esos paisanos no tenían ningún valor ni peso político. Parafraseando a uno de los guerrilleros a los que usted desapareció, Ignacio Arturo Salas Obregón, dirigente de la Liga Comunista 23 de Septiembre, “quien siembra vientos, cosecha tempestades.” El problema es que los vientos que usted y su camarilla sembraron, los tuvimos que cosechar muchas generaciones de mexicanos. Mire lo que son las cosas, algunos de esos campesinos a los que usted mandó aterrorizar se convirtieron en sicarios hiperviolentos y líderes del narcotráfico de clase mundial, como el famoso Chapo Guzmán de Badiraguato.

Es mucho lo que quisiera preguntarle a usted en torno al narcotráfico, ya que de acuerdo con la DEA algunos de sus cuñados Zuno eran traficantes de heroína, pero me da la impresión de que, si usted ha sido tan parco con el tema de su afición a la violencia, con la cuestión del crimen organizado sus labios permanecerán sellados, pues tal vez ese y no otro sea el origen de la multiplicación misteriosa de su riqueza. Usted dirá que todos los políticos se enriquecen en el servicio público, que esos son los usos y costumbres no escritos de la política mexicana, pero desafortunadamente usted concluyó su sexenio llevando al país a su peor crisis económica y a la primera devaluación del peso en décadas. Mientras millones de mexicanos padecían las consecuencias de una política económica irresponsable, usted se disponía a disfrutar de esa riqueza sospechosa. No he tocado hasta ahora su conflicto con el empresariado, pero para lograr que hasta la derecha lo detestara, usted tuvo que ser verdaderamente errático en su conducción del país.

Me queda claro que los bebés y niños torturados con toques eléctricos, los cientos de mujeres que fueron violadas multitudinariamente por policías y militares, los civiles que fueron arrojados al mar para que sus cadáveres nunca fueran encontrados, las decenas de miles de familias destrozadas por la represión y las madres que no tienen una tumba dónde llorar a sus hijos, nunca le han quitado el sueño, pero usted no se va a salvar de la verdad histórica. Cualquier investigador que se ocupe de su persona y su sexenio con rigor, detenimiento y puntillosidad, descubrirá la evidencia necesaria para concluir que usted cometió crímenes de lesa humanidad, por los que desgraciadamente nunca ha sido juzgado, a pesar de su impactante longevidad. Yo sospecho que su impunidad no es sólo debida a los buenos oficios de su abogado Juan Velázquez, sino al hecho de que los priístas que le deben su carrera a usted, como Manlio Fabio Beltrones, aún lo protegen. 

Lo que nadie ha estudiado hasta ahora es su capacidad para banalizar el mal. Nadie nos puede explicar cómo es que después de contemplar las fotos y videos de los horrores que cometían los aparatos de seguridad nacional contra miles de civiles, usted tenía el aplomo para ir a escuchar a Olga Breeskin, como cualquier ciudadano común y corriente adicto a las ficheras. Muchas veces me he preguntado qué clase de país puede producir a individuos como usted. He buscado explicaciones históricas, sociológicas y hasta psicológicas. Por ejemplo, recuerdo las declaraciones de la periodista Isabel Arvide, ahora cónsul de México en Turquía, quien asegura que fue amante de usted y menciona otros episodios pocos conocidos de su vida, como su presunta bisexualidad. De ser esto cierto, es indignante que usted tuviera la desfachatez de acusar a los guerrilleros de ser homosexuales en su cuarto informe presidencial, usando esa categoría para estigmatizar, como si fuera algo negativo y repudiable, siendo que el no heterosexual era usted.

Esto me hace rememorar al personaje Galio de la novela homónima de Héctor Aguilar Camín, quien es un homosexual de closet. Galio está inspirado en uno de los colaboradores de usted en la vida real, Emilio Uranga, artífice de la guerra psicológica contra la izquierda. Forzando un poco la interpretación de la novela, uno pensaría que esos individuos de personalidad de suyo sociopática, que fueron obligados por la sociedad a habitar en el clóset y circunstancialmente se vieron colocados en la cima del poder, ejercieron una venganza despiadada contra todos, haciéndoles saber lo que es vivir en un régimen represivo. ¿Fue ese su caso, señor Echeverría? Quiero enfatizar el aspecto de la personalidad sociopática, pues desde luego la gente obligada a habitar el clóset en general no construye circuitos de exterminio. Seguramente me estoy desviando al meterme en un área que no es de mi competencia profesional, pero créame, le he dado tantas vueltas al asunto, intentando buscar una explicación a la crueldad extrema que usted desplegó como servidor público, que me frustra enormemente no tener una buena interpretación al respecto.

Decía el gran Cervantes que la verdad siempre flota sobre la mentira como el aceite sobre el agua. Lamentablemente, no es así, la verdad no se produce de forma automática y sin esfuerzo. Mucho menos en el caso en que los perpetradores de atrocidades escapan a cualquier control democrático, ciudadano y jurídico para ser llamados a cuentas y juzgados conforme a derecho. Sospecho que, así como usted nunca ha tenido el valor de darle la cara a la sociedad mexicana por todo el daño que le causó, mucho menos dará respuesta a esta carta. Sólo espero que ya no tenga los instrumentos para hostigarme, aunque con usted y sus adeptos uno nunca sabe. Sin embargo, ni siquiera la perspectiva de recibir un daño por parte de usted sería impedimento para dar a conocer los acontecimientos de su sexenio; es mi deber ciudadano explicar cómo la violencia de la que usted fue en gran medida protagonista, nos dejó un legado muy difícil de sobrellevar a las nuevas generaciones de mexicanos. Por supuesto, no lo culpo de todo, pero su sexenio fue una de las peores calamidades en ese rosario de adversidades que caracterizan a la historia mexicana. Espero que usted viva muchos años más, para que constate que el juicio de las nuevas generaciones sobre usted no será nada benigno. Usted borró a los desaparecidos del mapa, pero no hay poder humano capaz de borrar toda verdad histórica. Tenga la plena certeza de que usted pasará a la historia como uno de los poquísimos mexicanos a los que se les puede calificar de genocidas.

Atentamente,

Adela Cedillo

Historiadora 


Publicado originalmente en Revista Común: Carta al ex-presidente Luis Echeverría Alvarez